Maldito glaucoma, ¿Quién te dio permiso para instalarte en mis ojos como un huésped que nadie invitó? Llegaste sin anunciarte, sin tocar la puerta, sin siquiera la cortesía de presentarte. Y ahí te quedaste, haciendo de las tuyas, estrechando caminos, apagando luces, convencido de que mis ojos eran territorio abandonado.
Pues te equivocaste.
Ahora resulta que hay cirugía, médicos, instrumentos y manos expertas dispuestas a desalojarte. Y yo, que durante tanto tiempo te soporté en silencio, voy a sentarme frente a ti —aunque sea por última vez— para decirte que no eres dueño de mi mirada.
No te confundas: tengo miedo. Claro que tengo miedo. Uno no entrega los ojos con la tranquilidad con que entrega las llaves de la casa. Pero también tengo esperanza. Y quizá eso sea lo que más te moleste: que mientras tú cuentas presiones, nervios y sombras, yo sigo haciendo planes.
Voy a operarme, glaucoma. Y cuando despierte, no te prometo una venganza. Te prometo algo peor: voy a seguir mirando.
Miraré el rostro de quienes quiero. Miraré la calle, los árboles, los libros, las palabras. Miraré incluso mis propias cicatrices, si consigo encontrarlas. Y si alguna mañana la luz entra por la ventana y me obliga a entrecerrar los ojos, pensaré en ti apenas un instante.
Después seguiré adelante.
Porque tú querías quitarme la mirada y terminaste enseñándome cuánto vale. Así que vete preparando. La próxima vez que nos encontremos, no serás tú quien mire. Seré yo. Y esta vez, con los ojos bien abiertos.

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