NO COPIES, SÉ AUTÉNTICO

viernes, 9 de octubre de 2026

Las sombras

 


En Barragán, las noches no caen... se derraman. Y hay quien dice que algunas calles no terminan donde deberían, sino donde la vista empieza a dudar. Yo no creía en esas cosas hasta aquella semana en la que el pueblo parecía más vacío de lo normal, como si la gente hubiera aprendido a desaparecer sin hacer ruido.

Volvía tarde por una de las cuestas que suben hacia las casas altas. No había música, ni perros, ni ese murmullo leve que siempre queda incluso en el silencio. Solo mis pasos y algo más, justo detrás, manteniendo la misma distancia exacta, como si supiera contar.

La primera vez pensé que era el eco. La segunda, que era el cansancio. La tercera vez me paré. El sonido también se paró. Seguí andando más despacio. Y entonces lo vi: una figura apoyada contra la pared, demasiado quieta para ser alguien que espera, demasiado atenta para ser alguien que no busca nada. No parecía esperar a nadie, y eso fue lo peor.

Había algo en aquella quietud, algo seco, como si llevara demasiado tiempo allí… mirándome antes incluso de verme. Aquello no parecía tener prisa, ni historia. No vi su cara, pero sí la sensación de que me reconocía. Aceleré sin correr, como hacen los que no quieren admitir miedo.

Las calles se fueron estrechando, o quizá era yo el que las estaba perdiendo. Y cada esquina que giraba parecía devolverme al mismo sitio, aunque sabía que no era el mismo. Cuando llegué a la plaza, el aire cambió, y el reloj del ayuntamiento marcó una hora que no recuerdo haber oído antes. Me giré una vez más. Ya no había figura... solo la certeza de que algo había caminado conmigo sin necesidad de tener cuerpo todo el tiempo.

Desde entonces, en Barragán, evito volver solo por ciertas calles cuando la luz se rompe demasiado pronto. Porque aprendí una cosa sencilla: no todo lo que te sigue quiere alcanzarte. Algunas cosas solo quieren que sepas que pueden hacerlo.

sábado, 3 de octubre de 2026

Para dos

 


Murió una noche de lunes, mientras afuera llovía sobre los tejados. Antes de acostarse había puesto la mesa para dos, como hacía desde hacía años. Dos platos, dos vasos, dos servilletas cuidadosamente dobladas. Luego cerró las ventanas y dejó una luz encendida en el recibidor. A la mañana siguiente, el café permaneció intacto y el teléfono no sonó.

Pasaron los días. Nadie llamó. La casa conservó sus rutinas: el reloj siguió dando las horas, una gotera comenzó a llenar lentamente un balde y el polvo fue cubriendo los muebles. Solo la mesa permaneció puesta, como si alguien fuera a llegar en cualquier momento.

Una tarde, alguien llegó hasta la puerta. No llamó de inmediato. Miró la fachada, las ventanas, el jardín vencido por la maleza. Parecía buscar en aquella casa algo que recordaba y, al mismo tiempo, temía encontrar. Finalmente golpeó y esperó. Al no obtener respuesta, volvió a golpear, esta vez con más fuerza. El silencio pareció extenderse hasta la calle. Entonces se acercó a una ventana y limpió con la manga un círculo sobre el vidrio. Dentro, la mesa seguía preparada para dos que nunca se volvieron a encontrar.

sábado, 26 de septiembre de 2026

El hombre de espaldas



Thomas Mann llevaba años escribiendo sobre hombres que huían de algo sin saber exactamente de qué. Una mañana salió a caminar y, al doblar una esquina, vio a un hombre con sombrero que avanzaba delante de él. Lo siguió. El hombre dobló otra esquina. Mann aceleró el paso. Volvió a verlo a lo lejos, siempre de espaldas, siempre con el mismo abrigo, como si el tiempo no consiguiera alcanzarlo.
Cuando finalmente logró acercarse, le tocó el hombro. El hombre se volvió. Era él mismo. Mann quiso preguntarle adónde iba, pero el otro se llevó un dedo a los labios y señaló el camino. Entonces comprendió que no lo estaba siguiendo: lo estaba escribiendo.

viernes, 18 de septiembre de 2026

La forma de la quietud

 



El horizonte había renunciado a sus fronteras. No había viento que rompiera la ilusión ni marea que enturbiara el reflejo: solo una extensión dorada y serena, suspendida en la frontera exacta entre el aire y la memoria del agua.

En el centro del lienzo, una gota desafió la prisa del mundo. Detuvo su caída en el instante previo a la entrega, flotando como un secreto a punto de ser revelado. Abajo, el mar la esperaba convertido en un espejo de cristal líquido, listo para registrar el roce de su llegada.

Cuando el impacto ocurrió, no hubo violencia, sino una expansión limpia de geometría y silencio. Los anillos concéntricos se abrieron paso hacia la nada, dibujando el mapa exacto de ese segundo en que el movimiento se transforma en calma.

lunes, 14 de septiembre de 2026

Fábrica de enemigos



El operario limpiaba la plumilla de metal con el dobladillo de su camisa, puliendo la punta que el barniz y la tinta acumulada solían mellar con prisa. En esa cadena de montaje donde la liquidez del tiempo lo disolvía todo antes del atardecer, fabricar un adversario requería apenas tres trazos: la precisión de una sentencia redactada a destiempo, el brillo efímero de un aplauso en el margen y un tintero que vertía condenas con la misma ligereza con que se olvida un rostro. Nadie duraba demasiado al pie de la imprenta; los que ayer morían de éxito amanecían hoy sepultados bajo la marea del mismo texto. Al final del turno, el hombre guardó su pluma en el bolsillo del pecho, ignorando que en el verso que acababa de firmar ya se perfilaba su propio reemplazo.

domingo, 6 de septiembre de 2026

El nudo de la soga

 



La red estaba seca, un enredo de cáñamo color arena amontonado en la proa. Samuel la miró sin tocarla. Había pasado la mañana revisando los cabos del Siete Mares, la última motonave de madera que quedaba en pie, con el mismo rigor con que un médico examina un pulso casi imperceptible. No lo hacía por trabajo; lo hacía por una necesidad antigua, un ritual que le exigía la madera misma.

A su espalda, el estruendo de la ciudad en crecimiento era una marea constante: el taladro neumático en la nueva avenida, el claxon de los taxis, las voces de la gente que se amontonaba en las aceras recién pavimentadas. Nadie miraba hacia la orilla. El mar Caribe, esa extensión de agua que alguna vez había sido la arteria vital de Vaivén del Mar, era ahora un telón de fondo ignorado, una frontera que se esquivaba.

Un hombre joven, con una camisa de hilo impecable y zapatos relucientes, se acercó. No traía salitre en la piel, sino olor a loción y a oficina.

—Buenas tardes, Santiago —dijo el hombre, deteniéndose a unos metros de la orilla, cuidando de no ensuciarse—. Traigo el documento final. El alcalde ya firmó la orden.

Santiago no respondió. Sus dedos estaban ocupados con un nudo en un cabo de amarre. Era un nudo de marinero, un lazo que requería firmeza y paciencia. Sus manos, curtidas, callosas y manchadas de alquitrán, trabajaban la soga con una memoria propia, una memoria que no necesitaba palabras.

El joven extendió un papel doblado.

—Necesitamos que la firma esté antes del cierre. El Siete Mares está ocupando un espacio que se requiere para la expansión del malecón peatonal. Ya no es navegable, Santiago. La capitanía no renovará el permiso. Es solo... un obstáculo.

Santiago detuvo el movimiento de sus manos. El nudo estaba casi terminado. Miró hacia el horizonte. El mar estaba calmado, una lámina de azul profundo que se extendía hasta donde alcanzaba la vista. Recordó los días en que el Azul y el Adagio anclaban allí, sus cubiertas llenas de mercancías y de historias. Recordó la red de confianza que unía a Vaivén del Mar con las Antillas, un tejido invisible de lealtades y compromisos.

Volvió a mirar al joven. No vio en sus ojos la comprensión del capital relacional que se había perdido, de la vocación marítima que se estaba asfixiando. Vio solo números, metros cuadrados y planes de urbanismo. El joven no sabía lo que era fío, quién compraba por la palabra dada o qué puerto era seguro. Él solo conocía las redes de asfalto y el control de la tierra firme.

Santiago deslizó el último cabo, apretando el nudo con un tirón final. Era un nudo de marinero, un lazo que no se soltaba fácilmente, un lazo que resistía la tensión del viento y la marea.

Extendió la mano para tomar el papel. Su mano, callosa y sucia, rozó los dedos limpios del joven. Con la otra, buscó la pluma en su bolsillo. No leyó el documento. Simplemente firmó en la línea punteada, con una letra clara y firme.

El joven sonrió, aliviado.

—Gracias, Santiago. Se hará de la manera más rápida posible. La ciudad tiene que crecer.

Santiago no dijo nada. Se dio la vuelta y se adentró en la proa del Siete Mares. Tomó la red seca y empezó a desatar el enredo. No lo hacía por trabajo, sino por necesidad antigua, un ritual que le exigía el mar Caribe, una marea que se estaba llevando los últimos remaches de una idea del mundo. El nudo de la soga, apretado y firme, era el último lazo que lo unía a una ciudad que había perdido su imaginación de estar conectada con el mundo.

sábado, 29 de agosto de 2026

La clase de escritura



Terminé convencida de lo normal de la doble relación de mi mamá. Y así se lo conté un día a mi papá, como lo más natural del mundo, tal y como me dijo que escribiera el licenciado Castle en la clase de producción textual; pero como que no le gustó mucho, porque ese fue el día que se marchó de la casa, y sin decirle a ella de lo que hablamos de mi novio.