Cuando completó el último
requisito, Efraín celebró en silencio. No hubo fiesta ni brindis. Simplemente
tomó un lápiz rojo y trazó una línea sobre la última casilla de un cuaderno
donde llevaba cuarenta años anotando fechas importantes. Había cumplido la
edad. Había cumplido las semanas. Había cumplido. Aquella noche durmió con una
tranquilidad desconocida. Por primera vez en décadas no tuvo que calcular
cuánto faltaba para llegar al final. Al despertar, sin embargo, encontró una
carta bajo la puerta.
«Debe
esperar.»
Pensó que se trataba de un
error. Fue a la oficina correspondiente. Allí descubrió una fila tan larga que
se perdía detrás de las montañas.
—¿Esta es la fila para la
pensión? —preguntó.
—No —respondió una mujer de
cabello blanco—. Esa fila ya terminó.
—Entonces, ¿qué esperamos
aquí?
La mujer levantó los hombros.
—Que reconozcan que
terminamos la fila anterior.
Efraín observó a los
presentes. Había obreros, enfermeras, conductores, secretarias y maestros. Todos
tenían la misma expresión de cansancio. Todos cargaban carpetas. Todos
aseguraban haber llegado al final de algo. Los días pasaron. Después los meses.
Luego los años.
La fila avanzaba tan poco que
algunos envejecían antes de alcanzar la siguiente ventanilla. Un hombre llegó
caminando con bastón y, mientras esperaba, necesitó una silla de ruedas. Cuando
finalmente fue llamado, sus hijos acudieron a escuchar la respuesta porque él
ya no podía levantarse. A veces aparecían funcionarios que entregaban nuevos
formularios. La fila celebraba. Aquello significaba movimiento. Sin embargo,
cada formulario daba origen a otra fila más pequeña que desembocaba nuevamente
en la principal.
Efraín empezó a sospechar que
el sistema entero estaba construido por personas que jamás habían hecho una
fila. Una tarde observó algo extraño. Los viejos que desaparecían de la fila no
regresaban a sus casas. Tampoco llegaban a las ventanillas. Simplemente se
desvanecían. Como si el tiempo los borrara. Alarmado, preguntó a un anciano que
esperaba delante de él.
—¿Qué ocurre con quienes
desaparecen?
El hombre señaló el cielo. Entonces
Efraín vio algo que nadie parecía notar. Muy arriba flotaban miles de relojes. Relojes
de bolsillo. Relojes de pared. Relojes de pulsera. Todos detenidos. Cada vez
que alguien desaparecía, uno de aquellos relojes se encendía y comenzaba a
girar lentamente entre las nubes.
—¿Qué significa eso?
—preguntó.
—Es el tiempo que les debían
—contestó el anciano—. Cuando ya no pueden entregárselo a la persona, lo
devuelven al aire.
Efraín levantó la vista. Miles
de años giraban sobre el mundo. Madrugadas no vividas. Viajes aplazados. Libros
sin leer. Nietos que crecieron durante la espera. Siestas prometidas. Conversaciones
pendientes. Todo flotando sobre las ciudades como una segunda atmósfera. Aquella
noche abandonó la fila. Los demás intentaron detenerlo.
—¿Y la pensión?
Efraín sonrió. Por primera
vez en mucho tiempo parecía tranquilo.
—La seguirán peleando los
abogados.
—¿Y usted?
Efraín observó los relojes
suspendidos.
—Yo voy a recuperar por mi
cuenta el tiempo que todavía no me han quitado.
Y se alejó caminando. A su espalda, la fila continuó creciendo. Al frente, en cambio, lo esperaba una mañana que no tenía formularios, sellos ni ventanillas. Una mañana común. Que era precisamente lo que había estado esperando durante cuarenta años.

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