El silencio, para Niccolò, no era la ausencia de sonido; era una tregua.
Durante años, su vida se midió en compases perfectos y aplausos atronadores. Su violín no era un simple instrumento, sino una extensión de su propio sistema nervioso. El problema radicaba en que su sistema nervioso tenía su propia partitura, una caótica y brutal.
La música y la epilepsia compartían el mismo territorio en su cerebro. Al principio, las crisis eran sutiles variaciones, breves silencios en su mente que lograba disimular pestañeando entre movimientos de un concierto de Brahms. Pero con el tiempo, los ataques se volvieron más reiterados, perdiendo la timidez. El diagnóstico médico fue un veredicto definitivo: el esfuerzo cognitivo, la presión de las luces del escenario y la intensidad emocional de la interpretación funcionaban como los detonantes perfectos de una tormenta eléctrica en su cabeza.
El miedo no era a la caída, ni al dolor. El miedo real era el escenario: desplomarse en mitad de un crecendo, romper el Stradivarius contra el suelo de madera pulida y que el último recuerdo que el mundo tuviera de él fuera el de un cuerpo convulsionando bajo el resplandor implacable de los focos de una sala de conciertos. Morir allí, expuesto, convertido en un espectáculo trágico.
Por eso eligió el exilio.

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