El paso en la bodega estaba bloqueado por dos tipos bebiendo sobre cajas de cerveza. Don Raúl pidió permiso; por toda respuesta, recibió un gruñido y, al subir hacia la Gerencia, el golpe seco de una papa podrida contra su bota. Escuchó las risas a sus espaldas, pero continuó el ascenso en silencio.
Arriba, la dueña lo recibió con una sonrisa cálida y anillos de oro en cada dedo.
—¡Traigan cinco cervezas bien frías! ¡Y que sea rápido! —ordenó desde la puerta, para luego volver al escritorio, cruzar la pierna y repasar las cuentas con coqueta lentitud.
Un hombre subió sofocado con la media canasta. La sonrisa servil se le congeló en los labios al cruzarse con la mirada de Don Raúl.
—Le presento a mi esposo —dijo la mujer.
El tipo palideció y estiró una mano temblorosa. Don Raúl no la estrechó: tomó una botella, la destapó con parsimonia y se la vació completa en la cabeza. Sin perder el aire afable, recogió los cheques y el fajo de billetes del escritorio.
—Fue un placer negociar con usted, señora —dijo al salir, dejando a la mujer atónita y al marido goteando espuma sobre la fórmica.

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