NO COPIES, SÉ AUTÉNTICO
sábado, 26 de septiembre de 2026
El hombre de espaldas
viernes, 18 de septiembre de 2026
La forma de la quietud
El horizonte había renunciado a sus fronteras. No
había viento que rompiera la ilusión ni marea que enturbiara el reflejo: solo
una extensión dorada y serena, suspendida en la frontera exacta entre el aire y
la memoria del agua.
En el centro del lienzo, una gota desafió la
prisa del mundo. Detuvo su caída en el instante previo a la entrega, flotando
como un secreto a punto de ser revelado. Abajo, el mar la esperaba convertido
en un espejo de cristal líquido, listo para registrar el roce de su llegada.
Cuando el impacto ocurrió, no hubo violencia, sino una expansión limpia de geometría y silencio. Los anillos concéntricos se abrieron paso hacia la nada, dibujando el mapa exacto de ese segundo en que el movimiento se transforma en calma.
lunes, 14 de septiembre de 2026
Fábrica de enemigos
El operario limpiaba la plumilla de metal con el dobladillo de su camisa, puliendo la punta que el barniz y la tinta acumulada solían mellar con prisa. En esa cadena de montaje donde la liquidez del tiempo lo disolvía todo antes del atardecer, fabricar un adversario requería apenas tres trazos: la precisión de una sentencia redactada a destiempo, el brillo efímero de un aplauso en el margen y un tintero que vertía condenas con la misma ligereza con que se olvida un rostro. Nadie duraba demasiado al pie de la imprenta; los que ayer morían de éxito amanecían hoy sepultados bajo la marea del mismo texto. Al final del turno, el hombre guardó su pluma en el bolsillo del pecho, ignorando que en el verso que acababa de firmar ya se perfilaba su propio reemplazo.
domingo, 6 de septiembre de 2026
El nudo de la soga
La red estaba seca, un
enredo de cáñamo color arena amontonado en la proa. Samuel la miró sin tocarla.
Había pasado la mañana revisando los cabos del Siete Mares, la última motonave de madera que quedaba en pie, con
el mismo rigor con que un médico examina un pulso casi imperceptible. No lo
hacía por trabajo; lo hacía por una necesidad antigua, un ritual que le exigía
la madera misma.
A su espalda, el estruendo
de la ciudad en crecimiento era una marea constante: el taladro neumático en la
nueva avenida, el claxon de los taxis, las voces de la gente que se amontonaba
en las aceras recién pavimentadas. Nadie miraba hacia la orilla. El mar Caribe,
esa extensión de agua que alguna vez había sido la arteria vital de Vaivén del
Mar, era ahora un telón de fondo ignorado, una frontera que se esquivaba.
Un hombre joven, con una
camisa de hilo impecable y zapatos relucientes, se acercó. No traía salitre en
la piel, sino olor a loción y a oficina.
—Buenas tardes, Santiago
—dijo el hombre, deteniéndose a unos metros de la orilla, cuidando de no
ensuciarse—. Traigo el documento final. El alcalde ya firmó la orden.
Santiago no respondió. Sus
dedos estaban ocupados con un nudo en un cabo de amarre. Era un nudo de
marinero, un lazo que requería firmeza y paciencia. Sus manos, curtidas,
callosas y manchadas de alquitrán, trabajaban la soga con una memoria propia,
una memoria que no necesitaba palabras.
El joven extendió un papel
doblado.
—Necesitamos que la firma
esté antes del cierre. El Siete Mares
está ocupando un espacio que se requiere para la expansión del malecón
peatonal. Ya no es navegable, Santiago. La capitanía no renovará el permiso. Es
solo... un obstáculo.
Santiago detuvo el
movimiento de sus manos. El nudo estaba casi terminado. Miró hacia el
horizonte. El mar estaba calmado, una lámina de azul profundo que se extendía
hasta donde alcanzaba la vista. Recordó los días en que el Azul y el Adagio anclaban allí, sus cubiertas llenas
de mercancías y de historias. Recordó la red de confianza que unía a Vaivén del
Mar con las Antillas, un tejido invisible de lealtades y compromisos.
Volvió a mirar al joven. No
vio en sus ojos la comprensión del capital relacional que se había perdido, de
la vocación marítima que se estaba asfixiando. Vio solo números, metros
cuadrados y planes de urbanismo. El joven no sabía lo que era fío, quién
compraba por la palabra dada o qué puerto era seguro. Él solo conocía las redes
de asfalto y el control de la tierra firme.
Santiago deslizó el último
cabo, apretando el nudo con un tirón final. Era un nudo de marinero, un lazo
que no se soltaba fácilmente, un lazo que resistía la tensión del viento y la
marea.
Extendió la mano para tomar
el papel. Su mano, callosa y sucia, rozó los dedos limpios del joven. Con la
otra, buscó la pluma en su bolsillo. No leyó el documento. Simplemente firmó en
la línea punteada, con una letra clara y firme.
El joven sonrió, aliviado.
—Gracias, Santiago. Se hará
de la manera más rápida posible. La ciudad tiene que crecer.
Santiago no dijo nada. Se
dio la vuelta y se adentró en la proa del Siete Mares. Tomó la red seca y
empezó a desatar el enredo. No lo hacía por trabajo, sino por necesidad
antigua, un ritual que le exigía el mar Caribe, una marea que se estaba
llevando los últimos remaches de una idea del mundo. El nudo de la soga,
apretado y firme, era el último lazo que lo unía a una ciudad que había perdido
su imaginación de estar conectada con el mundo.
sábado, 29 de agosto de 2026
La clase de escritura
Terminé convencida de lo normal de la doble relación de mi mamá. Y así se lo conté un día a mi papá, como lo más natural del mundo, tal y como me dijo que escribiera el licenciado Castle en la clase de producción textual; pero como que no le gustó mucho, porque ese fue el día que se marchó de la casa, y sin decirle a ella de lo que hablamos de mi novio.
miércoles, 26 de agosto de 2026
Contra la sombra
Maldito glaucoma, ¿Quién te dio permiso para instalarte en mis ojos como un huésped que nadie invitó? Llegaste sin anunciarte, sin tocar la puerta, sin siquiera la cortesía de presentarte. Y ahí te quedaste, haciendo de las tuyas, estrechando caminos, apagando luces, convencido de que mis ojos eran territorio abandonado.
sábado, 15 de agosto de 2026
El agua sigue avanzando
El agua ya había llegado al borde del
mantel cuando Juli levantó la cabeza. El vaso empieza a inclinarse.
Nadie alcanza a detenerlo. El agua corre sobre la mesa, rodea el plato, moja la canastilla del
pan, llega hasta el borde del mantel. Juli se queda inmóvil. No intenta recoger
el vaso. No limpia el agua. Levanta la cabeza y busca el rostro de mamá.
Durante
unos segundos, ninguna respira. El agua sigue avanzando con paso parsimonioso.
Mamá también la mira. Después se levanta, toma un trapo, seca la mesa y cambia
el vaso de lugar.
—No
pasa nada —dice.
Juli
baja la mirada. Entonces mamá se sienta otra vez y, mientras exprime el trapo
sobre el fregadero, pregunta:
—¿Hace
cuánto sabes que tu papá no va a volver?
Juli
mira el agua que todavía tiembla entre las vetas de la madera.
—Desde
antes de que se fuera.
El
silencio ocupa la mesa. Mamá deja caer el trapo. Ahora es ella quien no sabe
qué hacer.




