En las terrazas de piedra del batey, el aire pesaba como plomo. Cien yardas atrás, oculta en la penumbra de la ceiba sagrada, Guanina sostenía el arco con la firmeza del guayacán. Sus ojos no se apartaban del descenso del bohíque.
Uno.
El primer escalón crujió bajo el empeine embadurnado. El sacerdote avanzaba poseído por la furia de los cemíes, chorreando la sangre tibia de los sacrificios rituales. Si ese flujo sagrado y maldito llegaba a tocar el polvo, la ira de Juracán desataría tempestades infinitas, la yuca se pudriría bajo el fango y la hambruna exterminaría al yucayeque.
Dos.
El bohíque pisó el segundo peldaño. La brisa trajo el olor metálico de la matanza. En la tensión de la cuerda, Guanina sintió la tentación del recuerdo: las noches en la canoa, el canto compartido junto al río, los lazos de infancia con quien hasta ayer llamaba hermano. Tuvo que ahogar la memoria en las profundidades de la cueva sagrada. Allí no había sangre de su sangre; solo la ruina inminente de su pueblo.
Tres.
El pie carmesí quedó suspendido sobre el límite. Un solo milímetro lo separaba de la tierra desnuda.
Guanina exhaló despacio. Su pulso se volvió piedra; su corazón, agua mansa. La punta de pedernal alineó la penumbra con el pecho de la sombra. No pensó. No vio. Soltó la cuerda.
El silbido rasgó la noche de la isla. La flecha atravesó la distancia y se hundió con la precisión del rayo en el tórax del bohíque. El impacto detuvo el último paso, clavando el cuerpo inerte contra el borde del tercer peldaño.
La tierra brava no bebió la sangre maldita. El yucayeque respiró.
Guanina bajó el arco de madera dura, contempló sus manos vacías en el silencio de la selva y supo que ninguna lluvia limpia podría apagar el devorador incendio que acababa de nacer en su alma.

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