NO COPIES, SÉ AUTÉNTICO

domingo, 19 de julio de 2026

El visitante

 


Durante cuarenta años escribió novelas sin descanso. En todas había un hombre que llegaba cuando todo parecía perdido. No era el protagonista, ni el villano, ni el sabio. Simplemente aparecía, observaba un instante y encontraba el gesto exacto para cambiar el rumbo de la historia. Le puso un nombre.

Los lectores lo recordaban poco. Algunos ni siquiera reparaban en él. Sin embargo, el escritor jamás iniciaba una novela sin preguntarse en qué momento entraría el personaje por una puerta, cruzaría una plaza o encendería un cigarrillo antes de pronunciar una frase que nadie olvidaría. Con los años dejó de inventarlo. Solo esperaba. Se sentaba frente a la máquina de escribir, colocaba una hoja en blanco y aguardaba hasta que decidiera aparecer. Entonces escribía.

Cuando el médico le prohibió seguir trabajando, escondió una libreta bajo la almohada. Las noches eran largas. El reloj del hospital avanzaba con una paciencia insoportable. Entre una inyección y otra, movía apenas la mano para anotar una palabra. Una madrugada abrió los ojos.

—¿Llegó?

La enfermera creyó que hablaba de un hijo.

—No ha venido nadie.

Él sonrió con cansancio.

—Siempre llega tarde.

Los días comenzaron a mezclarse. El techo del cuarto se confundía con el cielo de una de sus novelas. El olor del desinfectante se transformó en el del Jazmín de la India que había descrito cientos de veces. Los pasos de los médicos sonaban igual que los cascos de un caballo alejándose por un camino de tierra.

Al anochecer pidió que dejaran la puerta entreabierta. Nadie entendió por qué. Hacia la medianoche el pasillo quedó en silencio. Entonces se oyó un golpe suave. La puerta terminó de abrirse.

Un hombre de abrigo gris entró sin hacer ruido. Dejó el sombrero sobre la silla y observó al anciano con una mezcla de afecto y resignación.

—Te demoraste —murmuró el escritor.

—Esta vez me costó encontrarte.

El anciano soltó una risa breve.

—Pensé que habías muerto conmigo.

El hombre negó despacio.

—Mientras alguien abra uno de tus libros, seguiré llegando. El escritor cerró los ojos. La respiración se volvió ligera.

Cuando la enfermera entró unos minutos después, encontró la habitación vacía de visitas. Solo había una libreta abierta sobre la cama. En la última página, con una letra insegura, se leía una única frase:

«Ahora le toca a él contar mi historia.»

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