NO COPIES, SÉ AUTÉNTICO

sábado, 17 de octubre de 2026

Guanina

 



En las terrazas de piedra del batey, el aire pesaba como plomo. Cien yardas atrás, oculta en la penumbra de la ceiba sagrada, Guanina sostenía el arco con la firmeza del guayacán. Sus ojos no se apartaban del descenso del bohíque.

Uno.

El primer escalón crujió bajo el empeine embadurnado. El sacerdote avanzaba poseído por la furia de los cemíes, chorreando la sangre tibia de los sacrificios rituales. Si ese flujo sagrado y maldito llegaba a tocar el polvo, la ira de Juracán desataría tempestades infinitas, la yuca se pudriría bajo el fango y la hambruna exterminaría al yucayeque.

Dos.

El bohíque pisó el segundo peldaño. La brisa trajo el olor metálico de la matanza. En la tensión de la cuerda, Guanina sintió la tentación del recuerdo: las noches en la canoa, el canto compartido junto al río, los lazos de infancia con quien hasta ayer llamaba hermano. Tuvo que ahogar la memoria en las profundidades de la cueva sagrada. Allí no había sangre de su sangre; solo la ruina inminente de su pueblo.

Tres.

El pie carmesí quedó suspendido sobre el límite. Un solo milímetro lo separaba de la tierra desnuda.

Guanina exhaló despacio. Su pulso se volvió piedra; su corazón, agua mansa. La punta de pedernal alineó la penumbra con el pecho de la sombra. No pensó. No vio. Soltó la cuerda.

El silbido rasgó la noche de la isla. La flecha atravesó la distancia y se hundió con la precisión del rayo en el tórax del bohíque. El impacto detuvo el último paso, clavando el cuerpo inerte contra el borde del tercer peldaño.

La tierra brava no bebió la sangre maldita. El yucayeque respiró.

Guanina bajó el arco de madera dura, contempló sus manos vacías en el silencio de la selva y supo que ninguna lluvia limpia podría apagar el devorador incendio que acababa de nacer en su alma.

viernes, 9 de octubre de 2026

Las sombras

 


En Barragán, las noches no caen... se derraman. Y hay quien dice que algunas calles no terminan donde deberían, sino donde la vista empieza a dudar. Yo no creía en esas cosas hasta aquella semana en la que el pueblo parecía más vacío de lo normal, como si la gente hubiera aprendido a desaparecer sin hacer ruido.

Volvía tarde por una de las cuestas que suben hacia las casas altas. No había música, ni perros, ni ese murmullo leve que siempre queda incluso en el silencio. Solo mis pasos y algo más, justo detrás, manteniendo la misma distancia exacta, como si supiera contar.

La primera vez pensé que era el eco. La segunda, que era el cansancio. La tercera vez me paré. El sonido también se paró. Seguí andando más despacio. Y entonces lo vi: una figura apoyada contra la pared, demasiado quieta para ser alguien que espera, demasiado atenta para ser alguien que no busca nada. No parecía esperar a nadie, y eso fue lo peor.

Había algo en aquella quietud, algo seco, como si llevara demasiado tiempo allí… mirándome antes incluso de verme. Aquello no parecía tener prisa, ni historia. No vi su cara, pero sí la sensación de que me reconocía. Aceleré sin correr, como hacen los que no quieren admitir miedo.

Las calles se fueron estrechando, o quizá era yo el que las estaba perdiendo. Y cada esquina que giraba parecía devolverme al mismo sitio, aunque sabía que no era el mismo. Cuando llegué a la plaza, el aire cambió, y el reloj del ayuntamiento marcó una hora que no recuerdo haber oído antes. Me giré una vez más. Ya no había figura... solo la certeza de que algo había caminado conmigo sin necesidad de tener cuerpo todo el tiempo.

Desde entonces, en Barragán, evito volver solo por ciertas calles cuando la luz se rompe demasiado pronto. Porque aprendí una cosa sencilla: no todo lo que te sigue quiere alcanzarte. Algunas cosas solo quieren que sepas que pueden hacerlo.

sábado, 3 de octubre de 2026

Para dos

 


Murió una noche de lunes, mientras afuera llovía sobre los tejados. Antes de acostarse había puesto la mesa para dos, como hacía desde hacía años. Dos platos, dos vasos, dos servilletas cuidadosamente dobladas. Luego cerró las ventanas y dejó una luz encendida en el recibidor. A la mañana siguiente, el café permaneció intacto y el teléfono no sonó.

Pasaron los días. Nadie llamó. La casa conservó sus rutinas: el reloj siguió dando las horas, una gotera comenzó a llenar lentamente un balde y el polvo fue cubriendo los muebles. Solo la mesa permaneció puesta, como si alguien fuera a llegar en cualquier momento.

Una tarde, alguien llegó hasta la puerta. No llamó de inmediato. Miró la fachada, las ventanas, el jardín vencido por la maleza. Parecía buscar en aquella casa algo que recordaba y, al mismo tiempo, temía encontrar. Finalmente golpeó y esperó. Al no obtener respuesta, volvió a golpear, esta vez con más fuerza. El silencio pareció extenderse hasta la calle. Entonces se acercó a una ventana y limpió con la manga un círculo sobre el vidrio. Dentro, la mesa seguía preparada para dos que nunca se volvieron a encontrar.

sábado, 26 de septiembre de 2026

El hombre de espaldas



Thomas Mann llevaba años escribiendo sobre hombres que huían de algo sin saber exactamente de qué. Una mañana salió a caminar y, al doblar una esquina, vio a un hombre con sombrero que avanzaba delante de él. Lo siguió. El hombre dobló otra esquina. Mann aceleró el paso. Volvió a verlo a lo lejos, siempre de espaldas, siempre con el mismo abrigo, como si el tiempo no consiguiera alcanzarlo.
Cuando finalmente logró acercarse, le tocó el hombro. El hombre se volvió. Era él mismo. Mann quiso preguntarle adónde iba, pero el otro se llevó un dedo a los labios y señaló el camino. Entonces comprendió que no lo estaba siguiendo: lo estaba escribiendo.

viernes, 18 de septiembre de 2026

La forma de la quietud

 



El horizonte había renunciado a sus fronteras. No había viento que rompiera la ilusión ni marea que enturbiara el reflejo: solo una extensión dorada y serena, suspendida en la frontera exacta entre el aire y la memoria del agua.

En el centro del lienzo, una gota desafió la prisa del mundo. Detuvo su caída en el instante previo a la entrega, flotando como un secreto a punto de ser revelado. Abajo, el mar la esperaba convertido en un espejo de cristal líquido, listo para registrar el roce de su llegada.

Cuando el impacto ocurrió, no hubo violencia, sino una expansión limpia de geometría y silencio. Los anillos concéntricos se abrieron paso hacia la nada, dibujando el mapa exacto de ese segundo en que el movimiento se transforma en calma.

lunes, 14 de septiembre de 2026

Fábrica de enemigos



El operario limpiaba la plumilla de metal con el dobladillo de su camisa, puliendo la punta que el barniz y la tinta acumulada solían mellar con prisa. En esa cadena de montaje donde la liquidez del tiempo lo disolvía todo antes del atardecer, fabricar un adversario requería apenas tres trazos: la precisión de una sentencia redactada a destiempo, el brillo efímero de un aplauso en el margen y un tintero que vertía condenas con la misma ligereza con que se olvida un rostro. Nadie duraba demasiado al pie de la imprenta; los que ayer morían de éxito amanecían hoy sepultados bajo la marea del mismo texto. Al final del turno, el hombre guardó su pluma en el bolsillo del pecho, ignorando que en el verso que acababa de firmar ya se perfilaba su propio reemplazo.

domingo, 6 de septiembre de 2026

El nudo de la soga

 



La red estaba seca, un enredo de cáñamo color arena amontonado en la proa. Samuel la miró sin tocarla. Había pasado la mañana revisando los cabos del Siete Mares, la última motonave de madera que quedaba en pie, con el mismo rigor con que un médico examina un pulso casi imperceptible. No lo hacía por trabajo; lo hacía por una necesidad antigua, un ritual que le exigía la madera misma.

A su espalda, el estruendo de la ciudad en crecimiento era una marea constante: el taladro neumático en la nueva avenida, el claxon de los taxis, las voces de la gente que se amontonaba en las aceras recién pavimentadas. Nadie miraba hacia la orilla. El mar Caribe, esa extensión de agua que alguna vez había sido la arteria vital de Vaivén del Mar, era ahora un telón de fondo ignorado, una frontera que se esquivaba.

Un hombre joven, con una camisa de hilo impecable y zapatos relucientes, se acercó. No traía salitre en la piel, sino olor a loción y a oficina.

—Buenas tardes, Santiago —dijo el hombre, deteniéndose a unos metros de la orilla, cuidando de no ensuciarse—. Traigo el documento final. El alcalde ya firmó la orden.

Santiago no respondió. Sus dedos estaban ocupados con un nudo en un cabo de amarre. Era un nudo de marinero, un lazo que requería firmeza y paciencia. Sus manos, curtidas, callosas y manchadas de alquitrán, trabajaban la soga con una memoria propia, una memoria que no necesitaba palabras.

El joven extendió un papel doblado.

—Necesitamos que la firma esté antes del cierre. El Siete Mares está ocupando un espacio que se requiere para la expansión del malecón peatonal. Ya no es navegable, Santiago. La capitanía no renovará el permiso. Es solo... un obstáculo.

Santiago detuvo el movimiento de sus manos. El nudo estaba casi terminado. Miró hacia el horizonte. El mar estaba calmado, una lámina de azul profundo que se extendía hasta donde alcanzaba la vista. Recordó los días en que el Azul y el Adagio anclaban allí, sus cubiertas llenas de mercancías y de historias. Recordó la red de confianza que unía a Vaivén del Mar con las Antillas, un tejido invisible de lealtades y compromisos.

Volvió a mirar al joven. No vio en sus ojos la comprensión del capital relacional que se había perdido, de la vocación marítima que se estaba asfixiando. Vio solo números, metros cuadrados y planes de urbanismo. El joven no sabía lo que era fío, quién compraba por la palabra dada o qué puerto era seguro. Él solo conocía las redes de asfalto y el control de la tierra firme.

Santiago deslizó el último cabo, apretando el nudo con un tirón final. Era un nudo de marinero, un lazo que no se soltaba fácilmente, un lazo que resistía la tensión del viento y la marea.

Extendió la mano para tomar el papel. Su mano, callosa y sucia, rozó los dedos limpios del joven. Con la otra, buscó la pluma en su bolsillo. No leyó el documento. Simplemente firmó en la línea punteada, con una letra clara y firme.

El joven sonrió, aliviado.

—Gracias, Santiago. Se hará de la manera más rápida posible. La ciudad tiene que crecer.

Santiago no dijo nada. Se dio la vuelta y se adentró en la proa del Siete Mares. Tomó la red seca y empezó a desatar el enredo. No lo hacía por trabajo, sino por necesidad antigua, un ritual que le exigía el mar Caribe, una marea que se estaba llevando los últimos remaches de una idea del mundo. El nudo de la soga, apretado y firme, era el último lazo que lo unía a una ciudad que había perdido su imaginación de estar conectada con el mundo.

sábado, 29 de agosto de 2026

La clase de escritura



Terminé convencida de lo normal de la doble relación de mi mamá. Y así se lo conté un día a mi papá, como lo más natural del mundo, tal y como me dijo que escribiera el licenciado Castle en la clase de producción textual; pero como que no le gustó mucho, porque ese fue el día que se marchó de la casa, y sin decirle a ella de lo que hablamos de mi novio.

miércoles, 26 de agosto de 2026

Contra la sombra




Maldito glaucoma, ¿Quién te dio permiso para instalarte en mis ojos como un huésped que nadie invitó? Llegaste sin anunciarte, sin tocar la puerta, sin siquiera la cortesía de presentarte. Y ahí te quedaste, haciendo de las tuyas, estrechando caminos, apagando luces, convencido de que mis ojos eran territorio abandonado.

Pues te equivocaste.
Ahora resulta que hay cirugía, médicos, instrumentos y manos expertas dispuestas a desalojarte. Y yo, que durante tanto tiempo te soporté en silencio, voy a sentarme frente a ti —aunque sea por última vez— para decirte que no eres dueño de mi mirada.
No te confundas: tengo miedo. Claro que tengo miedo. Uno no entrega los ojos con la tranquilidad con que entrega las llaves de la casa. Pero también tengo esperanza. Y quizá eso sea lo que más te moleste: que mientras tú cuentas presiones, nervios y sombras, yo sigo haciendo planes.
Voy a operarme, glaucoma. Y cuando despierte, no te prometo una venganza. Te prometo algo peor: voy a seguir mirando.
Miraré el rostro de quienes quiero. Miraré la calle, los árboles, los libros, las palabras. Miraré incluso mis propias cicatrices, si consigo encontrarlas. Y si alguna mañana la luz entra por la ventana y me obliga a entrecerrar los ojos, pensaré en ti apenas un instante.
Después seguiré adelante.
Porque tú querías quitarme la mirada y terminaste enseñándome cuánto vale. Así que vete preparando. La próxima vez que nos encontremos, no serás tú quien mire. Seré yo. Y esta vez, con los ojos bien abiertos.

sábado, 15 de agosto de 2026

El agua sigue avanzando

 


El agua ya había llegado al borde del mantel cuando Juli levantó la cabeza. El vaso empieza a inclinarse. Nadie alcanza a detenerlo. El agua corre sobre la mesa, rodea el plato, moja la canastilla del pan, llega hasta el borde del mantel. Juli se queda inmóvil. No intenta recoger el vaso. No limpia el agua. Levanta la cabeza y busca el rostro de mamá.

Durante unos segundos, ninguna respira. El agua sigue avanzando con paso parsimonioso. Mamá también la mira. Después se levanta, toma un trapo, seca la mesa y cambia el vaso de lugar.

—No pasa nada —dice.

Juli baja la mirada. Entonces mamá se sienta otra vez y, mientras exprime el trapo sobre el fregadero, pregunta:

—¿Hace cuánto sabes que tu papá no va a volver?

Juli mira el agua que todavía tiembla entre las vetas de la madera.

—Desde antes de que se fuera.

El silencio ocupa la mesa. Mamá deja caer el trapo. Ahora es ella quien no sabe qué hacer.

viernes, 7 de agosto de 2026

Odiseo

 


Promesa rota

Cuando partió a Troya, juró que no volvería a pisar su hogar. Ahora sabía que tendría que dar explicaciones.

**

El desembarco

Tras diez años de tempestades, Odiseo pisó la arena de Ítaca y descubrió el peor monstruo: era un extraño en casa. 

***

El regreso

Penélope abrió la puerta.

—Has vuelto.

Ulises negó con tristeza.

—Volvió el rey. Yo me quedé perdido en el mar el día en que aprendí a llamarme Nadie.

domingo, 2 de agosto de 2026

Las dos llaves

 



Durante el primer régimen, el deber de Erik consistía en lustrar los zapatos de charol de Jensen antes de que este bajara al set de filmación, y asegurarse de que el filósofo Sten, encadenado en el sótano, recibiera su ración de sopa rancia. Erik admiraba la dignidad con la que el prisionero citaba a los estoicos mientras las ratas le rondaban los tobillos. Por eso, la noche de la gran purga, no le costó trabajo dejar abierta la verja trasera del palacio. La sangre de Jensen en la bañera pareció, por unas horas, un acto de justicia poética.

Con la llegada de la República de la Razón, Sten cambió los harapos por un abrigo gris de corte militar. Dictó el primer decreto antes del amanecer: se prohibía la carne, el cine de entretenimiento y las medicinas extranjeras; el dolor corporal, argumentó el nuevo líder, era el único camino hacia la pureza del espíritu. A los profesionales que protestaron se les asignó una pala y un destino en los campos del norte.

Cuando Erik se negó a firmar el juramento que obligaba a los niños a denunciar los hábitos alimenticios de sus padres, Sten lo miró con la misma serenidad con la que antes recitaba versos. Dos guardias lo arrastraron al mismo sótano.

Doce años después, los cuarteles volvieron a cambiar de color tras una revuelta silenciosa financiada por los exiliados del viejo régimen. Los antiguos torturadores de Jensen recuperaron sus placas y sus trajes civiles. Hubo amnistía para casi todos, menos para Erik. Su expediente era un nudo incómodo: los nuevos jueces no sabían si castigarlo por haber facilitado la muerte del primer tirano o por haberse negado a servir al segundo.

Ahora, bajo arresto domiciliario en un cuarto sin espejos, Erick escribe notas en los márgenes de los periódicos oficiales. A veces escucha pasos en el techo y cree que las ratas del sótano han aprendido a hablar con la voz de Sten; otras veces, jura que el agua del grifo sale tibia y con olor a jabón de palacio. En la calle, la gente celebra el regreso de la normalidad, mientras él sigue esperando que alguien invente una tercera puerta.

domingo, 26 de julio de 2026

Liquidación de cuentas



El paso en la bodega estaba bloqueado por dos tipos bebiendo sobre cajas de cerveza. Don Raúl pidió permiso; por toda respuesta, recibió un gruñido y, al subir hacia la Gerencia, el golpe seco de una papa podrida contra su bota. Escuchó las risas a sus espaldas, pero continuó el ascenso en silencio.

Arriba, la dueña lo recibió con una sonrisa cálida y anillos de oro en cada dedo.

—¡Traigan cinco cervezas bien frías! ¡Y que sea rápido! —ordenó desde la puerta, para luego volver al escritorio, cruzar la pierna y repasar las cuentas con coqueta lentitud.

Un hombre subió sofocado con la media canasta. La sonrisa servil se le congeló en los labios al cruzarse con la mirada de Don Raúl.

—Le presento a mi esposo —dijo la mujer.

El tipo palideció y estiró una mano temblorosa. Don Raúl no la estrechó: tomó una botella, la destapó con parsimonia y se la vació completa en la cabeza. Sin perder el aire afable, recogió los cheques y el fajo de billetes del escritorio.

—Fue un placer negociar con usted, señora —dijo al salir, dejando a la mujer atónita y al marido goteando espuma sobre la fórmica.

domingo, 19 de julio de 2026

El visitante

 


Durante cuarenta años escribió novelas sin descanso. En todas había un hombre que llegaba cuando todo parecía perdido. No era el protagonista, ni el villano, ni el sabio. Simplemente aparecía, observaba un instante y encontraba el gesto exacto para cambiar el rumbo de la historia. Le puso un nombre.

Los lectores lo recordaban poco. Algunos ni siquiera reparaban en él. Sin embargo, el escritor jamás iniciaba una novela sin preguntarse en qué momento entraría el personaje por una puerta, cruzaría una plaza o encendería un cigarrillo antes de pronunciar una frase que nadie olvidaría. Con los años dejó de inventarlo. Solo esperaba. Se sentaba frente a la máquina de escribir, colocaba una hoja en blanco y aguardaba hasta que decidiera aparecer. Entonces escribía.

Cuando el médico le prohibió seguir trabajando, escondió una libreta bajo la almohada. Las noches eran largas. El reloj del hospital avanzaba con una paciencia insoportable. Entre una inyección y otra, movía apenas la mano para anotar una palabra. Una madrugada abrió los ojos.

—¿Llegó?

La enfermera creyó que hablaba de un hijo.

—No ha venido nadie.

Él sonrió con cansancio.

—Siempre llega tarde.

Los días comenzaron a mezclarse. El techo del cuarto se confundía con el cielo de una de sus novelas. El olor del desinfectante se transformó en el del Jazmín de la India que había descrito cientos de veces. Los pasos de los médicos sonaban igual que los cascos de un caballo alejándose por un camino de tierra.

Al anochecer pidió que dejaran la puerta entreabierta. Nadie entendió por qué. Hacia la medianoche el pasillo quedó en silencio. Entonces se oyó un golpe suave. La puerta terminó de abrirse.

Un hombre de abrigo gris entró sin hacer ruido. Dejó el sombrero sobre la silla y observó al anciano con una mezcla de afecto y resignación.

—Te demoraste —murmuró el escritor.

—Esta vez me costó encontrarte.

El anciano soltó una risa breve.

—Pensé que habías muerto conmigo.

El hombre negó despacio.

—Mientras alguien abra uno de tus libros, seguiré llegando. El escritor cerró los ojos. La respiración se volvió ligera.

Cuando la enfermera entró unos minutos después, encontró la habitación vacía de visitas. Solo había una libreta abierta sobre la cama. En la última página, con una letra insegura, se leía una única frase:

«Ahora le toca a él contar mi historia.»

domingo, 12 de julio de 2026

La partitura del silencio



El silencio, para Niccolò, no era la ausencia de sonido; era una tregua.

Durante años, su vida se midió en compases perfectos y aplausos atronadores. Su violín no era un simple instrumento, sino una extensión de su propio sistema nervioso. El problema radicaba en que su sistema nervioso tenía su propia partitura, una caótica y brutal.

La música y la epilepsia compartían el mismo territorio en su cerebro. Al principio, las crisis eran sutiles variaciones, breves silencios en su mente que lograba disimular pestañeando entre movimientos de un concierto de Brahms. Pero con el tiempo, los ataques se volvieron más reiterados, perdiendo la timidez. El diagnóstico médico fue un veredicto definitivo: el esfuerzo cognitivo, la presión de las luces del escenario y la intensidad emocional de la interpretación funcionaban como los detonantes perfectos de una tormenta eléctrica en su cabeza.

El miedo no era a la caída, ni al dolor. El miedo real era el escenario: desplomarse en mitad de un crecendo, romper el Stradivarius contra el suelo de madera pulida y que el último recuerdo que el mundo tuviera de él fuera el de un cuerpo convulsionando bajo el resplandor implacable de los focos de una sala de conciertos. Morir allí, expuesto, convertido en un espectáculo trágico.

Por eso eligió el exilio.

sábado, 4 de julio de 2026

La inmunidad del espectador y la intemperie del creador

 



Todo clásico fue, alguna vez, un contemporáneo.

 

Toda época desarrolla sus propios mecanismos para proteger el gusto. No solo elegimos qué leer; también levantamos defensas contra aquello que amenaza con alterar nuestras certezas estéticas. Hay quienes desconfían de determinados géneros; otros rehúyen ciertas corrientes o modas literarias. Existen incluso quienes deciden abstenerse, casi por principio, de acercarse a los escritores de su propio tiempo, como si la contemporaneidad fuera un inconveniente que el paso de los años habrá de corregir.

Hace poco asistimos al anuncio de quien declaraba, palabras más, palabras menos, su decisión de abstenerse de comprar novedades editoriales, especialmente cuando se trataba de autores contemporáneos aún desconocidos, para concentrar su tiempo y sus recursos en la lectura de los clásicos. La decisión, considerada aisladamente, puede parecer razonable. Nadie está obligado a seguir el ritmo vertiginoso de la industria editorial ni a convertir la compra de libros en una forma de consumo compulsivo. Sin embargo, cuando esa abstención deja de ser una elección práctica y comienza a presentarse como un criterio estético, el asunto adquiere otro significado.

La abstención opera entonces como una verdadera profilaxis del gusto. No se trata ya de administrar mejor el tiempo o el dinero, sino de inmunizar el juicio frente a la incertidumbre de la literatura viva. Se presupone que el presente constituye un territorio sospechoso, mientras que el pasado ofrece la tranquilidad de lo ya probado. La obra contemporánea comparece bajo sospecha; el clásico, en cambio, llega precedido por el aval de generaciones enteras.

Sin embargo, el gusto no se fortalece únicamente por aquello que confirma sus preferencias. También madura cuando acepta el riesgo de enfrentarse a lo incierto. Leer consiste, en buena medida, en exponerse a la posibilidad del error. Quien pretende eliminar por completo ese riesgo quizá preserve la comodidad de sus convicciones, pero difícilmente conservará intacta la capacidad de asombro.

Nadie discute la necesidad de leer a los clásicos. Ellos constituyen la memoria viva de la literatura; en sus páginas persisten las preguntas esenciales de la condición humana y las formas que el lenguaje ha encontrado para nombrarlas. Toda formación literaria seria pasa, inevitablemente, por ese diálogo con las grandes obras.

Pero una cosa es dialogar con los clásicos y otra muy distinta convertirlos en un refugio. Los clásicos no fueron escritos para clausurar el porvenir, sino para ensancharlo. Su grandeza consiste precisamente en seguir interrogando a lectores de épocas distintas. No son cómodos por naturaleza; cómoda puede llegar a ser la lectura que hacemos de ellos cuando el consenso histórico reemplaza el esfuerzo del juicio personal.

Existe una diferencia profunda entre acudir al canon para comprender mejor la literatura contemporánea y utilizar el canon para descalificarla de antemano. En el primer caso, la tradición ilumina el presente; en el segundo, lo oscurece. El canon deja entonces de ser una conversación entre generaciones para convertirse en una frontera.

Hay una comodidad silenciosa en preferir el mármol pulido de los panteones literarios al barro fresco donde todavía se modelan las obras de nuestro tiempo. No porque el presente sea necesariamente superior al pasado, sino porque enfrentarlo exige una responsabilidad que ningún manual puede asumir por nosotros. Ante un autor contemporáneo no existe la tranquilidad del veredicto histórico. El lector debe ejercer su propio criterio y aceptar la posibilidad de equivocarse.

Quizá por eso algunos prefieren esperar. Confían en que el tiempo haga por ellos el trabajo de discernimiento. Sin advertirlo, delegan en las generaciones futuras una tarea que también pertenece a la sensibilidad del presente. Sin embargo, el canon nunca fue una lista previa de certezas. Es, más bien, el resultado de innumerables lecturas, desacuerdos y descubrimientos que solo el tiempo consigue decantar.

Todo clásico fue, antes de convertirse en patrimonio de la tradición, una apuesta incierta. También fue un contemporáneo. Esa prevención frente a la literatura contemporánea suele hacerse aún más severa cuando el autor publica desde la independencia editorial o mediante la autopublicación. Con frecuencia se supone, aunque rara vez se diga de manera explícita, que la ausencia de un gran sello constituye un indicio de inferioridad estética, como si la calidad de una obra pudiera deducirse de la magnitud de la empresa que la respalda. El prestigio editorial termina sustituyendo, sin advertirlo, el ejercicio de la lectura.

Olvidamos entonces una verdad tan sencilla como decisiva: todos los clásicos fueron alguna vez escritores contemporáneos. Ninguno nació revestido de autoridad. Todos fueron desconocidos para la inmensa mayoría de sus primeros lectores; todos escribieron sin saber si el tiempo los absolvería o los condenaría al olvido. La historia de la literatura no fue edificada únicamente desde las instituciones, sino también desde la obstinación de autores que trabajaron en los márgenes, financiaron sus propias ediciones, soportaron la indiferencia de sus contemporáneos o fueron reconocidos cuando ya no podían celebrarlo.

En un mercado donde la visibilidad suele depender tanto de estrategias comerciales como de criterios literarios, la edición independiente deja de ser únicamente el refugio de quienes no encontraron cabida en los grandes catálogos. Puede convertirse, también, en un espacio de libertad creadora, donde la obra comparece ante el lector sin otro privilegio que su propia capacidad para sostenerse.

Pero conviene desconfiar del entusiasmo ingenuo. La independencia editorial tampoco constituye un certificado de excelencia. Publicar al margen de los grandes sellos no vuelve mejor a un escritor, del mismo modo que el respaldo de una editorial prestigiosa no garantiza la perdurabilidad de una obra. La legitimidad literaria continúa dependiendo del rigor con que el autor trabaja su lenguaje, de la severidad con que revisa su escritura y de la honestidad con que reconoce sus propias insuficiencias. La intemperie no redime la mediocridad; simplemente permite que una voz pueda ser escuchada sin pedir permiso antes de existir.

La literatura no necesita menos exigencia, sino más. Lo que cambia no es el nivel de rigor, sino el lugar desde donde ese rigor comienza a ejercerse. Ningún sello editorial, ninguna campaña publicitaria y ningún premio pueden reemplazar el trabajo silencioso mediante el cual una obra conquista su propia necesidad.

Toda tradición literaria necesita lectores atentos y críticos exigentes. Sin ellos, las obras perderían buena parte del diálogo que las mantiene vivas. La crítica auténtica no consiste en dictar sentencias anticipadas, sino en acompañar el difícil ejercicio de comprender una obra antes de juzgarla. Su autoridad nace de la lectura, no del prejuicio.

Sin embargo, existe una diferencia decisiva entre quien examina la lid y quien acepta entrar en ella. El espectador posee la ventaja de la distancia; el creador asume el riesgo de la exposición. Ninguna obra nace protegida por el consenso. Toda escritura comienza siendo vulnerable.

Publicar, especialmente desde la independencia, significa aceptar esa vulnerabilidad. Significa admitir que el libro será leído, discutido, rechazado, malinterpretado o, quizá, olvidado. Ninguna de esas posibilidades invalida el acto de escribir. Al contrario: constituye la condición misma de una literatura que aspira a dialogar con otros seres humanos y no únicamente con la tranquilidad de un cajón cerrado.

Hay quienes esperan a que el tiempo decida qué merece ser leído. Otros aceptan convivir con la incertidumbre del presente. Ninguna de las dos actitudes garantiza el acierto. Pero solo la segunda participa activamente en la construcción de la tradición. Porque el canon no desciende terminado sobre las bibliotecas: se forma gracias a miles de lectores que, antes de conocer el veredicto de la historia, se atrevieron a leer por cuenta propia.

Quizá por eso convenga desconfiar de toda profilaxis del gusto frente al presente. No porque todo lo nuevo sea valioso, ni porque toda obra independiente merezca reconocimiento, sino porque ninguna creación digna de ese nombre debería ser descartada antes de haber sido leída. Toda gran literatura fue, antes que patrimonio de la tradición, una incógnita del presente.

El tiempo seguirá pronunciando el último veredicto. Pero la responsabilidad de leer pertenece siempre al presente. Renunciar de antemano a esa responsabilidad equivale a delegar el propio juicio en una posteridad que nunca leerá por nosotros. Tal vez el mayor riesgo para el gusto no consista en equivocarse al abrir un libro nuevo, sino en perder la oportunidad de descubrir, mientras todavía es nuestro contemporáneo, a un escritor destinado a sobrevivirnos.

sábado, 27 de junio de 2026

La sombra del tiempo

 



En Barragán, las noches no caen... se derraman. Y hay quien dice que algunas calles no terminan donde deberían, sino donde la vista empieza a dudar. Yo no creía en esas cosas hasta aquella semana en la que el pueblo parecía más vacío de lo normal, como si la gente hubiera aprendido a desaparecer sin hacer ruido.

Volvía tarde por una de las cuestas que suben hacia las casas altas. No había música, ni perros, ni ese murmullo leve que siempre queda incluso en el silencio. Solo mis pasos y algo más, justo detrás, manteniendo la misma distancia exacta, como si supiera contar.

La primera vez pensé que era el eco. La segunda, que era el cansancio. La tercera vez me paré. El sonido también se paró. Seguí andando más despacio. Y entonces lo vi: una figura apoyada contra la pared, demasiado quieta para ser alguien que espera, demasiado atenta para ser alguien que no busca nada. No parecía esperar a nadie, y eso fue lo peor.

Había algo en aquella quietud, algo seco, como si llevara demasiado tiempo allí… mirándome antes incluso de verme. Aquello no parecía tener prisa, ni historia. No vi su cara, pero sí la sensación de que me reconocía. Aceleré sin correr, como hacen los que no quieren admitir miedo.

Las calles se fueron estrechando, o quizá era yo el que las estaba perdiendo. Y cada esquina que giraba parecía devolverme al mismo sitio, aunque sabía que no era el mismo. Cuando llegué a la plaza, el aire cambió, y el reloj del caserío marcó una hora que no recuerdo haber oído antes. Me giré una vez más. Ya no había figura... solo la certeza de que algo había caminado conmigo sin necesidad de tener cuerpo todo el tiempo.

Desde entonces, en Barragán, evito volver solo por ciertas calles cuando la luz se rompe demasiado pronto. Porque aprendí una cosa sencilla: no todo lo que te sigue quiere alcanzarte. Algunas cosas solo quieren que sepas que pueden hacerlo.

sábado, 20 de junio de 2026

La fila después de la fila

 



Cuando completó el último requisito, Efraín celebró en silencio. No hubo fiesta ni brindis. Simplemente tomó un lápiz rojo y trazó una línea sobre la última casilla de un cuaderno donde llevaba cuarenta años anotando fechas importantes. Había cumplido la edad. Había cumplido las semanas. Había cumplido. Aquella noche durmió con una tranquilidad desconocida. Por primera vez en décadas no tuvo que calcular cuánto faltaba para llegar al final. Al despertar, sin embargo, encontró una carta bajo la puerta.

«Debe esperar.»

Pensó que se trataba de un error. Fue a la oficina correspondiente. Allí descubrió una fila tan larga que se perdía detrás de las montañas.

—¿Esta es la fila para la pensión? —preguntó.

—No —respondió una mujer de cabello blanco—. Esa fila ya terminó.

—Entonces, ¿qué esperamos aquí?

La mujer levantó los hombros.

—Que reconozcan que terminamos la fila anterior.

Efraín observó a los presentes. Había obreros, enfermeras, conductores, secretarias y maestros. Todos tenían la misma expresión de cansancio. Todos cargaban carpetas. Todos aseguraban haber llegado al final de algo. Los días pasaron. Después los meses. Luego los años.

La fila avanzaba tan poco que algunos envejecían antes de alcanzar la siguiente ventanilla. Un hombre llegó caminando con bastón y, mientras esperaba, necesitó una silla de ruedas. Cuando finalmente fue llamado, sus hijos acudieron a escuchar la respuesta porque él ya no podía levantarse. A veces aparecían funcionarios que entregaban nuevos formularios. La fila celebraba. Aquello significaba movimiento. Sin embargo, cada formulario daba origen a otra fila más pequeña que desembocaba nuevamente en la principal.

Efraín empezó a sospechar que el sistema entero estaba construido por personas que jamás habían hecho una fila. Una tarde observó algo extraño. Los viejos que desaparecían de la fila no regresaban a sus casas. Tampoco llegaban a las ventanillas. Simplemente se desvanecían. Como si el tiempo los borrara. Alarmado, preguntó a un anciano que esperaba delante de él.

—¿Qué ocurre con quienes desaparecen?

El hombre señaló el cielo. Entonces Efraín vio algo que nadie parecía notar. Muy arriba flotaban miles de relojes. Relojes de bolsillo. Relojes de pared. Relojes de pulsera. Todos detenidos. Cada vez que alguien desaparecía, uno de aquellos relojes se encendía y comenzaba a girar lentamente entre las nubes.

—¿Qué significa eso? —preguntó.

—Es el tiempo que les debían —contestó el anciano—. Cuando ya no pueden entregárselo a la persona, lo devuelven al aire.

Efraín levantó la vista. Miles de años giraban sobre el mundo. Madrugadas no vividas. Viajes aplazados. Libros sin leer. Nietos que crecieron durante la espera. Siestas prometidas. Conversaciones pendientes. Todo flotando sobre las ciudades como una segunda atmósfera. Aquella noche abandonó la fila. Los demás intentaron detenerlo.

—¿Y la pensión?

Efraín sonrió. Por primera vez en mucho tiempo parecía tranquilo.

—La seguirán peleando los abogados.

—¿Y usted?

Efraín observó los relojes suspendidos.

—Yo voy a recuperar por mi cuenta el tiempo que todavía no me han quitado.

Y se alejó caminando. A su espalda, la fila continuó creciendo. Al frente, en cambio, lo esperaba una mañana que no tenía formularios, sellos ni ventanillas. Una mañana común. Que era precisamente lo que había estado esperando durante cuarenta años.

sábado, 13 de junio de 2026

Estación III

 



El hombre llegó a la estación poco antes del anochecer. El último tren lo dejó frente al edificio y desapareció levantando una nube de polvo gris. Durante varios segundos observó cómo las luces traseras se hundían en la oscuridad de la calle vacía; después, quedó solo.

La terminal llevaba años abandonada. Eran dos estructuras alargadas y deslucidas que se caían a pedazos frente a una plazoleta desierta. Las ventanillas estaban cubiertas por tablones húmedos y el óxido avanzaba sobre los rieles como un padecimiento silencioso. Detrás de los edificios comenzaba el bosque: una pared vegetal inmensa, inmóvil, demasiado oscura para aquella hora. El guardián apareció desde el fondo del corredor, arrastrando una pierna con un quejido seco.

—Si escucha que lo llaman, no conteste —dijo.

Luego dejó una llave sobre un tablero y se desvaneció en la penumbra. El hombre quiso preguntarle algo, pero el viejo ya no estaba. La oficina de tiquetes olía a madera mojada y a encierro. Había un escritorio angosto, una silla y una ventana orientada hacia la espesura. Desde allí, los rieles se perdían entre árboles gigantescos cubiertos de lianas, como si entraran en otro tiempo. Mientras acomodaba su equipaje, escuchó un silbato. Un silbato de tren, leve y distante. Miró por la ventana. Afuera no había nada; los rieles estaban muertos. Sin embargo, minutos después volvió a escucharlo, esta vez más cerca.

El cansancio lo hacía cabecear por momentos, pero cada cierto tiempo lo despertaban unos pasos en el corredor: lentos, arrastrados, deteniéndose exactamente frente a su puerta. A las dos de la madrugada, alguien golpeó tres veces. El hombre permaneció inmóvil. Los golpes regresaron, seguidos de una voz.

—Abra.

Era una voz seca, quebrada, como pronunciada con la garganta llena de tierra. El hombre no respondió. De pronto, la manija comenzó a bajarse lentamente. Sintió un vuelco en el estómago al recordar que había puesto el seguro, pero el cerrojo empezó a girar solo. Retrocedió hasta la ventana. El bosque parecía más cercano. Mucho más cercano. Las ramas ya rozaban las paredes de terracota y, entre los árboles, creyó ver figuras inmóviles observándolo. No eran personas; eran siluetas demasiado altas y oscuras. El seguro terminó de girar y la puerta se abrió apenas unos centímetros. Un olor espeso y podrido inundó la oficina.

El hombre empujó la ventana y saltó. Cayó sobre los matorrales y comenzó a correr desesperado. Las ramas le golpeaban el rostro y las raíces lo hacían tropezar, pero siguió avanzando mientras detrás de él resonaba el silbato, cada vez más fuerte. No entendía cómo podía haber un tren allí si las vías estaban muertas. Entonces los vio. Aparecieron entre la vegetación, brillando húmedos bajo la luna: rieles nuevos, recién pulidos.

El silbato volvió a sonar, esta vez a sus espaldas. Al girarse, el tren salió de la oscuridad sin hacer temblar la tierra. Avanzaba despacio, demasiado despacio, sin luces, con las ventanas repletas de sombras quietas. El hombre quiso apartarse, pero descubrió que sus pies se hundían. Miró hacia abajo. No era barro; eran decenas de manos vegetales emergiendo de la tierra, sujetándole con fuerza los tobillos. El tren se detuvo frente a él y una de las puertas se abrió. Allí, sentado junto a la ventana, estaba el guardián. Sonreía con los ojos completamente blancos.

—Le dije que no contestara.

Entonces el hombre comprendió la terrible verdad. No había llegado a ninguna estación; el tren lo había traído desde el principio.

sábado, 6 de junio de 2026

La función secreta

 


Entraron tomados de la mano, pero se soltaron en cuanto el mesero se dio la vuelta. Durante veinte minutos, los capuchinos fueron los únicos protagonistas. Ellas, las tazas, se movían de izquierda a derecha sobre la mesa de madera, buscando una luz que no dependiera del sol, sino de la pantalla. Ellos ensayaron encuadres, inclinaciones y distancias, congelando el rostro en una mueca de complicidad ensayada que se apagaba de golpe en cuanto el obturador hacía clic. Ni una sola sonrisa sobrevivió un segundo más allá de la captura.

Teclearon en silencio, apurados, editando la calidez que el ambiente no tenía. Subieron la última historia, pagaron la cuenta y se marcharon dejando las tazas intactas, con la espuma ya fría y desinflada.

Afuera, la tarde real seguía su curso, hermosa y desatendida. Ellos ya iban lejos, atrapados en el estreno de un avance promocional para una película a la que nunca entraron a ver.