El operario limpiaba la plumilla de metal con el dobladillo de su camisa, puliendo la punta que el barniz y la tinta acumulada solían mellar con prisa. En esa cadena de montaje donde la liquidez del tiempo lo disolvía todo antes del atardecer, fabricar un adversario requería apenas tres trazos: la precisión de una sentencia redactada a destiempo, el brillo efímero de un aplauso en el margen y un tintero que vertía condenas con la misma ligereza con que se olvida un rostro. Nadie duraba demasiado al pie de la imprenta; los que ayer morían de éxito amanecían hoy sepultados bajo la marea del mismo texto. Al final del turno, el hombre guardó su pluma en el bolsillo del pecho, ignorando que en el verso que acababa de firmar ya se perfilaba su propio reemplazo.

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