Nosotros fuimos el cable. Cientos de manos anónimas,
duras por el trabajo y calientes por la rabia, apretando la misma cuerda de
fibra que le cruzaba el pecho al tirano.
Desde abajo, la cabeza de bronce parecía intacta,
mirando al horizonte con la misma soberbia ciega con que nos gobernó durante
treinta años. Pero esa tarde, el pedestal ya no era inmune. Unos muchachos
treparon como gatos por los hombros del monumento, pasaron las cuerdas por el
cuello, la cintura y las botas de metal, y nos arrojaron las puntas. Nos
acomodamos en la plaza como una sola bestia de mil espaldas.
—¡A la una, a las dos, a las tres! —gritó alguien a mi
lado.
Clavamos los talones en el polvo y halamos. La cuerda
se tensó hasta gemir. Por un instante eterno, nada ocurrió. El dictador pesaba
más que nuestra memoria. Pero volvimos a tirar, vaciando el aire de los
pulmones en un solo arrebato, y entonces sentimos el primer crujido en la base.
El gigante de bronce comenzó a inclinarse. Uno, dos
milímetros.
Fue en ese ángulo imposible cuando ocurrió lo
increíble: la estatua pareció afianzarse en el aire, haciendo pulso contra
nosotros. No era la gravedad; era la inercia de tres décadas de miedo que se
resistía a abandonar la plaza. El bronce crujía con la terquedad de un animal
que se niega a morir, sosteniendo el peso de su propio mito contra la tracción
de nuestras manos desnudas.
Nadie soltó la soga. Apretamos los dientes, sentimos
la fibra cortándonos la carne de las palmas y le opusimos al metal el peso de
todos nuestros muertos.
El cuello de la estatua cedió con un chasquido sordo. La resistencia se rompió y el titán cayó de bruces, reventando contra el suelo en un estruendo hueco que devolvió el aire a la ciudad.






