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sábado, 20 de junio de 2026

La fila después de la fila

 



Cuando completó el último requisito, Efraín celebró en silencio. No hubo fiesta ni brindis. Simplemente tomó un lápiz rojo y trazó una línea sobre la última casilla de un cuaderno donde llevaba cuarenta años anotando fechas importantes. Había cumplido la edad. Había cumplido las semanas. Había cumplido. Aquella noche durmió con una tranquilidad desconocida. Por primera vez en décadas no tuvo que calcular cuánto faltaba para llegar al final. Al despertar, sin embargo, encontró una carta bajo la puerta.

«Debe esperar.»

Pensó que se trataba de un error. Fue a la oficina correspondiente. Allí descubrió una fila tan larga que se perdía detrás de las montañas.

—¿Esta es la fila para la pensión? —preguntó.

—No —respondió una mujer de cabello blanco—. Esa fila ya terminó.

—Entonces, ¿qué esperamos aquí?

La mujer levantó los hombros.

—Que reconozcan que terminamos la fila anterior.

Efraín observó a los presentes. Había obreros, enfermeras, conductores, secretarias y maestros. Todos tenían la misma expresión de cansancio. Todos cargaban carpetas. Todos aseguraban haber llegado al final de algo. Los días pasaron. Después los meses. Luego los años.

La fila avanzaba tan poco que algunos envejecían antes de alcanzar la siguiente ventanilla. Un hombre llegó caminando con bastón y, mientras esperaba, necesitó una silla de ruedas. Cuando finalmente fue llamado, sus hijos acudieron a escuchar la respuesta porque él ya no podía levantarse. A veces aparecían funcionarios que entregaban nuevos formularios. La fila celebraba. Aquello significaba movimiento. Sin embargo, cada formulario daba origen a otra fila más pequeña que desembocaba nuevamente en la principal.

Efraín empezó a sospechar que el sistema entero estaba construido por personas que jamás habían hecho una fila. Una tarde observó algo extraño. Los viejos que desaparecían de la fila no regresaban a sus casas. Tampoco llegaban a las ventanillas. Simplemente se desvanecían. Como si el tiempo los borrara. Alarmado, preguntó a un anciano que esperaba delante de él.

—¿Qué ocurre con quienes desaparecen?

El hombre señaló el cielo. Entonces Efraín vio algo que nadie parecía notar. Muy arriba flotaban miles de relojes. Relojes de bolsillo. Relojes de pared. Relojes de pulsera. Todos detenidos. Cada vez que alguien desaparecía, uno de aquellos relojes se encendía y comenzaba a girar lentamente entre las nubes.

—¿Qué significa eso? —preguntó.

—Es el tiempo que les debían —contestó el anciano—. Cuando ya no pueden entregárselo a la persona, lo devuelven al aire.

Efraín levantó la vista. Miles de años giraban sobre el mundo. Madrugadas no vividas. Viajes aplazados. Libros sin leer. Nietos que crecieron durante la espera. Siestas prometidas. Conversaciones pendientes. Todo flotando sobre las ciudades como una segunda atmósfera. Aquella noche abandonó la fila. Los demás intentaron detenerlo.

—¿Y la pensión?

Efraín sonrió. Por primera vez en mucho tiempo parecía tranquilo.

—La seguirán peleando los abogados.

—¿Y usted?

Efraín observó los relojes suspendidos.

—Yo voy a recuperar por mi cuenta el tiempo que todavía no me han quitado.

Y se alejó caminando. A su espalda, la fila continuó creciendo. Al frente, en cambio, lo esperaba una mañana que no tenía formularios, sellos ni ventanillas. Una mañana común. Que era precisamente lo que había estado esperando durante cuarenta años.

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