El hombre llegó a la estación
poco antes del anochecer. El último tren lo dejó frente al edificio y
desapareció levantando una nube de polvo gris. Durante varios segundos observó
cómo las luces traseras se hundían en la oscuridad de la calle vacía; después,
quedó solo.
La terminal llevaba años
abandonada. Eran dos estructuras alargadas y deslucidas que se caían a pedazos
frente a una plazoleta desierta. Las ventanillas estaban cubiertas por tablones
húmedos y el óxido avanzaba sobre los rieles como un padecimiento silencioso.
Detrás de los edificios comenzaba el bosque: una pared vegetal inmensa,
inmóvil, demasiado oscura para aquella hora. El guardián apareció desde el
fondo del corredor, arrastrando una pierna con un quejido seco.
—Si escucha que lo llaman, no
conteste —dijo.
Luego dejó una llave sobre un
tablero y se desvaneció en la penumbra. El hombre quiso preguntarle algo, pero
el viejo ya no estaba. La oficina de tiquetes olía a madera mojada y a encierro.
Había un escritorio angosto, una silla y una ventana orientada hacia la
espesura. Desde allí, los rieles se perdían entre árboles gigantescos cubiertos
de lianas, como si entraran en otro tiempo. Mientras acomodaba su equipaje,
escuchó un silbato. Un silbato de tren, leve y distante. Miró por la ventana.
Afuera no había nada; los rieles estaban muertos. Sin embargo, minutos después
volvió a escucharlo, esta vez más cerca.
El cansancio lo hacía cabecear
por momentos, pero cada cierto tiempo lo despertaban unos pasos en el corredor:
lentos, arrastrados, deteniéndose exactamente frente a su puerta. A las dos de
la madrugada, alguien golpeó tres veces. El hombre permaneció inmóvil. Los
golpes regresaron, seguidos de una voz.
—Abra.
Era una voz seca, quebrada, como
pronunciada con la garganta llena de tierra. El hombre no respondió. De pronto,
la manija comenzó a bajarse lentamente. Sintió un vuelco en el estómago al
recordar que había puesto el seguro, pero el cerrojo empezó a girar solo.
Retrocedió hasta la ventana. El bosque parecía más cercano. Mucho más cercano.
Las ramas ya rozaban las paredes de terracota y, entre los árboles, creyó ver
figuras inmóviles observándolo. No eran personas; eran siluetas demasiado altas
y oscuras. El seguro terminó de girar y la puerta se abrió apenas unos
centímetros. Un olor espeso y podrido inundó la oficina.
El hombre empujó la ventana y
saltó. Cayó sobre los matorrales y comenzó a correr desesperado. Las ramas le
golpeaban el rostro y las raíces lo hacían tropezar, pero siguió avanzando
mientras detrás de él resonaba el silbato, cada vez más fuerte. No entendía
cómo podía haber un tren allí si las vías estaban muertas. Entonces los vio.
Aparecieron entre la vegetación, brillando húmedos bajo la luna: rieles nuevos,
recién pulidos.
El silbato volvió a sonar, esta
vez a sus espaldas. Al girarse, el tren salió de la oscuridad sin hacer temblar
la tierra. Avanzaba despacio, demasiado despacio, sin luces, con las ventanas
repletas de sombras quietas. El hombre quiso apartarse, pero descubrió que sus
pies se hundían. Miró hacia abajo. No era barro; eran decenas de manos
vegetales emergiendo de la tierra, sujetándole con fuerza los tobillos. El tren
se detuvo frente a él y una de las puertas se abrió. Allí, sentado junto a la
ventana, estaba el guardián. Sonreía con los ojos completamente blancos.
—Le dije que no contestara.
Entonces el hombre comprendió la terrible verdad. No había llegado a ninguna estación; el tren lo había traído desde el principio.

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