NO COPIES, SÉ AUTÉNTICO

viernes, 29 de mayo de 2026

Mecánica de fluidos

 



En la sala de espera de la clínica, los minutos morían a cuentagotas. Ella entró rompiendo la tregua del tedio: una mujer madura, de andar común, pero con un pecho generoso que vibraba bajo la blusa con una urgencia casi sísmica, a punto de desbordar el escote.

Él no pudo evitarlo. La devoró con la mirada, imaginando el instante exacto en que esa gravedad contenida finalmente ganara la batalla y los botones salieran disparados como proyectiles. Sostuvo el examen con la insolencia del que se cree invisible detrás de sus propios deseos.

Ella lo atrapó en el acto. Se detuvo, lo miró de frente y le dedicó una sonrisa tan bella como piadosa.

Luego, con absoluta parsimonia, se acomodó el estetoscopio en el cuello, tomó la Historia clínica de él y, antes de hacerlo pasar al consultorio, le dijo:

—Muy bien, caballero. Vamos a ver si ese corazón suyo resiste la presión.

jueves, 21 de mayo de 2026

El peso de los astros



Hiparco pasó la mitad de su vida calibrando telescopios, buscando en la infinitud del cielo nocturno una respuesta que justificara su tremenda pequeñez. Decía que mirar el firmamento era una forma de cartografiar el olvido. Anotaba órbitas, medía el brillo agonizante de supernovas extintas hacía milenios y se obsesionaba con el vacío insondable que separaba un destello de otro. Para él, la belleza solo existía en lo inalcanzable.

La ceguera llegó sin dramatismo, como un crepúsculo lento que terminó por borrar los anillos de Saturno y las nubes de Magallanes. Con el universo cancelado tras sus párpados, Hiparco se recluyó en el patio trasero de su casa, convencido de que su existencia carecía de coordenadas.

Fue un martes de otoño cuando el orden de sus cosmos particulares cambió. Al tropezar cerca del pozo, cayó de manos sobre la tierra húmeda. Presionó las palmas contra el suelo para incorporarse, pero se detuvo. Entre sus dedos abiertos se erguía una pequeña comunidad de briznas de hierba.

 Al principio solo sintió el frío del rocío. Luego, al deslizar las yemas con la delicadeza de quien limpia una lente óptica, percibió la arquitectura de una sola hoja: las nervaduras perfectas que distribuían la savia, la curvatura exacta que desafiaba a la gravedad, la persistencia ciega de la clorofila abriéndose paso hacia una luz que él ya no podía ver.

Cerró los ojos con más fuerza, conteniendo el aliento. En la simetría de esa minúscula estructura vegetal descifró la misma geometría sagrada que gobierna el giro de las galaxias. La brizna no imitaba al universo; lo contenía. Aquella materia verde y callada realizaba el mismo esfuerzo monumental para existir que la estrella más colosal del firmamento.

Hiparco sonrió en la oscuridad. Ya no necesitaba mirar hacia arriba. Sentado en el lodo, supo que el camino recorrido por los astros terminaba, con idéntica gloria, justo debajo de sus manos.

sábado, 16 de mayo de 2026

Negativo en reverso


El fotógrafo callejero planta las tres patas de madera sobre el andén. Ajusta la lente con un giro seco y limpia el vidrio con la manga. Pasa un tipo con camisa de flores. El minutero calcula la distancia y hunde el gatillo. Clic.

Mete la mano en la manga de tela negra del cajón. Tantea a ciegas, pero los dedos tropiezan con algo viscoso y frío que no es el frasco del revelador. Saca el brazo de golpe: un hilo de líquido negro, con olor a lodo de río, le mancha la muñeca.

En el andén, el de la camisa de flores planta el zapato blanco para dar el siguiente paso, pero el pie no baja. Se queda suspendido en el aire. Intenta apoyar el peso, pero el cuerpo se le va hacia adelante, ingrávido, mientras las solapas anchas flotan alrededor de su cuello como alas pesadas.

A pocos metros, el de la camisa geométrica se frena en seco. El estrépito de los buses se apaga. El camión del fondo se detiene y los transeúntes empiezan a caminar hacia atrás, en un reverso perfecto y silencioso. El hombre se mira el pecho: el patrón abstracto de su ropa empieza a desprenderse de la tela, flotando en el aire como piezas de un rompecabezas roto.

El fotógrafo, con el pulso temblando, pega el ojo al visor de la caja. En el vidrio ya no está la calle. Se ve a sí mismo, de espaldas, caminando por esa misma acera hacia un lente que lo espera cincuenta años en el futuro.

martes, 12 de mayo de 2026

Narrar desde la grieta cotidiana



En Cuentos es lo que hay, Guillermo Castillo construye un universo narrativo donde lo cotidiano nunca permanece completamente a salvo. Sus personajes comen, conducen, beben, trabajan, recuerdan, esperan una cita o conversan en una esquina; sin embargo, algo termina desplazando lentamente la realidad hacia una zona incierta. A veces ese desplazamiento adopta la forma del miedo, otras veces la del recuerdo, la culpa, el deseo o la soledad. El libro parece sostener una idea central: la vida común contiene siempre una grieta por donde asoman las obsesiones humanas.

Narrar desde la grieta: aproximación a Cuentos es lo que hay (Fragmento)


viernes, 8 de mayo de 2026

La anatomía del miedo

 


La sala de espera olía a antiséptico, desinfectante y cansancio. Sobre las baldosas rojizas se deslizaban sombras de piernas, muletas y zapatos húmedos. Nadie permanecía completamente quieto allí, pero el hombre alto convertía su inquietud en un espectáculo involuntario. Iba y venía frente a las bancas metálicas. Por momentos se sentaba apenas unos segundos; enseguida volvía a levantarse como si el cuerpo le rechazara la quietud. Medía casi dos metros y, bajo la camiseta sin mangas, los tatuajes le cubrían los brazos con figuras negras y ondulantes. Desde lejos parecía que un pulpo enorme hubiera trepado sobre él.

Los tentáculos nacían cerca de los hombros, descendían en espirales por los bíceps y continuaban más abajo, prolongándose hacia las piernas semi descubiertas por un pantalón corto. Las líneas oscuras daban la impresión de moverse cada vez que caminaba. Cuando flexionaba los músculos, los tentáculos parecían contraerse. Cuando abría las manos, parecía que la criatura extendía sus ventosas invisibles sobre la sala entera. Una niña escondió el rostro en el regazo de su madre. Un anciano dejó de leer para seguirlo con la mirada. Y, sin embargo, pese a aquella apariencia de monstruo marino escapado de una pesadilla, el hombre estaba aterrado.

Miraba constantemente la puerta blanca donde un letrero decía: “Consultorio de curaciones”. Cada vez que alguien salía con gasas o vendas, él tragaba saliva. Se pasaba la lengua por los labios resecos. Sus dedos —grandes, tatuados hasta los nudillos— temblaban ligeramente. De pronto apareció la auxiliar de enfermería. Pequeña, delgada, casi frágil frente a aquella mole cubierta de tinta.

—Señor Teobaldo Aníbal Rodríguez… sigue usted.

El hombre quedó inmóvil. Por un instante los tentáculos tatuados parecieron tensarse sobre la piel de sus brazos. Dio un paso hacia adelante. Luego otro. El brillo del sudor le cruzó la frente. Entonces ocurrió. Los ojos se le vaciaron de golpe. El gigante osciló como un árbol enfermo. Intentó sostenerse de la banca, pero sus manos resbalaron. Cayó pesadamente sobre las baldosas mientras los tentáculos negros de los tatuajes parecían desparramarse por todo el cuerpo, como si el pulpo hubiera abandonado finalmente el mar para morir sobre tierra firme. La niña gritó. La auxiliar corrió hacia él.

—¡Traigan una camilla!

Entre varias personas intentaron moverlo. El hombre respiraba, aunque tenía el rostro descompuesto por un miedo casi vergonzoso. Minutos después abrió los ojos lentamente.

—¿Ya pasó? —preguntó con voz débil. La auxiliar sonrió.

—Todavía no le hemos hecho nada.

Y en aquel instante, mientras el gigante tatuado cerraba los ojos otra vez con resignación, toda la sala comprendió que incluso los hombres que parecen criaturas del abismo pueden desmoronarse ante una simple gasa humedecida con alcohol isopropílico.