Entraron tomados de la mano, pero se soltaron en cuanto el mesero se dio la vuelta. Durante veinte minutos, los capuchinos fueron los únicos protagonistas. Ellas, las tazas, se movían de izquierda a derecha sobre la mesa de madera, buscando una luz que no dependiera del sol, sino de la pantalla. Ellos ensayaron encuadres, inclinaciones y distancias, congelando el rostro en una mueca de complicidad ensayada que se apagaba de golpe en cuanto el obturador hacía clic. Ni una sola sonrisa sobrevivió un segundo más allá de la captura.
Teclearon en silencio, apurados, editando la
calidez que el ambiente no tenía. Subieron la última historia, pagaron la
cuenta y se marcharon dejando las tazas intactas, con la espuma ya fría y
desinflada.
Afuera, la tarde real seguía su curso, hermosa y
desatendida. Ellos ya iban lejos, atrapados en el estreno de un avance
promocional para una película a la que nunca entraron a ver.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario