El horizonte había renunciado a sus fronteras. No
había viento que rompiera la ilusión ni marea que enturbiara el reflejo: solo
una extensión dorada y serena, suspendida en la frontera exacta entre el aire y
la memoria del agua.
En el centro del lienzo, una gota desafió la
prisa del mundo. Detuvo su caída en el instante previo a la entrega, flotando
como un secreto a punto de ser revelado. Abajo, el mar la esperaba convertido
en un espejo de cristal líquido, listo para registrar el roce de su llegada.
Cuando el impacto ocurrió, no hubo violencia, sino una expansión limpia de geometría y silencio. Los anillos concéntricos se abrieron paso hacia la nada, dibujando el mapa exacto de ese segundo en que el movimiento se transforma en calma.

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