NO COPIES, SÉ AUTÉNTICO
sábado, 9 de mayo de 2026
viernes, 8 de mayo de 2026
La anatomía del miedo
La sala de espera olía a
antiséptico, desinfectante y cansancio. Sobre las baldosas rojizas se
deslizaban sombras de piernas, muletas y zapatos húmedos. Nadie permanecía
completamente quieto allí, pero el hombre alto convertía su inquietud en un
espectáculo involuntario. Iba y venía frente a las bancas metálicas. Por
momentos se sentaba apenas unos segundos; enseguida volvía a levantarse como si
el cuerpo le rechazara la quietud. Medía casi dos metros y, bajo la camiseta
sin mangas, los tatuajes le cubrían los brazos con figuras negras y ondulantes.
Desde lejos parecía que un pulpo enorme hubiera trepado sobre él.
Los tentáculos nacían cerca de
los hombros, descendían en espirales por los bíceps y continuaban más abajo,
prolongándose hacia las piernas semi descubiertas por un pantalón corto. Las
líneas oscuras daban la impresión de moverse cada vez que caminaba. Cuando
flexionaba los músculos, los tentáculos parecían contraerse. Cuando abría las
manos, parecía que la criatura extendía sus ventosas invisibles sobre la sala
entera. Una niña escondió el rostro en el regazo de su madre. Un anciano dejó
de leer para seguirlo con la mirada. Y, sin embargo, pese a aquella apariencia
de monstruo marino escapado de una pesadilla, el hombre estaba aterrado.
Miraba constantemente la puerta
blanca donde un letrero decía: “Consultorio de curaciones”. Cada vez que
alguien salía con gasas o vendas, él tragaba saliva. Se pasaba la lengua por
los labios resecos. Sus dedos —grandes, tatuados hasta los nudillos— temblaban
ligeramente. De pronto apareció la auxiliar de enfermería. Pequeña, delgada,
casi frágil frente a aquella mole cubierta de tinta.
—Señor Everaldo Aníbal Ramírez…
sigue usted.
El hombre quedó inmóvil. Por un
instante los tentáculos tatuados parecieron tensarse sobre la piel de sus
brazos. Dio un paso hacia adelante. Luego otro. El brillo del sudor le cruzó la
frente. Entonces ocurrió. Los ojos se le vaciaron de golpe. El gigante osciló
como un árbol enfermo. Intentó sostenerse de la banca, pero sus manos
resbalaron. Cayó pesadamente sobre las baldosas mientras los tentáculos negros
de los tatuajes parecían desparramarse por todo el cuerpo, como si el pulpo
hubiera abandonado finalmente el mar para morir sobre tierra firme. La niña
gritó. La auxiliar corrió hacia él.
—¡Traigan una camilla!
Entre varias personas intentaron
moverlo. El hombre respiraba, aunque tenía el rostro descompuesto por un miedo
casi vergonzoso. Minutos después abrió los ojos lentamente.
—¿Ya pasó? —preguntó con voz
débil. La auxiliar sonrió.
—Todavía no le hemos hecho nada.
Y en aquel instante, mientras el
gigante tatuado cerraba los ojos otra vez con resignación, toda la sala
comprendió que incluso los hombres que parecen criaturas del abismo pueden
desmoronarse ante una simple gasa humedecida con alcohol isopropílico.
viernes, 1 de mayo de 2026
El veredicto del cartón
Tras leer el informe de la Universidad de Colorado, Aurelio no vio un rollo de papel, sino un nido de seis mil francotiradores microscópicos
Orgulloso de su victoria sobre los estafilococos, tiró con fuerza para obtener su merecido cuadrado higiénico
jueves, 23 de abril de 2026
Bajo la lámpara de los hombres graves
—Le dije que no iba a venir solo
—murmuró el hombre calvo, inclinándose sobre la mesa.
El joven alzó la vista, tenso.
—Yo cumplí. Traje el dinero. Ahora
díganme dónde está mi hermano.
El anciano de la derecha dio una larga
calada al cigarrillo.
—La juventud siempre confunde pagar
con mandar.
—No jueguen conmigo —replicó el
muchacho, apretando los puños—. Ya hicieron bastante.
El hombre de espaldas acomodó
lentamente los billetes sobre el mantel.
—Falta una parte.
—¡Ahí está todo!
—No —dijo el calvo, casi en un
susurro—. Falta lo más caro: su silencio.
El joven tragó saliva.
—¿Qué quieren que haga?
El anciano sonrió sin alegría.
—Nada heroico. Mañana dirá que nunca
nos vio, que esta noche estuvo en casa y que su hermano se marchó por voluntad
propia.
—Eso es mentira.
—La verdad —intervino el de espaldas—
vale menos que esos billetes.
Hubo un silencio pesado. La lámpara
zumbó sobre sus cabezas.
—Si me niego... —preguntó el joven.
El hombre calvo se enderezó despacio.
—Entonces el próximo asiento vacío en esta mesa será el suyo.
sábado, 18 de abril de 2026
Detenida
Quedé atrapada antes de doblar la esquina. La fila
de carros no avanzaba y al principio pensé que se trataba del semáforo o de un
choque menor. Luego escuché los gritos. No eran gritos de pelea, sino voces
reunidas en una sola exigencia. Apagué la radio.
Delante de mí la calle estaba tomada por
trabajadores con pancartas, banderas y chalecos de sindicato. Algunos
levantaban carteles escritos a mano; otros repetían consignas con una
disciplina que me sorprendió. Leí frases sobre salarios, despidos, derechos incumplidos.
Yo había visto esas palabras en titulares o en informes, pero nunca tan cerca,
dichas por personas de carne y cansancio.
No podía avanzar. La multitud llenaba toda la vía. Debí
impacientarme. Tenía prisa, una reunión pendiente, llamadas sin responder. Sin
embargo, me quedé mirando. Había algo en aquella energía colectiva que
desarmaba mis horarios. Observé los rostros sudados, la rabia organizada, la
convicción con que algunos sostenían una tela vieja como si sostuvieran el
mundo. Entonces lo vi.
Estaba en la acera, quieto, mirando más que
gritando. No parecía uno de ellos ni alguien ajeno del todo. Tenía una
expresión extraña: como si reconociera en aquella protesta algo antiguo y
personal. Nuestros ojos se encontraron. Sentí el impulso absurdo de decirle
algo, cualquier cosa, como si ya lo conociera. Creo que murmuré: “No mire desde
afuera”. No sé si me oyó.
Se abrió un espacio entre la gente. Arranqué. Mientras me alejaba, el ruido de la protesta siguió conmigo varias cuadras, pegado a los vidrios, entrando por las rendijas del carro. Llegué tarde a la reunión. Cuando me preguntaron por la demora, respondí con la primera excusa que encontré. No dije que, por unos minutos, había visto una ciudad que no sale en los mapas.
viernes, 10 de abril de 2026
Cuando nadie nos mira
En el blog https://campivampi.blogspot.com/ nos proponen escribir sobre "Lo que sentimos cuando nadie nos mira...". He aquí nuestra propuesta:
Cuando nadie nos mira, dejamos de actuar. Apenas se cierra la puerta, mi espalda se curva, mi sonrisa se desprende y cae —invisible— al suelo. Camino distinto, respiro distinto. Soy otro, o tal vez el mismo sin ensayo.
Hoy me quedé quieto, probando ese silencio. Y entonces lo sentí: alguien dentro de mí aprovechó la ausencia de testigos para salir. No hizo nada extraordinario. Solo se sentó a existir. Y me dio miedo interrumpirlo.






