NO COPIES, SÉ AUTÉNTICO

viernes, 8 de mayo de 2026

La anatomía del miedo

 


La sala de espera olía a antiséptico, desinfectante y cansancio. Sobre las baldosas rojizas se deslizaban sombras de piernas, muletas y zapatos húmedos. Nadie permanecía completamente quieto allí, pero el hombre alto convertía su inquietud en un espectáculo involuntario. Iba y venía frente a las bancas metálicas. Por momentos se sentaba apenas unos segundos; enseguida volvía a levantarse como si el cuerpo le rechazara la quietud. Medía casi dos metros y, bajo la camiseta sin mangas, los tatuajes le cubrían los brazos con figuras negras y ondulantes. Desde lejos parecía que un pulpo enorme hubiera trepado sobre él.

Los tentáculos nacían cerca de los hombros, descendían en espirales por los bíceps y continuaban más abajo, prolongándose hacia las piernas semi descubiertas por un pantalón corto. Las líneas oscuras daban la impresión de moverse cada vez que caminaba. Cuando flexionaba los músculos, los tentáculos parecían contraerse. Cuando abría las manos, parecía que la criatura extendía sus ventosas invisibles sobre la sala entera. Una niña escondió el rostro en el regazo de su madre. Un anciano dejó de leer para seguirlo con la mirada. Y, sin embargo, pese a aquella apariencia de monstruo marino escapado de una pesadilla, el hombre estaba aterrado.

Miraba constantemente la puerta blanca donde un letrero decía: “Consultorio de curaciones”. Cada vez que alguien salía con gasas o vendas, él tragaba saliva. Se pasaba la lengua por los labios resecos. Sus dedos —grandes, tatuados hasta los nudillos— temblaban ligeramente. De pronto apareció la auxiliar de enfermería. Pequeña, delgada, casi frágil frente a aquella mole cubierta de tinta.

—Señor Everaldo Aníbal Ramírez… sigue usted.

El hombre quedó inmóvil. Por un instante los tentáculos tatuados parecieron tensarse sobre la piel de sus brazos. Dio un paso hacia adelante. Luego otro. El brillo del sudor le cruzó la frente. Entonces ocurrió. Los ojos se le vaciaron de golpe. El gigante osciló como un árbol enfermo. Intentó sostenerse de la banca, pero sus manos resbalaron. Cayó pesadamente sobre las baldosas mientras los tentáculos negros de los tatuajes parecían desparramarse por todo el cuerpo, como si el pulpo hubiera abandonado finalmente el mar para morir sobre tierra firme. La niña gritó. La auxiliar corrió hacia él.

—¡Traigan una camilla!

Entre varias personas intentaron moverlo. El hombre respiraba, aunque tenía el rostro descompuesto por un miedo casi vergonzoso. Minutos después abrió los ojos lentamente.

—¿Ya pasó? —preguntó con voz débil. La auxiliar sonrió.

—Todavía no le hemos hecho nada.

Y en aquel instante, mientras el gigante tatuado cerraba los ojos otra vez con resignación, toda la sala comprendió que incluso los hombres que parecen criaturas del abismo pueden desmoronarse ante una simple gasa humedecida con alcohol isopropílico.

 

viernes, 1 de mayo de 2026

El veredicto del cartón



Tras leer el informe de la Universidad de Colorado, Aurelio no vio un rollo de papel, sino un nido de seis mil francotiradores microscópicos. Con pulso de cirujano, giró el borde hacia afuera para que la cascada de celulosa cayera libre de la pared infecta. Como toque final de ahorro y seguridad, aplastó el cilindro hasta convertirlo en un óvalo rígido que se negaba a girar.

Orgulloso de su victoria sobre los estafilococos, tiró con fuerza para obtener su merecido cuadrado higiénico. Pero el papel, frenado por el aplastamiento que él mismo había diseñado, no rodó. El soporte cedió, el portarrollos se desprendió de la pared y Aurelio, en su afán por evitar la bacteria, terminó en urgencias con el cráneo fracturado por el impacto del mármol. Al final, no fue la Escherichia coli la que acabó con él, sino la impecable geometría de su propia paranoia.

jueves, 23 de abril de 2026

Bajo la lámpara de los hombres graves

 


—Le dije que no iba a venir solo —murmuró el hombre calvo, inclinándose sobre la mesa.

El joven alzó la vista, tenso.

—Yo cumplí. Traje el dinero. Ahora díganme dónde está mi hermano.

El anciano de la derecha dio una larga calada al cigarrillo.

—La juventud siempre confunde pagar con mandar.

—No jueguen conmigo —replicó el muchacho, apretando los puños—. Ya hicieron bastante.

El hombre de espaldas acomodó lentamente los billetes sobre el mantel.

—Falta una parte.

—¡Ahí está todo!

—No —dijo el calvo, casi en un susurro—. Falta lo más caro: su silencio.

El joven tragó saliva.

—¿Qué quieren que haga?

El anciano sonrió sin alegría.

—Nada heroico. Mañana dirá que nunca nos vio, que esta noche estuvo en casa y que su hermano se marchó por voluntad propia.

—Eso es mentira.

—La verdad —intervino el de espaldas— vale menos que esos billetes.

Hubo un silencio pesado. La lámpara zumbó sobre sus cabezas.

—Si me niego... —preguntó el joven.

El hombre calvo se enderezó despacio.

—Entonces el próximo asiento vacío en esta mesa será el suyo.

sábado, 18 de abril de 2026

Detenida

 


Quedé atrapada antes de doblar la esquina. La fila de carros no avanzaba y al principio pensé que se trataba del semáforo o de un choque menor. Luego escuché los gritos. No eran gritos de pelea, sino voces reunidas en una sola exigencia. Apagué la radio.

Delante de mí la calle estaba tomada por trabajadores con pancartas, banderas y chalecos de sindicato. Algunos levantaban carteles escritos a mano; otros repetían consignas con una disciplina que me sorprendió. Leí frases sobre salarios, despidos, derechos incumplidos. Yo había visto esas palabras en titulares o en informes, pero nunca tan cerca, dichas por personas de carne y cansancio.

No podía avanzar. La multitud llenaba toda la vía. Debí impacientarme. Tenía prisa, una reunión pendiente, llamadas sin responder. Sin embargo, me quedé mirando. Había algo en aquella energía colectiva que desarmaba mis horarios. Observé los rostros sudados, la rabia organizada, la convicción con que algunos sostenían una tela vieja como si sostuvieran el mundo. Entonces lo vi.

Estaba en la acera, quieto, mirando más que gritando. No parecía uno de ellos ni alguien ajeno del todo. Tenía una expresión extraña: como si reconociera en aquella protesta algo antiguo y personal. Nuestros ojos se encontraron. Sentí el impulso absurdo de decirle algo, cualquier cosa, como si ya lo conociera. Creo que murmuré: “No mire desde afuera”. No sé si me oyó.

Se abrió un espacio entre la gente. Arranqué. Mientras me alejaba, el ruido de la protesta siguió conmigo varias cuadras, pegado a los vidrios, entrando por las rendijas del carro. Llegué tarde a la reunión. Cuando me preguntaron por la demora, respondí con la primera excusa que encontré. No dije que, por unos minutos, había visto una ciudad que no sale en los mapas.

viernes, 10 de abril de 2026

Cuando nadie nos mira

En el blog https://campivampi.blogspot.com/ nos proponen escribir sobre "Lo que sentimos cuando nadie nos mira...". He aquí nuestra propuesta:




Cuando nadie nos mira, dejamos de actuar. Apenas se cierra la puerta, mi espalda se curva, mi sonrisa se desprende y cae —invisible— al suelo. Camino distinto, respiro distinto. Soy otro, o tal vez el mismo sin ensayo.

Hoy me quedé quieto, probando ese silencio. Y entonces lo sentí: alguien dentro de mí aprovechó la ausencia de testigos para salir. No hizo nada extraordinario. Solo se sentó a existir. Y me dio miedo interrumpirlo.

viernes, 3 de abril de 2026

Domingo


El hombre cargó su cruz por calles vacías; nadie miraba. Al caer, comprendió: no era redención, sino costumbre. Entonces dejó la cruz y volvió a ser invisible otra vez.

sábado, 28 de marzo de 2026

El obsequio de la virtud

 


Felipe Ossa dejó el sobre con los cien mil pesos sobre el escritorio del inspector de policía. El agente lo miró con una mezcla de bostezo y una chispa de severidad. —Otra vez usted, señor… Es el cuarto hallazgo este mes. Va para una marca de santidad.

—Es que uno es pobre, inspector, pero no ladrón —respondió Felipe con el guion bien ensayado.

Le dieron su respectivo vale de comida y el diploma de «Buen Ciudadano». Al salir, Felipe Ossa caminó por la carrera 9 Bis donde lo esperaba un auto de vidrios polarizados. La ventanilla bajó apenas unos centímetros.

—¿Lo has entregado todo? —preguntó una voz de seda. —Hasta el último peso, don Valentín. La policía ya hizo el acta de hallazgo y mi declaración de «buen samaritano».

El hombre del coche le tendió un billete de cincuenta. —Buen trabajo. No hay mejor forma de blanquear dinero que hacerlo pasar por las manos de un muerto de hambre honesto. La policía jamás investiga el origen de lo que un pobre devuelve por «mera conciencia».