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miércoles, 26 de agosto de 2026

Contra la sombra



Maldito glaucoma, ¿Quién te dio permiso para instalarte en mis ojos como un huésped que nadie invitó? Llegaste sin anunciarte, sin tocar la puerta, sin siquiera la cortesía de presentarte. Y ahí te quedaste, haciendo de las tuyas, estrechando caminos, apagando luces, convencido de que mis ojos eran territorio abandonado.

Pues te equivocaste.
Ahora resulta que hay cirugía, médicos, instrumentos y manos expertas dispuestas a desalojarte. Y yo, que durante tanto tiempo te soporté en silencio, voy a sentarme frente a ti —aunque sea por última vez— para decirte que no eres dueño de mi mirada.
No te confundas: tengo miedo. Claro que tengo miedo. Uno no entrega los ojos con la tranquilidad con que entrega las llaves de la casa. Pero también tengo esperanza. Y quizá eso sea lo que más te moleste: que mientras tú cuentas presiones, nervios y sombras, yo sigo haciendo planes.
Voy a operarme, glaucoma. Y cuando despierte, no te prometo una venganza. Te prometo algo peor: voy a seguir mirando.
Miraré el rostro de quienes quiero. Miraré la calle, los árboles, los libros, las palabras. Miraré incluso mis propias cicatrices, si consigo encontrarlas. Y si alguna mañana la luz entra por la ventana y me obliga a entrecerrar los ojos, pensaré en ti apenas un instante.
Después seguiré adelante.
Porque tú querías quitarme la mirada y terminaste enseñándome cuánto vale. Así que vete preparando. La próxima vez que nos encontremos, no serás tú quien mire. Seré yo. Y esta vez, con los ojos bien abiertos.

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