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domingo, 2 de agosto de 2026

Las dos llaves

 



Durante el primer régimen, el deber de Erik consistía en lustrar los zapatos de charol de Jensen antes de que este bajara al set de filmación, y asegurarse de que el filósofo Sten, encadenado en el sótano, recibiera su ración de sopa rancia. Erik admiraba la dignidad con la que el prisionero citaba a los estoicos mientras las ratas le rondaban los tobillos. Por eso, la noche de la gran purga, no le costó trabajo dejar abierta la verja trasera del palacio. La sangre de Jensen en la bañera pareció, por unas horas, un acto de justicia poética.

Con la llegada de la República de la Razón, Sten cambió los harapos por un abrigo gris de corte militar. Dictó el primer decreto antes del amanecer: se prohibía la carne, el cine de entretenimiento y las medicinas extranjeras; el dolor corporal, argumentó el nuevo líder, era el único camino hacia la pureza del espíritu. A los profesionales que protestaron se les asignó una pala y un destino en los campos del norte.

Cuando Erik se negó a firmar el juramento que obligaba a los niños a denunciar los hábitos alimenticios de sus padres, Sten lo miró con la misma serenidad con la que antes recitaba versos. Dos guardias lo arrastraron al mismo sótano.

Doce años después, los cuarteles volvieron a cambiar de color tras una revuelta silenciosa financiada por los exiliados del viejo régimen. Los antiguos torturadores de Jensen recuperaron sus placas y sus trajes civiles. Hubo amnistía para casi todos, menos para Erik. Su expediente era un nudo incómodo: los nuevos jueces no sabían si castigarlo por haber facilitado la muerte del primer tirano o por haberse negado a servir al segundo.

Ahora, bajo arresto domiciliario en un cuarto sin espejos, Erick escribe notas en los márgenes de los periódicos oficiales. A veces escucha pasos en el techo y cree que las ratas del sótano han aprendido a hablar con la voz de Sten; otras veces, jura que el agua del grifo sale tibia y con olor a jabón de palacio. En la calle, la gente celebra el regreso de la normalidad, mientras él sigue esperando que alguien invente una tercera puerta.