La red estaba seca, un
enredo de cáñamo color arena amontonado en la proa. Samuel la miró sin tocarla.
Había pasado la mañana revisando los cabos del Siete Mares, la última motonave de madera que quedaba en pie, con
el mismo rigor con que un médico examina un pulso casi imperceptible. No lo
hacía por trabajo; lo hacía por una necesidad antigua, un ritual que le exigía
la madera misma.
A su espalda, el estruendo
de la ciudad en crecimiento era una marea constante: el taladro neumático en la
nueva avenida, el claxon de los taxis, las voces de la gente que se amontonaba
en las aceras recién pavimentadas. Nadie miraba hacia la orilla. El mar Caribe,
esa extensión de agua que alguna vez había sido la arteria vital de Vaivén del
Mar, era ahora un telón de fondo ignorado, una frontera que se esquivaba.
Un hombre joven, con una
camisa de hilo impecable y zapatos relucientes, se acercó. No traía salitre en
la piel, sino olor a loción y a oficina.
—Buenas tardes, Santiago
—dijo el hombre, deteniéndose a unos metros de la orilla, cuidando de no
ensuciarse—. Traigo el documento final. El alcalde ya firmó la orden.
Santiago no respondió. Sus
dedos estaban ocupados con un nudo en un cabo de amarre. Era un nudo de
marinero, un lazo que requería firmeza y paciencia. Sus manos, curtidas,
callosas y manchadas de alquitrán, trabajaban la soga con una memoria propia,
una memoria que no necesitaba palabras.
El joven extendió un papel
doblado.
—Necesitamos que la firma
esté antes del cierre. El Siete Mares
está ocupando un espacio que se requiere para la expansión del malecón
peatonal. Ya no es navegable, Santiago. La capitanía no renovará el permiso. Es
solo... un obstáculo.
Santiago detuvo el
movimiento de sus manos. El nudo estaba casi terminado. Miró hacia el
horizonte. El mar estaba calmado, una lámina de azul profundo que se extendía
hasta donde alcanzaba la vista. Recordó los días en que el Azul y el Adagio anclaban allí, sus cubiertas llenas
de mercancías y de historias. Recordó la red de confianza que unía a Vaivén del
Mar con las Antillas, un tejido invisible de lealtades y compromisos.
Volvió a mirar al joven. No
vio en sus ojos la comprensión del capital relacional que se había perdido, de
la vocación marítima que se estaba asfixiando. Vio solo números, metros
cuadrados y planes de urbanismo. El joven no sabía lo que era fío, quién
compraba por la palabra dada o qué puerto era seguro. Él solo conocía las redes
de asfalto y el control de la tierra firme.
Santiago deslizó el último
cabo, apretando el nudo con un tirón final. Era un nudo de marinero, un lazo
que no se soltaba fácilmente, un lazo que resistía la tensión del viento y la
marea.
Extendió la mano para tomar
el papel. Su mano, callosa y sucia, rozó los dedos limpios del joven. Con la
otra, buscó la pluma en su bolsillo. No leyó el documento. Simplemente firmó en
la línea punteada, con una letra clara y firme.
El joven sonrió, aliviado.
—Gracias, Santiago. Se hará
de la manera más rápida posible. La ciudad tiene que crecer.
Santiago no dijo nada. Se
dio la vuelta y se adentró en la proa del Siete Mares. Tomó la red seca y
empezó a desatar el enredo. No lo hacía por trabajo, sino por necesidad
antigua, un ritual que le exigía el mar Caribe, una marea que se estaba
llevando los últimos remaches de una idea del mundo. El nudo de la soga,
apretado y firme, era el último lazo que lo unía a una ciudad que había perdido
su imaginación de estar conectada con el mundo.