NO COPIES, SÉ AUTÉNTICO

sábado, 13 de junio de 2026

Estación III

 



El hombre llegó a la estación poco antes del anochecer. El último tren lo dejó frente al edificio y desapareció levantando una nube de polvo gris. Durante varios segundos observó cómo las luces traseras se hundían en la oscuridad de la calle vacía; después, quedó solo.

La terminal llevaba años abandonada. Eran dos estructuras alargadas y deslucidas que se caían a pedazos frente a una plazoleta desierta. Las ventanillas estaban cubiertas por tablones húmedos y el óxido avanzaba sobre los rieles como un padecimiento silencioso. Detrás de los edificios comenzaba el bosque: una pared vegetal inmensa, inmóvil, demasiado oscura para aquella hora. El guardián apareció desde el fondo del corredor, arrastrando una pierna con un quejido seco.

—Si escucha que lo llaman, no conteste —dijo.

Luego dejó una llave sobre un tablero y se desvaneció en la penumbra. El hombre quiso preguntarle algo, pero el viejo ya no estaba. La oficina de tiquetes olía a madera mojada y a encierro. Había un escritorio angosto, una silla y una ventana orientada hacia la espesura. Desde allí, los rieles se perdían entre árboles gigantescos cubiertos de lianas, como si entraran en otro tiempo. Mientras acomodaba su equipaje, escuchó un silbato. Un silbato de tren, leve y distante. Miró por la ventana. Afuera no había nada; los rieles estaban muertos. Sin embargo, minutos después volvió a escucharlo, esta vez más cerca.

El cansancio lo hacía cabecear por momentos, pero cada cierto tiempo lo despertaban unos pasos en el corredor: lentos, arrastrados, deteniéndose exactamente frente a su puerta. A las dos de la madrugada, alguien golpeó tres veces. El hombre permaneció inmóvil. Los golpes regresaron, seguidos de una voz.

—Abra.

Era una voz seca, quebrada, como pronunciada con la garganta llena de tierra. El hombre no respondió. De pronto, la manija comenzó a bajarse lentamente. Sintió un vuelco en el estómago al recordar que había puesto el seguro, pero el cerrojo empezó a girar solo. Retrocedió hasta la ventana. El bosque parecía más cercano. Mucho más cercano. Las ramas ya rozaban las paredes de terracota y, entre los árboles, creyó ver figuras inmóviles observándolo. No eran personas; eran siluetas demasiado altas y oscuras. El seguro terminó de girar y la puerta se abrió apenas unos centímetros. Un olor espeso y podrido inundó la oficina.

El hombre empujó la ventana y saltó. Cayó sobre los matorrales y comenzó a correr desesperado. Las ramas le golpeaban el rostro y las raíces lo hacían tropezar, pero siguió avanzando mientras detrás de él resonaba el silbato, cada vez más fuerte. No entendía cómo podía haber un tren allí si las vías estaban muertas. Entonces los vio. Aparecieron entre la vegetación, brillando húmedos bajo la luna: rieles nuevos, recién pulidos.

El silbato volvió a sonar, esta vez a sus espaldas. Al girarse, el tren salió de la oscuridad sin hacer temblar la tierra. Avanzaba despacio, demasiado despacio, sin luces, con las ventanas repletas de sombras quietas. El hombre quiso apartarse, pero descubrió que sus pies se hundían. Miró hacia abajo. No era barro; eran decenas de manos vegetales emergiendo de la tierra, sujetándole con fuerza los tobillos. El tren se detuvo frente a él y una de las puertas se abrió. Allí, sentado junto a la ventana, estaba el guardián. Sonreía con los ojos completamente blancos.

—Le dije que no contestara.

Entonces el hombre comprendió la terrible verdad. No había llegado a ninguna estación; el tren lo había traído desde el principio.

sábado, 6 de junio de 2026

La función secreta

 


Entraron tomados de la mano, pero se soltaron en cuanto el mesero se dio la vuelta. Durante veinte minutos, los capuchinos fueron los únicos protagonistas. Ellas, las tazas, se movían de izquierda a derecha sobre la mesa de madera, buscando una luz que no dependiera del sol, sino de la pantalla. Ellos ensayaron encuadres, inclinaciones y distancias, congelando el rostro en una mueca de complicidad ensayada que se apagaba de golpe en cuanto el obturador hacía clic. Ni una sola sonrisa sobrevivió un segundo más allá de la captura.

Teclearon en silencio, apurados, editando la calidez que el ambiente no tenía. Subieron la última historia, pagaron la cuenta y se marcharon dejando las tazas intactas, con la espuma ya fría y desinflada.

Afuera, la tarde real seguía su curso, hermosa y desatendida. Ellos ya iban lejos, atrapados en el estreno de un avance promocional para una película a la que nunca entraron a ver.

viernes, 29 de mayo de 2026

Mecánica de fluidos

 



En la sala de espera de la clínica, los minutos morían a cuentagotas. Ella entró rompiendo la tregua del tedio: una mujer madura, de andar común, pero con un pecho generoso que vibraba bajo la blusa con una urgencia casi sísmica, a punto de desbordar el escote.

Él no pudo evitarlo. La devoró con la mirada, imaginando el instante exacto en que esa gravedad contenida finalmente ganara la batalla y los botones salieran disparados como proyectiles. Sostuvo el examen con la insolencia del que se cree invisible detrás de sus propios deseos.

Ella lo atrapó en el acto. Se detuvo, lo miró de frente y le dedicó una sonrisa tan bella como piadosa.

Luego, con absoluta parsimonia, se acomodó el estetoscopio en el cuello, tomó la Historia clínica de él y, antes de hacerlo pasar al consultorio, le dijo:

—Muy bien, caballero. Vamos a ver si ese corazón suyo resiste la presión.

jueves, 21 de mayo de 2026

El peso de los astros



Hiparco pasó la mitad de su vida calibrando telescopios, buscando en la infinitud del cielo nocturno una respuesta que justificara su tremenda pequeñez. Decía que mirar el firmamento era una forma de cartografiar el olvido. Anotaba órbitas, medía el brillo agonizante de supernovas extintas hacía milenios y se obsesionaba con el vacío insondable que separaba un destello de otro. Para él, la belleza solo existía en lo inalcanzable.

La ceguera llegó sin dramatismo, como un crepúsculo lento que terminó por borrar los anillos de Saturno y las nubes de Magallanes. Con el universo cancelado tras sus párpados, Hiparco se recluyó en el patio trasero de su casa, convencido de que su existencia carecía de coordenadas.

Fue un martes de otoño cuando el orden de sus cosmos particulares cambió. Al tropezar cerca del pozo, cayó de manos sobre la tierra húmeda. Presionó las palmas contra el suelo para incorporarse, pero se detuvo. Entre sus dedos abiertos se erguía una pequeña comunidad de briznas de hierba.

 Al principio solo sintió el frío del rocío. Luego, al deslizar las yemas con la delicadeza de quien limpia una lente óptica, percibió la arquitectura de una sola hoja: las nervaduras perfectas que distribuían la savia, la curvatura exacta que desafiaba a la gravedad, la persistencia ciega de la clorofila abriéndose paso hacia una luz que él ya no podía ver.

Cerró los ojos con más fuerza, conteniendo el aliento. En la simetría de esa minúscula estructura vegetal descifró la misma geometría sagrada que gobierna el giro de las galaxias. La brizna no imitaba al universo; lo contenía. Aquella materia verde y callada realizaba el mismo esfuerzo monumental para existir que la estrella más colosal del firmamento.

Hiparco sonrió en la oscuridad. Ya no necesitaba mirar hacia arriba. Sentado en el lodo, supo que el camino recorrido por los astros terminaba, con idéntica gloria, justo debajo de sus manos.

sábado, 16 de mayo de 2026

Negativo en reverso


El fotógrafo callejero planta las tres patas de madera sobre el andén. Ajusta la lente con un giro seco y limpia el vidrio con la manga. Pasa un tipo con camisa de flores. El minutero calcula la distancia y hunde el gatillo. Clic.

Mete la mano en la manga de tela negra del cajón. Tantea a ciegas, pero los dedos tropiezan con algo viscoso y frío que no es el frasco del revelador. Saca el brazo de golpe: un hilo de líquido negro, con olor a lodo de río, le mancha la muñeca.

En el andén, el de la camisa de flores planta el zapato blanco para dar el siguiente paso, pero el pie no baja. Se queda suspendido en el aire. Intenta apoyar el peso, pero el cuerpo se le va hacia adelante, ingrávido, mientras las solapas anchas flotan alrededor de su cuello como alas pesadas.

A pocos metros, el de la camisa geométrica se frena en seco. El estrépito de los buses se apaga. El camión del fondo se detiene y los transeúntes empiezan a caminar hacia atrás, en un reverso perfecto y silencioso. El hombre se mira el pecho: el patrón abstracto de su ropa empieza a desprenderse de la tela, flotando en el aire como piezas de un rompecabezas roto.

El fotógrafo, con el pulso temblando, pega el ojo al visor de la caja. En el vidrio ya no está la calle. Se ve a sí mismo, de espaldas, caminando por esa misma acera hacia un lente que lo espera cincuenta años en el futuro.

martes, 12 de mayo de 2026

Narrar desde la grieta cotidiana



En Cuentos es lo que hay, Guillermo Castillo construye un universo narrativo donde lo cotidiano nunca permanece completamente a salvo. Sus personajes comen, conducen, beben, trabajan, recuerdan, esperan una cita o conversan en una esquina; sin embargo, algo termina desplazando lentamente la realidad hacia una zona incierta. A veces ese desplazamiento adopta la forma del miedo, otras veces la del recuerdo, la culpa, el deseo o la soledad. El libro parece sostener una idea central: la vida común contiene siempre una grieta por donde asoman las obsesiones humanas.

Narrar desde la grieta: aproximación a Cuentos es lo que hay (Fragmento)