NO COPIES, SÉ AUTÉNTICO

jueves, 21 de mayo de 2026

El peso de los astros



Hiparco pasó la mitad de su vida calibrando telescopios, buscando en la infinitud del cielo nocturno una respuesta que justificara su tremenda pequeñez. Decía que mirar el firmamento era una forma de cartografiar el olvido. Anotaba órbitas, medía el brillo agonizante de supernovas extintas hacía milenios y se obsesionaba con el vacío insondable que separaba un destello de otro. Para él, la belleza solo existía en lo inalcanzable.

La ceguera llegó sin dramatismo, como un crepúsculo lento que terminó por borrar los anillos de Saturno y las nubes de Magallanes. Con el universo cancelado tras sus párpados, Hiparco se recluyó en el patio trasero de su casa, convencido de que su existencia carecía de coordenadas.

Fue un martes de otoño cuando el orden de sus cosmos particulares cambió. Al tropezar cerca del pozo, cayó de manos sobre la tierra húmeda. Presionó las palmas contra el suelo para incorporarse, pero se detuvo. Entre sus dedos abiertos se erguía una pequeña comunidad de briznas de hierba.

 Al principio solo sintió el frío del rocío. Luego, al deslizar las yemas con la delicadeza de quien limpia una lente óptica, percibió la arquitectura de una sola hoja: las nervaduras perfectas que distribuían la savia, la curvatura exacta que desafiaba a la gravedad, la persistencia ciega de la clorofila abriéndose paso hacia una luz que él ya no podía ver.

Cerró los ojos con más fuerza, conteniendo el aliento. En la simetría de esa minúscula estructura vegetal descifró la misma geometría sagrada que gobierna el giro de las galaxias. La brizna no imitaba al universo; lo contenía. Aquella materia verde y callada realizaba el mismo esfuerzo monumental para existir que la estrella más colosal del firmamento.

Hiparco sonrió en la oscuridad. Ya no necesitaba mirar hacia arriba. Sentado en el lodo, supo que el camino recorrido por los astros terminaba, con idéntica gloria, justo debajo de sus manos.

sábado, 16 de mayo de 2026

Negativo en reverso


El fotógrafo callejero planta las tres patas de madera sobre el andén. Ajusta la lente con un giro seco y limpia el vidrio con la manga. Pasa un tipo con camisa de flores. El minutero calcula la distancia y hunde el gatillo. Clic.

Mete la mano en la manga de tela negra del cajón. Tantea a ciegas, pero los dedos tropiezan con algo viscoso y frío que no es el frasco del revelador. Saca el brazo de golpe: un hilo de líquido negro, con olor a lodo de río, le mancha la muñeca.

En el andén, el de la camisa de flores planta el zapato blanco para dar el siguiente paso, pero el pie no baja. Se queda suspendido en el aire. Intenta apoyar el peso, pero el cuerpo se le va hacia adelante, ingrávido, mientras las solapas anchas flotan alrededor de su cuello como alas pesadas.

A pocos metros, el de la camisa geométrica se frena en seco. El estrépito de los buses se apaga. El camión del fondo se detiene y los transeúntes empiezan a caminar hacia atrás, en un reverso perfecto y silencioso. El hombre se mira el pecho: el patrón abstracto de su ropa empieza a desprenderse de la tela, flotando en el aire como piezas de un rompecabezas roto.

El fotógrafo, con el pulso temblando, pega el ojo al visor de la caja. En el vidrio ya no está la calle. Se ve a sí mismo, de espaldas, caminando por esa misma acera hacia un lente que lo espera cincuenta años en el futuro.

martes, 12 de mayo de 2026

Narrar desde la grieta cotidiana



En Cuentos es lo que hay, Guillermo Castillo construye un universo narrativo donde lo cotidiano nunca permanece completamente a salvo. Sus personajes comen, conducen, beben, trabajan, recuerdan, esperan una cita o conversan en una esquina; sin embargo, algo termina desplazando lentamente la realidad hacia una zona incierta. A veces ese desplazamiento adopta la forma del miedo, otras veces la del recuerdo, la culpa, el deseo o la soledad. El libro parece sostener una idea central: la vida común contiene siempre una grieta por donde asoman las obsesiones humanas.

Narrar desde la grieta: aproximación a Cuentos es lo que hay (Fragmento)


viernes, 8 de mayo de 2026

La anatomía del miedo

 


La sala de espera olía a antiséptico, desinfectante y cansancio. Sobre las baldosas rojizas se deslizaban sombras de piernas, muletas y zapatos húmedos. Nadie permanecía completamente quieto allí, pero el hombre alto convertía su inquietud en un espectáculo involuntario. Iba y venía frente a las bancas metálicas. Por momentos se sentaba apenas unos segundos; enseguida volvía a levantarse como si el cuerpo le rechazara la quietud. Medía casi dos metros y, bajo la camiseta sin mangas, los tatuajes le cubrían los brazos con figuras negras y ondulantes. Desde lejos parecía que un pulpo enorme hubiera trepado sobre él.

Los tentáculos nacían cerca de los hombros, descendían en espirales por los bíceps y continuaban más abajo, prolongándose hacia las piernas semi descubiertas por un pantalón corto. Las líneas oscuras daban la impresión de moverse cada vez que caminaba. Cuando flexionaba los músculos, los tentáculos parecían contraerse. Cuando abría las manos, parecía que la criatura extendía sus ventosas invisibles sobre la sala entera. Una niña escondió el rostro en el regazo de su madre. Un anciano dejó de leer para seguirlo con la mirada. Y, sin embargo, pese a aquella apariencia de monstruo marino escapado de una pesadilla, el hombre estaba aterrado.

Miraba constantemente la puerta blanca donde un letrero decía: “Consultorio de curaciones”. Cada vez que alguien salía con gasas o vendas, él tragaba saliva. Se pasaba la lengua por los labios resecos. Sus dedos —grandes, tatuados hasta los nudillos— temblaban ligeramente. De pronto apareció la auxiliar de enfermería. Pequeña, delgada, casi frágil frente a aquella mole cubierta de tinta.

—Señor Teobaldo Aníbal Rodríguez… sigue usted.

El hombre quedó inmóvil. Por un instante los tentáculos tatuados parecieron tensarse sobre la piel de sus brazos. Dio un paso hacia adelante. Luego otro. El brillo del sudor le cruzó la frente. Entonces ocurrió. Los ojos se le vaciaron de golpe. El gigante osciló como un árbol enfermo. Intentó sostenerse de la banca, pero sus manos resbalaron. Cayó pesadamente sobre las baldosas mientras los tentáculos negros de los tatuajes parecían desparramarse por todo el cuerpo, como si el pulpo hubiera abandonado finalmente el mar para morir sobre tierra firme. La niña gritó. La auxiliar corrió hacia él.

—¡Traigan una camilla!

Entre varias personas intentaron moverlo. El hombre respiraba, aunque tenía el rostro descompuesto por un miedo casi vergonzoso. Minutos después abrió los ojos lentamente.

—¿Ya pasó? —preguntó con voz débil. La auxiliar sonrió.

—Todavía no le hemos hecho nada.

Y en aquel instante, mientras el gigante tatuado cerraba los ojos otra vez con resignación, toda la sala comprendió que incluso los hombres que parecen criaturas del abismo pueden desmoronarse ante una simple gasa humedecida con alcohol isopropílico.

 

viernes, 1 de mayo de 2026

El veredicto del cartón



Tras leer el informe de la Universidad de Colorado, Aurelio no vio un rollo de papel, sino un nido de seis mil francotiradores microscópicos. Con pulso de cirujano, giró el borde hacia afuera para que la cascada de celulosa cayera libre de la pared infecta. Como toque final de ahorro y seguridad, aplastó el cilindro hasta convertirlo en un óvalo rígido que se negaba a girar.

Orgulloso de su victoria sobre los estafilococos, tiró con fuerza para obtener su merecido cuadrado higiénico. Pero el papel, frenado por el aplastamiento que él mismo había diseñado, no rodó. El soporte cedió, el portarrollos se desprendió de la pared y Aurelio, en su afán por evitar la bacteria, terminó en urgencias con el cráneo fracturado por el impacto del mármol. Al final, no fue la Escherichia coli la que acabó con él, sino la impecable geometría de su propia paranoia.

jueves, 23 de abril de 2026

Bajo la lámpara de los hombres graves

 


—Le dije que no iba a venir solo —murmuró el hombre calvo, inclinándose sobre la mesa.

El joven alzó la vista, tenso.

—Yo cumplí. Traje el dinero. Ahora díganme dónde está mi hermano.

El anciano de la derecha dio una larga calada al cigarrillo.

—La juventud siempre confunde pagar con mandar.

—No jueguen conmigo —replicó el muchacho, apretando los puños—. Ya hicieron bastante.

El hombre de espaldas acomodó lentamente los billetes sobre el mantel.

—Falta una parte.

—¡Ahí está todo!

—No —dijo el calvo, casi en un susurro—. Falta lo más caro: su silencio.

El joven tragó saliva.

—¿Qué quieren que haga?

El anciano sonrió sin alegría.

—Nada heroico. Mañana dirá que nunca nos vio, que esta noche estuvo en casa y que su hermano se marchó por voluntad propia.

—Eso es mentira.

—La verdad —intervino el de espaldas— vale menos que esos billetes.

Hubo un silencio pesado. La lámpara zumbó sobre sus cabezas.

—Si me niego... —preguntó el joven.

El hombre calvo se enderezó despacio.

—Entonces el próximo asiento vacío en esta mesa será el suyo.

sábado, 18 de abril de 2026

Detenida

 


Quedé atrapada antes de doblar la esquina. La fila de carros no avanzaba y al principio pensé que se trataba del semáforo o de un choque menor. Luego escuché los gritos. No eran gritos de pelea, sino voces reunidas en una sola exigencia. Apagué la radio.

Delante de mí la calle estaba tomada por trabajadores con pancartas, banderas y chalecos de sindicato. Algunos levantaban carteles escritos a mano; otros repetían consignas con una disciplina que me sorprendió. Leí frases sobre salarios, despidos, derechos incumplidos. Yo había visto esas palabras en titulares o en informes, pero nunca tan cerca, dichas por personas de carne y cansancio.

No podía avanzar. La multitud llenaba toda la vía. Debí impacientarme. Tenía prisa, una reunión pendiente, llamadas sin responder. Sin embargo, me quedé mirando. Había algo en aquella energía colectiva que desarmaba mis horarios. Observé los rostros sudados, la rabia organizada, la convicción con que algunos sostenían una tela vieja como si sostuvieran el mundo. Entonces lo vi.

Estaba en la acera, quieto, mirando más que gritando. No parecía uno de ellos ni alguien ajeno del todo. Tenía una expresión extraña: como si reconociera en aquella protesta algo antiguo y personal. Nuestros ojos se encontraron. Sentí el impulso absurdo de decirle algo, cualquier cosa, como si ya lo conociera. Creo que murmuré: “No mire desde afuera”. No sé si me oyó.

Se abrió un espacio entre la gente. Arranqué. Mientras me alejaba, el ruido de la protesta siguió conmigo varias cuadras, pegado a los vidrios, entrando por las rendijas del carro. Llegué tarde a la reunión. Cuando me preguntaron por la demora, respondí con la primera excusa que encontré. No dije que, por unos minutos, había visto una ciudad que no sale en los mapas.

viernes, 10 de abril de 2026

Cuando nadie nos mira

En el blog https://campivampi.blogspot.com/ nos proponen escribir sobre "Lo que sentimos cuando nadie nos mira...". He aquí nuestra propuesta:




Cuando nadie nos mira, dejamos de actuar. Apenas se cierra la puerta, mi espalda se curva, mi sonrisa se desprende y cae —invisible— al suelo. Camino distinto, respiro distinto. Soy otro, o tal vez el mismo sin ensayo.

Hoy me quedé quieto, probando ese silencio. Y entonces lo sentí: alguien dentro de mí aprovechó la ausencia de testigos para salir. No hizo nada extraordinario. Solo se sentó a existir. Y me dio miedo interrumpirlo.

viernes, 3 de abril de 2026

Domingo


El hombre cargó su cruz por calles vacías; nadie miraba. Al caer, comprendió: no era redención, sino costumbre. Entonces dejó la cruz y volvió a ser invisible otra vez.

sábado, 28 de marzo de 2026

El obsequio de la virtud

 


Felipe Ossa dejó el sobre con los cien mil pesos sobre el escritorio del inspector de policía. El agente lo miró con una mezcla de bostezo y una chispa de severidad. —Otra vez usted, señor… Es el cuarto hallazgo este mes. Va para una marca de santidad.

—Es que uno es pobre, inspector, pero no ladrón —respondió Felipe con el guion bien ensayado.

Le dieron su respectivo vale de comida y el diploma de «Buen Ciudadano». Al salir, Felipe Ossa caminó por la carrera 9 Bis donde lo esperaba un auto de vidrios polarizados. La ventanilla bajó apenas unos centímetros.

—¿Lo has entregado todo? —preguntó una voz de seda. —Hasta el último peso, don Valentín. La policía ya hizo el acta de hallazgo y mi declaración de «buen samaritano».

El hombre del coche le tendió un billete de cincuenta. —Buen trabajo. No hay mejor forma de blanquear dinero que hacerlo pasar por las manos de un muerto de hambre honesto. La policía jamás investiga el origen de lo que un pobre devuelve por «mera conciencia».

sábado, 21 de marzo de 2026

Quien escribe desde la sombra

 


El hombre llevaba horas frente al computador. La pantalla seguía blanca. Primero probó con disciplina: espalda recta, manos sobre el teclado, la voluntad como un martillo. Nada.
Luego intentó con paciencia: cruzó los brazos, miró el techo, dejó que el silencio trabajara por él. Tampoco.

Encendió un cigarrillo imaginario —porque había dejado de fumar hacía años— y estiró los brazos hacia el teclado como quien empuja una puerta cerrada. Las palabras no salieron. Entonces comenzó el ruido. No afuera: dentro. Un zumbido espeso de pensamientos, recuerdos, frases a medio hacer. Pronto el ruido se volvió una maraña negra que parecía crecerle dentro del cráneo. El hombre se tomó la cabeza con las manos.

—No puede ser tan difícil —murmuró.

La maraña creció, pesada, oscura, como una nube cargada de tormenta. El hombre bajó la cabeza sobre el escritorio, vencido. Y fue entonces cuando alguien lo abrazó. Al principio creyó que era un recuerdo. Un calor suave rodeándole los hombros. Un perfume antiguo, apenas dulce. Levantó un poco la cabeza, confundido. No vio a nadie. Pero los brazos seguían allí.

Eran tibios, protectores. Como si alguien lo sostuviera desde otro lado del aire. El hombre cerró los ojos y dejó que el abrazo lo envolviera. Cuando volvió a sentarse derecho, la maraña negra había desaparecido. Una figura traslúcida —rosada, delicada— se inclinó junto a su oído. No hablaba: respiraba palabras. Y él comenzó a escribir.

Las frases fluían rápidas, ligeras. Historias completas nacían en su mente antes de tocar el teclado. El hombre sonreía, casi agradecido, mientras la figura le susurraba ideas. Durante horas escribieron juntos. Cuando terminó el relato, el hombre suspiró satisfecho. La figura se apartó un poco y lo miró con ternura.

—Gracias —dijo él al aire.

Ella sonrió. Luego miró el texto en la pantalla. Lo leyó lentamente. Cuando llegó al final, su expresión cambió. Una sombra leve cruzó su rostro transparente. Porque el cuento que el hombre acababa de escribir llevaba por título:

«La mujer que murió esperando que alguien contara su historia.»

Y en la última línea se leía: «Nadie la escuchó jamás.»

La figura suspiró con tristeza. Después volvió a inclinarse sobre el hombre. Y siguió dictándole.

miércoles, 11 de marzo de 2026

Expediente 17

 


El primer científico murió en su laboratorio una madrugada de octubre. El informe forense habló de un infarto súbito. Nada fuera de lugar: una taza de café frío, una lámpara encendida, una ecuación a medio escribir.

Tres meses después apareció muerto un astrofísico en un hotel durante un congreso internacional. Estaba sentado en la cama, con una libreta sobre las piernas. El dictamen fue idéntico: paro cardíaco.

Luego murió una bióloga evolutiva en su oficina universitaria.

El patrón empezó a inquietar a alguien en la fiscalía.

Tres científicos. Tres muertes limpias. Ninguna señal de violencia.

Y un detalle menor: todos habían sido invitados a participar en el mismo proyecto internacional cuyo contenido permanecía clasificado.

La prensa resolvió el misterio antes que la policía.

—Culto anti ciencia —titularon—. Fanáticos que creen que el conocimiento es una blasfemia.

Aparecieron sospechosos previsibles: predicadores incendiarios, conspiradores profesionales, agitadores de internet. Hubo interrogatorios, registros, un par de arrestos.

Nada.

Mientras tanto murió un cuarto científico: un matemático especializado en modelos predictivos.

La policía revisó su apartamento con paciencia. No encontraron venenos ni señales de intrusión. Solo una pizarra cubierta de símbolos y, al pie, una frase escrita con letra irregular:

“No es un culto.”

El caso empezó a perder atención mediática.

Sin titulares, sin presión pública, el expediente fue adelgazando hasta quedar reducido a una carpeta gris en un archivo judicial.

Años después, un archivista revisaba documentos olvidados cuando encontró el expediente 17.

Leyó los informes, las autopsias, las entrevistas.

Entonces notó algo que nadie había señalado con claridad.

Los cuatro científicos habían solicitado acceso a los mismos datos días antes de morir.

Datos pertenecientes al proyecto internacional.

El archivista buscó el registro de ese archivo.

No existía.

Ni en servidores, ni en respaldos, ni en registros administrativos.

Como si alguien lo hubiera borrado antes de que pudiera ser consultado.

El archivista escribió una nota breve en el margen del expediente:

Motivo probable de los homicidios.”

Luego cerró la carpeta y la devolvió al estante.

El caso sigue abierto.

Nadie ha podido demostrar que se tratara de asesinatos.

Pero tampoco nadie ha podido explicar por qué, después de esas cuatro muertes, el proyecto fue cancelado para siempre.

Invitación: https://eldemiurgodehurlingham.blogspot.com/

sábado, 7 de marzo de 2026

El Pacto

 



Te amé como un hombre ama a una mujer a la que nunca toca: solo le escribe, tiene pequeñas fotografías de ella. Nuestro amor no era un asunto de cuerpos, sino de caligrafía y esperas. Durante años, nos enviamos sobres que cruzaban el océano cargados de confesiones que jamás nos atreveríamos a decir en voz alta. Yo conocía el ritmo de tu pensamiento, la curva de tu letra «g» y el grano de las tres únicas fotografías que me habías enviado; las guardaba en mi cartera como quien custodia un fragmento del Arca de la Alianza. Habíamos jurado, en un pacto tácito de supervivencia emocional, que el papel era nuestro único territorio seguro. Sabíamos que la piel es traicionera, que el aliento envejece y que la mirada directa puede marchitar el misterio.

Pero el destino no entiende de metáforas. Aquella noche, en esa fiesta a la que ninguno quería ir, el azar movió sus hilos con una crueldad geométrica. Alguien pronunció mi nombre y, al girarme, el mundo de papel se incendió. Allí estabas tú. No eras la imagen estática de mis retratos de sepia, sino un volumen tridimensional que ocupaba un espacio físico, que desplazaba el aire, que olía a algo tan terrenal como el perfume y el vino.

Cuando el anfitrión nos presentó con una ligereza insultante, como si fuéramos dos desconocidos, el pánico me inmovilizó. No supe qué hacer con mis manos; me parecieron apéndices inútiles, torpes herramientas de carne que no tenían permiso para rozar la divinidad que yo mismo había construido. Me pareció una falta de respeto absoluta que fueras real, que tuvieras poros, que parpadearas. En ese instante, comprendí que prefería tu ausencia escrita a tu presencia sólida, porque la mujer que yo amaba no podía ser tocada sin romperse.

viernes, 27 de febrero de 2026

La coma

Dedicado a CGGH

Después de seleccionar la premisa formal, el guionista se dispuso a escribir las acciones subordinadas de su historia, pero el personaje principal pereció por causa de una coma criminal que se escabulló en el texto.

 

sábado, 21 de febrero de 2026

Nadie, según consta

 


Lo dijo sin levantar la voz, como quien dicta una verdad administrativa:

—El problema contigo es que hablas como si fueras alguien; luego descubren que no eres nadie y se decepcionan.

Asentió. Al día siguiente, cuando desapareció de todos los registros, las alarmas se activaron, los noticieros interrumpieron la programación y el país entero preguntó por él.

Nadie supo explicar cómo la ausencia de un don nadie podía dejarlo todo en ruinas.

viernes, 13 de febrero de 2026

El trámite

 



FUNCIONARIO
—Firme aquí.

HOMBRE
—¿Para qué?

FUNCIONARIO
—Para continuar.

HOMBRE
—¿Continuar qué?

FUNCIONARIO
—Lo que ya empezó.

(Pausa. El Hombre firma.)

HOMBRE
—¿Y ahora?

FUNCIONARIO
—Ahora debe esperar.

HOMBRE
—¿Cuánto?

FUNCIONARIO
—Eso depende de usted.

HOMBRE
—¿De mí?

FUNCIONARIO
—De que deje de preguntar.

(Pausa larga.)

HOMBRE
—¿Puedo irme?

FUNCIONARIO
—Desde luego.
(Pausa)
Pero entonces tendría que empezar.

viernes, 6 de febrero de 2026

Antes de salir



Cuando terminó la visita, se despidieron de los dueños de la casa. Por el entusiasmo de la tía soltera y fisgona, cayeron en la cuenta de que los dos caminaban hacia la salida muy juntos, como en los primeros galanteos y en los pasos iniciales de un romance: las manos se buscan sin atreverse del todo, los brazos se rozan y las miradas se encuentran en silencio.

Nadie quiso romper el momento. La tía sonrió con malicia; los dueños intercambiaron una mirada cómplice.

Solo al cerrar la puerta recordaron —demasiado tarde— que habían llegado así, tomados de la mano, para acompañarse al entierro del marido de ella.

sábado, 31 de enero de 2026

Protocolo de biometría humana

 



Ella desactivó el blindaje de su traje táctico y desconectó las interfaces neuronales. Las prendas de nanotecnología se retrajeron como una segunda piel, dejando al descubierto los circuitos de neón que recorrían su columna. Ya no era un soldado del Sector 7, ni una base de datos; era solo biomasa y pulsos eléctricos buscando refugio.

Él la recibió sin necesidad de escaneo. En el silencio de la estación orbital, mientras la Tierra brillaba a lo lejos como un diamante roto, comprendieron que ningún software de simulación podría replicar lo que sentían. Se despojaron del metal y el cristal, quedando vestidos únicamente de carbono y ternura.

sábado, 24 de enero de 2026

Palabra por palabra

 



El mapa amaneció distinto, aunque nadie había movido fronteras. En las pantallas, un hombre sonreía y hablaba de conquistar, no de adquirir; de dominar, no de proteger. Mencionaba seguridad, rutas nuevas bajo el hielo, minerales que —decía— salvarían al mundo.

En Groenlandia, el hielo se abría como un archivo antiguo. En Canadá, los bosques escuchaban palabras que ya conocían. No hubo invasión: llegaron contratos, bases «temporales», banderas sin himno.

La gente siguió su vida. El mar aprendió nuevos nombres. Cuando cayó el primer misil, los mapas ya no importaban: el territorio había sido conquistado mucho antes, palabra por palabra.

sábado, 17 de enero de 2026

El viento ya no juega

 



El viento ya no juega:
palpa.

Se mete bajo el vestido
como una mano sin peso,
lo levanta con decisión breve
y deja ver
la prenda mínima
aferrada a su cuerpo,
una franja de tela
que no cubre:
acompaña.

La piel responde.
No hay escándalo,
hay pulso.
El muslo se tensa,
la pierna avanza,
el cuerpo recuerda
que caminar
también es una forma
de ofrecerse al mundo.

La tela sube más de lo justo.
El aire roza,
se demora,
aprende la temperatura
exacta del deseo.
No toca —
pero casi—
y en ese casi
arde todo.

Ella no se detiene.
Deja que el viento haga
lo que sabe hacer:
decir con el cuerpo
lo que la boca calla.
El vestido cae,
vuelve a subir,
late.

Luego pasa.
Como pasan las cosas
que no piden permiso
y por eso son verdaderas.

El viento sigue su camino.
Ella también.
En el aire queda
una certeza animal:
el deseo no necesita más
que un segundo de piel
expuesta al mundo.


sábado, 10 de enero de 2026

Hasta el lunes

 


                                                             El viernes nos creíamos algo; el lunes, una coartada.

El viernes se iba rápido, como si el tiempo los empujara. No había maletas: solo una mirada, un adiós apremiante, un guiño automático de quien ya está llegando a otra parte. Antes de irse, él se acercaba y le hablaba al oído, no para confundirla, sino para hacerla estremecer.

Ella tan solo alcanzaba a reaccionar diciéndole:

—Déjame un beso que me dure hasta el lunes.

Aquella petición suya no era un consuelo ni una despedida: era pacto. Algo que debía sostenerse a distancia, como una promesa mal formulada. A veces se buscaban con alguna excusa para quedarse un poco más: un café innecesario, un informe de último momento, la ilusión de que el tiempo podía aplazarse.

El fin de semana no traía descanso. Era un territorio sin pruebas donde el beso se gastaba de tanto pensarlo. Servía para callar las sospechas, para llenar el silencio que dejaba la ausencia, para creer que el lunes sería regreso y no repetición.

Con el tiempo, él entendió que el encuentro prometido era la forma más cuidadosa del engaño: no mentía el beso, mentía lo que esperaban de él.

El lunes llegaba. Y entonces entendían que el beso no había sido para durar, sino para ensayar la pregunta de siempre: cuánto se habían extrañado el fin de semana.

sábado, 3 de enero de 2026

La cadena


El perro se llamaba Coronel. Vivía atado a un poste, detrás de la cocina. Era negro, de gran tamaño, de ojos amarillos atentos. Enseñaba los dientes a los extraños como quien cumple una tarea antigua. Cada día recibía un plato abundante de sopa de maíz con vísceras, que comía despacio, sin levantar la mirada.

Nunca rompió la cadena, aunque podía. Nunca atacó sin razón. En él, la fuerza no humillaba ni la valentía buscaba sangre: tenía todas las virtudes del hombre y ninguno de sus vicios.

Los viejos murieron. La casa quedó vacía. Nadie soltó al perro guardián. Podía romper la cadena. No lo hizo. Podía morder. No lo hizo. Podía irse. No lo hizo. Coronel siguió cuidando la casa.

La cadena también.