La sala de espera olía a
antiséptico, desinfectante y cansancio. Sobre las baldosas rojizas se
deslizaban sombras de piernas, muletas y zapatos húmedos. Nadie permanecía
completamente quieto allí, pero el hombre alto convertía su inquietud en un
espectáculo involuntario. Iba y venía frente a las bancas metálicas. Por
momentos se sentaba apenas unos segundos; enseguida volvía a levantarse como si
el cuerpo le rechazara la quietud. Medía casi dos metros y, bajo la camiseta
sin mangas, los tatuajes le cubrían los brazos con figuras negras y ondulantes.
Desde lejos parecía que un pulpo enorme hubiera trepado sobre él.
Los tentáculos nacían cerca de
los hombros, descendían en espirales por los bíceps y continuaban más abajo,
prolongándose hacia las piernas semi descubiertas por un pantalón corto. Las
líneas oscuras daban la impresión de moverse cada vez que caminaba. Cuando
flexionaba los músculos, los tentáculos parecían contraerse. Cuando abría las
manos, parecía que la criatura extendía sus ventosas invisibles sobre la sala
entera. Una niña escondió el rostro en el regazo de su madre. Un anciano dejó
de leer para seguirlo con la mirada. Y, sin embargo, pese a aquella apariencia
de monstruo marino escapado de una pesadilla, el hombre estaba aterrado.
Miraba constantemente la puerta
blanca donde un letrero decía: “Consultorio de curaciones”. Cada vez que
alguien salía con gasas o vendas, él tragaba saliva. Se pasaba la lengua por
los labios resecos. Sus dedos —grandes, tatuados hasta los nudillos— temblaban
ligeramente. De pronto apareció la auxiliar de enfermería. Pequeña, delgada,
casi frágil frente a aquella mole cubierta de tinta.
—Señor Everaldo Aníbal Ramírez…
sigue usted.
El hombre quedó inmóvil. Por un
instante los tentáculos tatuados parecieron tensarse sobre la piel de sus
brazos. Dio un paso hacia adelante. Luego otro. El brillo del sudor le cruzó la
frente. Entonces ocurrió. Los ojos se le vaciaron de golpe. El gigante osciló
como un árbol enfermo. Intentó sostenerse de la banca, pero sus manos
resbalaron. Cayó pesadamente sobre las baldosas mientras los tentáculos negros
de los tatuajes parecían desparramarse por todo el cuerpo, como si el pulpo
hubiera abandonado finalmente el mar para morir sobre tierra firme. La niña
gritó. La auxiliar corrió hacia él.
—¡Traigan una camilla!
Entre varias personas intentaron
moverlo. El hombre respiraba, aunque tenía el rostro descompuesto por un miedo
casi vergonzoso. Minutos después abrió los ojos lentamente.
—¿Ya pasó? —preguntó con voz
débil. La auxiliar sonrió.
—Todavía no le hemos hecho nada.
Y en aquel instante, mientras el
gigante tatuado cerraba los ojos otra vez con resignación, toda la sala
comprendió que incluso los hombres que parecen criaturas del abismo pueden
desmoronarse ante una simple gasa humedecida con alcohol isopropílico.






