NO COPIES, SÉ AUTÉNTICO

sábado, 4 de julio de 2026

La inmunidad del espectador y la intemperie del creador

 



Todo clásico fue, alguna vez, un contemporáneo.

 

Toda época desarrolla sus propios mecanismos para proteger el gusto. No solo elegimos qué leer; también levantamos defensas contra aquello que amenaza con alterar nuestras certezas estéticas. Hay quienes desconfían de determinados géneros; otros rehúyen ciertas corrientes o modas literarias. Existen incluso quienes deciden abstenerse, casi por principio, de acercarse a los escritores de su propio tiempo, como si la contemporaneidad fuera un inconveniente que el paso de los años habrá de corregir.

Hace poco asistimos al anuncio de quien declaraba, palabras más, palabras menos, su decisión de abstenerse de comprar novedades editoriales, especialmente cuando se trataba de autores contemporáneos aún desconocidos, para concentrar su tiempo y sus recursos en la lectura de los clásicos. La decisión, considerada aisladamente, puede parecer razonable. Nadie está obligado a seguir el ritmo vertiginoso de la industria editorial ni a convertir la compra de libros en una forma de consumo compulsivo. Sin embargo, cuando esa abstención deja de ser una elección práctica y comienza a presentarse como un criterio estético, el asunto adquiere otro significado.

La abstención opera entonces como una verdadera profilaxis del gusto. No se trata ya de administrar mejor el tiempo o el dinero, sino de inmunizar el juicio frente a la incertidumbre de la literatura viva. Se presupone que el presente constituye un territorio sospechoso, mientras que el pasado ofrece la tranquilidad de lo ya probado. La obra contemporánea comparece bajo sospecha; el clásico, en cambio, llega precedido por el aval de generaciones enteras.

Sin embargo, el gusto no se fortalece únicamente por aquello que confirma sus preferencias. También madura cuando acepta el riesgo de enfrentarse a lo incierto. Leer consiste, en buena medida, en exponerse a la posibilidad del error. Quien pretende eliminar por completo ese riesgo quizá preserve la comodidad de sus convicciones, pero difícilmente conservará intacta la capacidad de asombro.

Nadie discute la necesidad de leer a los clásicos. Ellos constituyen la memoria viva de la literatura; en sus páginas persisten las preguntas esenciales de la condición humana y las formas que el lenguaje ha encontrado para nombrarlas. Toda formación literaria seria pasa, inevitablemente, por ese diálogo con las grandes obras.

Pero una cosa es dialogar con los clásicos y otra muy distinta convertirlos en un refugio. Los clásicos no fueron escritos para clausurar el porvenir, sino para ensancharlo. Su grandeza consiste precisamente en seguir interrogando a lectores de épocas distintas. No son cómodos por naturaleza; cómoda puede llegar a ser la lectura que hacemos de ellos cuando el consenso histórico reemplaza el esfuerzo del juicio personal.

Existe una diferencia profunda entre acudir al canon para comprender mejor la literatura contemporánea y utilizar el canon para descalificarla de antemano. En el primer caso, la tradición ilumina el presente; en el segundo, lo oscurece. El canon deja entonces de ser una conversación entre generaciones para convertirse en una frontera.

Hay una comodidad silenciosa en preferir el mármol pulido de los panteones literarios al barro fresco donde todavía se modelan las obras de nuestro tiempo. No porque el presente sea necesariamente superior al pasado, sino porque enfrentarlo exige una responsabilidad que ningún manual puede asumir por nosotros. Ante un autor contemporáneo no existe la tranquilidad del veredicto histórico. El lector debe ejercer su propio criterio y aceptar la posibilidad de equivocarse.

Quizá por eso algunos prefieren esperar. Confían en que el tiempo haga por ellos el trabajo de discernimiento. Sin advertirlo, delegan en las generaciones futuras una tarea que también pertenece a la sensibilidad del presente. Sin embargo, el canon nunca fue una lista previa de certezas. Es, más bien, el resultado de innumerables lecturas, desacuerdos y descubrimientos que solo el tiempo consigue decantar.

Todo clásico fue, antes de convertirse en patrimonio de la tradición, una apuesta incierta. También fue un contemporáneo. Esa prevención frente a la literatura contemporánea suele hacerse aún más severa cuando el autor publica desde la independencia editorial o mediante la autopublicación. Con frecuencia se supone, aunque rara vez se diga de manera explícita, que la ausencia de un gran sello constituye un indicio de inferioridad estética, como si la calidad de una obra pudiera deducirse de la magnitud de la empresa que la respalda. El prestigio editorial termina sustituyendo, sin advertirlo, el ejercicio de la lectura.

Olvidamos entonces una verdad tan sencilla como decisiva: todos los clásicos fueron alguna vez escritores contemporáneos. Ninguno nació revestido de autoridad. Todos fueron desconocidos para la inmensa mayoría de sus primeros lectores; todos escribieron sin saber si el tiempo los absolvería o los condenaría al olvido. La historia de la literatura no fue edificada únicamente desde las instituciones, sino también desde la obstinación de autores que trabajaron en los márgenes, financiaron sus propias ediciones, soportaron la indiferencia de sus contemporáneos o fueron reconocidos cuando ya no podían celebrarlo.

En un mercado donde la visibilidad suele depender tanto de estrategias comerciales como de criterios literarios, la edición independiente deja de ser únicamente el refugio de quienes no encontraron cabida en los grandes catálogos. Puede convertirse, también, en un espacio de libertad creadora, donde la obra comparece ante el lector sin otro privilegio que su propia capacidad para sostenerse.

Pero conviene desconfiar del entusiasmo ingenuo. La independencia editorial tampoco constituye un certificado de excelencia. Publicar al margen de los grandes sellos no vuelve mejor a un escritor, del mismo modo que el respaldo de una editorial prestigiosa no garantiza la perdurabilidad de una obra. La legitimidad literaria continúa dependiendo del rigor con que el autor trabaja su lenguaje, de la severidad con que revisa su escritura y de la honestidad con que reconoce sus propias insuficiencias. La intemperie no redime la mediocridad; simplemente permite que una voz pueda ser escuchada sin pedir permiso antes de existir.

La literatura no necesita menos exigencia, sino más. Lo que cambia no es el nivel de rigor, sino el lugar desde donde ese rigor comienza a ejercerse. Ningún sello editorial, ninguna campaña publicitaria y ningún premio pueden reemplazar el trabajo silencioso mediante el cual una obra conquista su propia necesidad.

Toda tradición literaria necesita lectores atentos y críticos exigentes. Sin ellos, las obras perderían buena parte del diálogo que las mantiene vivas. La crítica auténtica no consiste en dictar sentencias anticipadas, sino en acompañar el difícil ejercicio de comprender una obra antes de juzgarla. Su autoridad nace de la lectura, no del prejuicio.

Sin embargo, existe una diferencia decisiva entre quien examina la lid y quien acepta entrar en ella. El espectador posee la ventaja de la distancia; el creador asume el riesgo de la exposición. Ninguna obra nace protegida por el consenso. Toda escritura comienza siendo vulnerable.

Publicar, especialmente desde la independencia, significa aceptar esa vulnerabilidad. Significa admitir que el libro será leído, discutido, rechazado, malinterpretado o, quizá, olvidado. Ninguna de esas posibilidades invalida el acto de escribir. Al contrario: constituye la condición misma de una literatura que aspira a dialogar con otros seres humanos y no únicamente con la tranquilidad de un cajón cerrado.

Hay quienes esperan a que el tiempo decida qué merece ser leído. Otros aceptan convivir con la incertidumbre del presente. Ninguna de las dos actitudes garantiza el acierto. Pero solo la segunda participa activamente en la construcción de la tradición. Porque el canon no desciende terminado sobre las bibliotecas: se forma gracias a miles de lectores que, antes de conocer el veredicto de la historia, se atrevieron a leer por cuenta propia.

Quizá por eso convenga desconfiar de toda profilaxis del gusto frente al presente. No porque todo lo nuevo sea valioso, ni porque toda obra independiente merezca reconocimiento, sino porque ninguna creación digna de ese nombre debería ser descartada antes de haber sido leída. Toda gran literatura fue, antes que patrimonio de la tradición, una incógnita del presente.

El tiempo seguirá pronunciando el último veredicto. Pero la responsabilidad de leer pertenece siempre al presente. Renunciar de antemano a esa responsabilidad equivale a delegar el propio juicio en una posteridad que nunca leerá por nosotros. Tal vez el mayor riesgo para el gusto no consista en equivocarse al abrir un libro nuevo, sino en perder la oportunidad de descubrir, mientras todavía es nuestro contemporáneo, a un escritor destinado a sobrevivirnos.

sábado, 27 de junio de 2026

La sombra del tiempo

 



En Barragán, las noches no caen... se derraman. Y hay quien dice que algunas calles no terminan donde deberían, sino donde la vista empieza a dudar. Yo no creía en esas cosas hasta aquella semana en la que el pueblo parecía más vacío de lo normal, como si la gente hubiera aprendido a desaparecer sin hacer ruido.

Volvía tarde por una de las cuestas que suben hacia las casas altas. No había música, ni perros, ni ese murmullo leve que siempre queda incluso en el silencio. Solo mis pasos y algo más, justo detrás, manteniendo la misma distancia exacta, como si supiera contar.

La primera vez pensé que era el eco. La segunda, que era el cansancio. La tercera vez me paré. El sonido también se paró. Seguí andando más despacio. Y entonces lo vi: una figura apoyada contra la pared, demasiado quieta para ser alguien que espera, demasiado atenta para ser alguien que no busca nada. No parecía esperar a nadie, y eso fue lo peor.

Había algo en aquella quietud, algo seco, como si llevara demasiado tiempo allí… mirándome antes incluso de verme. Aquello no parecía tener prisa, ni historia. No vi su cara, pero sí la sensación de que me reconocía. Aceleré sin correr, como hacen los que no quieren admitir miedo.

Las calles se fueron estrechando, o quizá era yo el que las estaba perdiendo. Y cada esquina que giraba parecía devolverme al mismo sitio, aunque sabía que no era el mismo. Cuando llegué a la plaza, el aire cambió, y el reloj del caserío marcó una hora que no recuerdo haber oído antes. Me giré una vez más. Ya no había figura... solo la certeza de que algo había caminado conmigo sin necesidad de tener cuerpo todo el tiempo.

Desde entonces, en Barragán, evito volver solo por ciertas calles cuando la luz se rompe demasiado pronto. Porque aprendí una cosa sencilla: no todo lo que te sigue quiere alcanzarte. Algunas cosas solo quieren que sepas que pueden hacerlo.

sábado, 20 de junio de 2026

La fila después de la fila

 



Cuando completó el último requisito, Efraín celebró en silencio. No hubo fiesta ni brindis. Simplemente tomó un lápiz rojo y trazó una línea sobre la última casilla de un cuaderno donde llevaba cuarenta años anotando fechas importantes. Había cumplido la edad. Había cumplido las semanas. Había cumplido. Aquella noche durmió con una tranquilidad desconocida. Por primera vez en décadas no tuvo que calcular cuánto faltaba para llegar al final. Al despertar, sin embargo, encontró una carta bajo la puerta.

«Debe esperar.»

Pensó que se trataba de un error. Fue a la oficina correspondiente. Allí descubrió una fila tan larga que se perdía detrás de las montañas.

—¿Esta es la fila para la pensión? —preguntó.

—No —respondió una mujer de cabello blanco—. Esa fila ya terminó.

—Entonces, ¿qué esperamos aquí?

La mujer levantó los hombros.

—Que reconozcan que terminamos la fila anterior.

Efraín observó a los presentes. Había obreros, enfermeras, conductores, secretarias y maestros. Todos tenían la misma expresión de cansancio. Todos cargaban carpetas. Todos aseguraban haber llegado al final de algo. Los días pasaron. Después los meses. Luego los años.

La fila avanzaba tan poco que algunos envejecían antes de alcanzar la siguiente ventanilla. Un hombre llegó caminando con bastón y, mientras esperaba, necesitó una silla de ruedas. Cuando finalmente fue llamado, sus hijos acudieron a escuchar la respuesta porque él ya no podía levantarse. A veces aparecían funcionarios que entregaban nuevos formularios. La fila celebraba. Aquello significaba movimiento. Sin embargo, cada formulario daba origen a otra fila más pequeña que desembocaba nuevamente en la principal.

Efraín empezó a sospechar que el sistema entero estaba construido por personas que jamás habían hecho una fila. Una tarde observó algo extraño. Los viejos que desaparecían de la fila no regresaban a sus casas. Tampoco llegaban a las ventanillas. Simplemente se desvanecían. Como si el tiempo los borrara. Alarmado, preguntó a un anciano que esperaba delante de él.

—¿Qué ocurre con quienes desaparecen?

El hombre señaló el cielo. Entonces Efraín vio algo que nadie parecía notar. Muy arriba flotaban miles de relojes. Relojes de bolsillo. Relojes de pared. Relojes de pulsera. Todos detenidos. Cada vez que alguien desaparecía, uno de aquellos relojes se encendía y comenzaba a girar lentamente entre las nubes.

—¿Qué significa eso? —preguntó.

—Es el tiempo que les debían —contestó el anciano—. Cuando ya no pueden entregárselo a la persona, lo devuelven al aire.

Efraín levantó la vista. Miles de años giraban sobre el mundo. Madrugadas no vividas. Viajes aplazados. Libros sin leer. Nietos que crecieron durante la espera. Siestas prometidas. Conversaciones pendientes. Todo flotando sobre las ciudades como una segunda atmósfera. Aquella noche abandonó la fila. Los demás intentaron detenerlo.

—¿Y la pensión?

Efraín sonrió. Por primera vez en mucho tiempo parecía tranquilo.

—La seguirán peleando los abogados.

—¿Y usted?

Efraín observó los relojes suspendidos.

—Yo voy a recuperar por mi cuenta el tiempo que todavía no me han quitado.

Y se alejó caminando. A su espalda, la fila continuó creciendo. Al frente, en cambio, lo esperaba una mañana que no tenía formularios, sellos ni ventanillas. Una mañana común. Que era precisamente lo que había estado esperando durante cuarenta años.

sábado, 13 de junio de 2026

Estación III

 



El hombre llegó a la estación poco antes del anochecer. El último tren lo dejó frente al edificio y desapareció levantando una nube de polvo gris. Durante varios segundos observó cómo las luces traseras se hundían en la oscuridad de la calle vacía; después, quedó solo.

La terminal llevaba años abandonada. Eran dos estructuras alargadas y deslucidas que se caían a pedazos frente a una plazoleta desierta. Las ventanillas estaban cubiertas por tablones húmedos y el óxido avanzaba sobre los rieles como un padecimiento silencioso. Detrás de los edificios comenzaba el bosque: una pared vegetal inmensa, inmóvil, demasiado oscura para aquella hora. El guardián apareció desde el fondo del corredor, arrastrando una pierna con un quejido seco.

—Si escucha que lo llaman, no conteste —dijo.

Luego dejó una llave sobre un tablero y se desvaneció en la penumbra. El hombre quiso preguntarle algo, pero el viejo ya no estaba. La oficina de tiquetes olía a madera mojada y a encierro. Había un escritorio angosto, una silla y una ventana orientada hacia la espesura. Desde allí, los rieles se perdían entre árboles gigantescos cubiertos de lianas, como si entraran en otro tiempo. Mientras acomodaba su equipaje, escuchó un silbato. Un silbato de tren, leve y distante. Miró por la ventana. Afuera no había nada; los rieles estaban muertos. Sin embargo, minutos después volvió a escucharlo, esta vez más cerca.

El cansancio lo hacía cabecear por momentos, pero cada cierto tiempo lo despertaban unos pasos en el corredor: lentos, arrastrados, deteniéndose exactamente frente a su puerta. A las dos de la madrugada, alguien golpeó tres veces. El hombre permaneció inmóvil. Los golpes regresaron, seguidos de una voz.

—Abra.

Era una voz seca, quebrada, como pronunciada con la garganta llena de tierra. El hombre no respondió. De pronto, la manija comenzó a bajarse lentamente. Sintió un vuelco en el estómago al recordar que había puesto el seguro, pero el cerrojo empezó a girar solo. Retrocedió hasta la ventana. El bosque parecía más cercano. Mucho más cercano. Las ramas ya rozaban las paredes de terracota y, entre los árboles, creyó ver figuras inmóviles observándolo. No eran personas; eran siluetas demasiado altas y oscuras. El seguro terminó de girar y la puerta se abrió apenas unos centímetros. Un olor espeso y podrido inundó la oficina.

El hombre empujó la ventana y saltó. Cayó sobre los matorrales y comenzó a correr desesperado. Las ramas le golpeaban el rostro y las raíces lo hacían tropezar, pero siguió avanzando mientras detrás de él resonaba el silbato, cada vez más fuerte. No entendía cómo podía haber un tren allí si las vías estaban muertas. Entonces los vio. Aparecieron entre la vegetación, brillando húmedos bajo la luna: rieles nuevos, recién pulidos.

El silbato volvió a sonar, esta vez a sus espaldas. Al girarse, el tren salió de la oscuridad sin hacer temblar la tierra. Avanzaba despacio, demasiado despacio, sin luces, con las ventanas repletas de sombras quietas. El hombre quiso apartarse, pero descubrió que sus pies se hundían. Miró hacia abajo. No era barro; eran decenas de manos vegetales emergiendo de la tierra, sujetándole con fuerza los tobillos. El tren se detuvo frente a él y una de las puertas se abrió. Allí, sentado junto a la ventana, estaba el guardián. Sonreía con los ojos completamente blancos.

—Le dije que no contestara.

Entonces el hombre comprendió la terrible verdad. No había llegado a ninguna estación; el tren lo había traído desde el principio.

sábado, 6 de junio de 2026

La función secreta

 


Entraron tomados de la mano, pero se soltaron en cuanto el mesero se dio la vuelta. Durante veinte minutos, los capuchinos fueron los únicos protagonistas. Ellas, las tazas, se movían de izquierda a derecha sobre la mesa de madera, buscando una luz que no dependiera del sol, sino de la pantalla. Ellos ensayaron encuadres, inclinaciones y distancias, congelando el rostro en una mueca de complicidad ensayada que se apagaba de golpe en cuanto el obturador hacía clic. Ni una sola sonrisa sobrevivió un segundo más allá de la captura.

Teclearon en silencio, apurados, editando la calidez que el ambiente no tenía. Subieron la última historia, pagaron la cuenta y se marcharon dejando las tazas intactas, con la espuma ya fría y desinflada.

Afuera, la tarde real seguía su curso, hermosa y desatendida. Ellos ya iban lejos, atrapados en el estreno de un avance promocional para una película a la que nunca entraron a ver.

viernes, 29 de mayo de 2026

Mecánica de fluidos

 



En la sala de espera de la clínica, los minutos morían a cuentagotas. Ella entró rompiendo la tregua del tedio: una mujer madura, de andar común, pero con un pecho generoso que vibraba bajo la blusa con una urgencia casi sísmica, a punto de desbordar el escote.

Él no pudo evitarlo. La devoró con la mirada, imaginando el instante exacto en que esa gravedad contenida finalmente ganara la batalla y los botones salieran disparados como proyectiles. Sostuvo el examen con la insolencia del que se cree invisible detrás de sus propios deseos.

Ella lo atrapó en el acto. Se detuvo, lo miró de frente y le dedicó una sonrisa tan bella como piadosa.

Luego, con absoluta parsimonia, se acomodó el estetoscopio en el cuello, tomó la Historia clínica de él y, antes de hacerlo pasar al consultorio, le dijo:

—Muy bien, caballero. Vamos a ver si ese corazón suyo resiste la presión.

jueves, 21 de mayo de 2026

El peso de los astros



Hiparco pasó la mitad de su vida calibrando telescopios, buscando en la infinitud del cielo nocturno una respuesta que justificara su tremenda pequeñez. Decía que mirar el firmamento era una forma de cartografiar el olvido. Anotaba órbitas, medía el brillo agonizante de supernovas extintas hacía milenios y se obsesionaba con el vacío insondable que separaba un destello de otro. Para él, la belleza solo existía en lo inalcanzable.

La ceguera llegó sin dramatismo, como un crepúsculo lento que terminó por borrar los anillos de Saturno y las nubes de Magallanes. Con el universo cancelado tras sus párpados, Hiparco se recluyó en el patio trasero de su casa, convencido de que su existencia carecía de coordenadas.

Fue un martes de otoño cuando el orden de sus cosmos particulares cambió. Al tropezar cerca del pozo, cayó de manos sobre la tierra húmeda. Presionó las palmas contra el suelo para incorporarse, pero se detuvo. Entre sus dedos abiertos se erguía una pequeña comunidad de briznas de hierba.

 Al principio solo sintió el frío del rocío. Luego, al deslizar las yemas con la delicadeza de quien limpia una lente óptica, percibió la arquitectura de una sola hoja: las nervaduras perfectas que distribuían la savia, la curvatura exacta que desafiaba a la gravedad, la persistencia ciega de la clorofila abriéndose paso hacia una luz que él ya no podía ver.

Cerró los ojos con más fuerza, conteniendo el aliento. En la simetría de esa minúscula estructura vegetal descifró la misma geometría sagrada que gobierna el giro de las galaxias. La brizna no imitaba al universo; lo contenía. Aquella materia verde y callada realizaba el mismo esfuerzo monumental para existir que la estrella más colosal del firmamento.

Hiparco sonrió en la oscuridad. Ya no necesitaba mirar hacia arriba. Sentado en el lodo, supo que el camino recorrido por los astros terminaba, con idéntica gloria, justo debajo de sus manos.

sábado, 16 de mayo de 2026

Negativo en reverso


El fotógrafo callejero planta las tres patas de madera sobre el andén. Ajusta la lente con un giro seco y limpia el vidrio con la manga. Pasa un tipo con camisa de flores. El minutero calcula la distancia y hunde el gatillo. Clic.

Mete la mano en la manga de tela negra del cajón. Tantea a ciegas, pero los dedos tropiezan con algo viscoso y frío que no es el frasco del revelador. Saca el brazo de golpe: un hilo de líquido negro, con olor a lodo de río, le mancha la muñeca.

En el andén, el de la camisa de flores planta el zapato blanco para dar el siguiente paso, pero el pie no baja. Se queda suspendido en el aire. Intenta apoyar el peso, pero el cuerpo se le va hacia adelante, ingrávido, mientras las solapas anchas flotan alrededor de su cuello como alas pesadas.

A pocos metros, el de la camisa geométrica se frena en seco. El estrépito de los buses se apaga. El camión del fondo se detiene y los transeúntes empiezan a caminar hacia atrás, en un reverso perfecto y silencioso. El hombre se mira el pecho: el patrón abstracto de su ropa empieza a desprenderse de la tela, flotando en el aire como piezas de un rompecabezas roto.

El fotógrafo, con el pulso temblando, pega el ojo al visor de la caja. En el vidrio ya no está la calle. Se ve a sí mismo, de espaldas, caminando por esa misma acera hacia un lente que lo espera cincuenta años en el futuro.

martes, 12 de mayo de 2026

Narrar desde la grieta cotidiana



En Cuentos es lo que hay, Guillermo Castillo construye un universo narrativo donde lo cotidiano nunca permanece completamente a salvo. Sus personajes comen, conducen, beben, trabajan, recuerdan, esperan una cita o conversan en una esquina; sin embargo, algo termina desplazando lentamente la realidad hacia una zona incierta. A veces ese desplazamiento adopta la forma del miedo, otras veces la del recuerdo, la culpa, el deseo o la soledad. El libro parece sostener una idea central: la vida común contiene siempre una grieta por donde asoman las obsesiones humanas.

Narrar desde la grieta: aproximación a Cuentos es lo que hay (Fragmento)


viernes, 8 de mayo de 2026

La anatomía del miedo

 


La sala de espera olía a antiséptico, desinfectante y cansancio. Sobre las baldosas rojizas se deslizaban sombras de piernas, muletas y zapatos húmedos. Nadie permanecía completamente quieto allí, pero el hombre alto convertía su inquietud en un espectáculo involuntario. Iba y venía frente a las bancas metálicas. Por momentos se sentaba apenas unos segundos; enseguida volvía a levantarse como si el cuerpo le rechazara la quietud. Medía casi dos metros y, bajo la camiseta sin mangas, los tatuajes le cubrían los brazos con figuras negras y ondulantes. Desde lejos parecía que un pulpo enorme hubiera trepado sobre él.

Los tentáculos nacían cerca de los hombros, descendían en espirales por los bíceps y continuaban más abajo, prolongándose hacia las piernas semi descubiertas por un pantalón corto. Las líneas oscuras daban la impresión de moverse cada vez que caminaba. Cuando flexionaba los músculos, los tentáculos parecían contraerse. Cuando abría las manos, parecía que la criatura extendía sus ventosas invisibles sobre la sala entera. Una niña escondió el rostro en el regazo de su madre. Un anciano dejó de leer para seguirlo con la mirada. Y, sin embargo, pese a aquella apariencia de monstruo marino escapado de una pesadilla, el hombre estaba aterrado.

Miraba constantemente la puerta blanca donde un letrero decía: “Consultorio de curaciones”. Cada vez que alguien salía con gasas o vendas, él tragaba saliva. Se pasaba la lengua por los labios resecos. Sus dedos —grandes, tatuados hasta los nudillos— temblaban ligeramente. De pronto apareció la auxiliar de enfermería. Pequeña, delgada, casi frágil frente a aquella mole cubierta de tinta.

—Señor Teobaldo Aníbal Rodríguez… sigue usted.

El hombre quedó inmóvil. Por un instante los tentáculos tatuados parecieron tensarse sobre la piel de sus brazos. Dio un paso hacia adelante. Luego otro. El brillo del sudor le cruzó la frente. Entonces ocurrió. Los ojos se le vaciaron de golpe. El gigante osciló como un árbol enfermo. Intentó sostenerse de la banca, pero sus manos resbalaron. Cayó pesadamente sobre las baldosas mientras los tentáculos negros de los tatuajes parecían desparramarse por todo el cuerpo, como si el pulpo hubiera abandonado finalmente el mar para morir sobre tierra firme. La niña gritó. La auxiliar corrió hacia él.

—¡Traigan una camilla!

Entre varias personas intentaron moverlo. El hombre respiraba, aunque tenía el rostro descompuesto por un miedo casi vergonzoso. Minutos después abrió los ojos lentamente.

—¿Ya pasó? —preguntó con voz débil. La auxiliar sonrió.

—Todavía no le hemos hecho nada.

Y en aquel instante, mientras el gigante tatuado cerraba los ojos otra vez con resignación, toda la sala comprendió que incluso los hombres que parecen criaturas del abismo pueden desmoronarse ante una simple gasa humedecida con alcohol isopropílico.

 

viernes, 1 de mayo de 2026

El veredicto del cartón



Tras leer el informe de la Universidad de Colorado, Aurelio no vio un rollo de papel, sino un nido de seis mil francotiradores microscópicos. Con pulso de cirujano, giró el borde hacia afuera para que la cascada de celulosa cayera libre de la pared infecta. Como toque final de ahorro y seguridad, aplastó el cilindro hasta convertirlo en un óvalo rígido que se negaba a girar.

Orgulloso de su victoria sobre los estafilococos, tiró con fuerza para obtener su merecido cuadrado higiénico. Pero el papel, frenado por el aplastamiento que él mismo había diseñado, no rodó. El soporte cedió, el portarrollos se desprendió de la pared y Aurelio, en su afán por evitar la bacteria, terminó en urgencias con el cráneo fracturado por el impacto del mármol. Al final, no fue la Escherichia coli la que acabó con él, sino la impecable geometría de su propia paranoia.

jueves, 23 de abril de 2026

Bajo la lámpara de los hombres graves

 


—Le dije que no iba a venir solo —murmuró el hombre calvo, inclinándose sobre la mesa.

El joven alzó la vista, tenso.

—Yo cumplí. Traje el dinero. Ahora díganme dónde está mi hermano.

El anciano de la derecha dio una larga calada al cigarrillo.

—La juventud siempre confunde pagar con mandar.

—No jueguen conmigo —replicó el muchacho, apretando los puños—. Ya hicieron bastante.

El hombre de espaldas acomodó lentamente los billetes sobre el mantel.

—Falta una parte.

—¡Ahí está todo!

—No —dijo el calvo, casi en un susurro—. Falta lo más caro: su silencio.

El joven tragó saliva.

—¿Qué quieren que haga?

El anciano sonrió sin alegría.

—Nada heroico. Mañana dirá que nunca nos vio, que esta noche estuvo en casa y que su hermano se marchó por voluntad propia.

—Eso es mentira.

—La verdad —intervino el de espaldas— vale menos que esos billetes.

Hubo un silencio pesado. La lámpara zumbó sobre sus cabezas.

—Si me niego... —preguntó el joven.

El hombre calvo se enderezó despacio.

—Entonces el próximo asiento vacío en esta mesa será el suyo.

sábado, 18 de abril de 2026

Detenida

 


Quedé atrapada antes de doblar la esquina. La fila de carros no avanzaba y al principio pensé que se trataba del semáforo o de un choque menor. Luego escuché los gritos. No eran gritos de pelea, sino voces reunidas en una sola exigencia. Apagué la radio.

Delante de mí la calle estaba tomada por trabajadores con pancartas, banderas y chalecos de sindicato. Algunos levantaban carteles escritos a mano; otros repetían consignas con una disciplina que me sorprendió. Leí frases sobre salarios, despidos, derechos incumplidos. Yo había visto esas palabras en titulares o en informes, pero nunca tan cerca, dichas por personas de carne y cansancio.

No podía avanzar. La multitud llenaba toda la vía. Debí impacientarme. Tenía prisa, una reunión pendiente, llamadas sin responder. Sin embargo, me quedé mirando. Había algo en aquella energía colectiva que desarmaba mis horarios. Observé los rostros sudados, la rabia organizada, la convicción con que algunos sostenían una tela vieja como si sostuvieran el mundo. Entonces lo vi.

Estaba en la acera, quieto, mirando más que gritando. No parecía uno de ellos ni alguien ajeno del todo. Tenía una expresión extraña: como si reconociera en aquella protesta algo antiguo y personal. Nuestros ojos se encontraron. Sentí el impulso absurdo de decirle algo, cualquier cosa, como si ya lo conociera. Creo que murmuré: “No mire desde afuera”. No sé si me oyó.

Se abrió un espacio entre la gente. Arranqué. Mientras me alejaba, el ruido de la protesta siguió conmigo varias cuadras, pegado a los vidrios, entrando por las rendijas del carro. Llegué tarde a la reunión. Cuando me preguntaron por la demora, respondí con la primera excusa que encontré. No dije que, por unos minutos, había visto una ciudad que no sale en los mapas.

viernes, 10 de abril de 2026

Cuando nadie nos mira

En el blog https://campivampi.blogspot.com/ nos proponen escribir sobre "Lo que sentimos cuando nadie nos mira...". He aquí nuestra propuesta:




Cuando nadie nos mira, dejamos de actuar. Apenas se cierra la puerta, mi espalda se curva, mi sonrisa se desprende y cae —invisible— al suelo. Camino distinto, respiro distinto. Soy otro, o tal vez el mismo sin ensayo.

Hoy me quedé quieto, probando ese silencio. Y entonces lo sentí: alguien dentro de mí aprovechó la ausencia de testigos para salir. No hizo nada extraordinario. Solo se sentó a existir. Y me dio miedo interrumpirlo.

viernes, 3 de abril de 2026

Domingo


El hombre cargó su cruz por calles vacías; nadie miraba. Al caer, comprendió: no era redención, sino costumbre. Entonces dejó la cruz y volvió a ser invisible otra vez.

sábado, 28 de marzo de 2026

El obsequio de la virtud

 


Felipe Ossa dejó el sobre con los cien mil pesos sobre el escritorio del inspector de policía. El agente lo miró con una mezcla de bostezo y una chispa de severidad. —Otra vez usted, señor… Es el cuarto hallazgo este mes. Va para una marca de santidad.

—Es que uno es pobre, inspector, pero no ladrón —respondió Felipe con el guion bien ensayado.

Le dieron su respectivo vale de comida y el diploma de «Buen Ciudadano». Al salir, Felipe Ossa caminó por la carrera 9 Bis donde lo esperaba un auto de vidrios polarizados. La ventanilla bajó apenas unos centímetros.

—¿Lo has entregado todo? —preguntó una voz de seda. —Hasta el último peso, don Valentín. La policía ya hizo el acta de hallazgo y mi declaración de «buen samaritano».

El hombre del coche le tendió un billete de cincuenta. —Buen trabajo. No hay mejor forma de blanquear dinero que hacerlo pasar por las manos de un muerto de hambre honesto. La policía jamás investiga el origen de lo que un pobre devuelve por «mera conciencia».

sábado, 21 de marzo de 2026

Quien escribe desde la sombra

 


El hombre llevaba horas frente al computador. La pantalla seguía blanca. Primero probó con disciplina: espalda recta, manos sobre el teclado, la voluntad como un martillo. Nada.
Luego intentó con paciencia: cruzó los brazos, miró el techo, dejó que el silencio trabajara por él. Tampoco.

Encendió un cigarrillo imaginario —porque había dejado de fumar hacía años— y estiró los brazos hacia el teclado como quien empuja una puerta cerrada. Las palabras no salieron. Entonces comenzó el ruido. No afuera: dentro. Un zumbido espeso de pensamientos, recuerdos, frases a medio hacer. Pronto el ruido se volvió una maraña negra que parecía crecerle dentro del cráneo. El hombre se tomó la cabeza con las manos.

—No puede ser tan difícil —murmuró.

La maraña creció, pesada, oscura, como una nube cargada de tormenta. El hombre bajó la cabeza sobre el escritorio, vencido. Y fue entonces cuando alguien lo abrazó. Al principio creyó que era un recuerdo. Un calor suave rodeándole los hombros. Un perfume antiguo, apenas dulce. Levantó un poco la cabeza, confundido. No vio a nadie. Pero los brazos seguían allí.

Eran tibios, protectores. Como si alguien lo sostuviera desde otro lado del aire. El hombre cerró los ojos y dejó que el abrazo lo envolviera. Cuando volvió a sentarse derecho, la maraña negra había desaparecido. Una figura traslúcida —rosada, delicada— se inclinó junto a su oído. No hablaba: respiraba palabras. Y él comenzó a escribir.

Las frases fluían rápidas, ligeras. Historias completas nacían en su mente antes de tocar el teclado. El hombre sonreía, casi agradecido, mientras la figura le susurraba ideas. Durante horas escribieron juntos. Cuando terminó el relato, el hombre suspiró satisfecho. La figura se apartó un poco y lo miró con ternura.

—Gracias —dijo él al aire.

Ella sonrió. Luego miró el texto en la pantalla. Lo leyó lentamente. Cuando llegó al final, su expresión cambió. Una sombra leve cruzó su rostro transparente. Porque el cuento que el hombre acababa de escribir llevaba por título:

«La mujer que murió esperando que alguien contara su historia.»

Y en la última línea se leía: «Nadie la escuchó jamás.»

La figura suspiró con tristeza. Después volvió a inclinarse sobre el hombre. Y siguió dictándole.

miércoles, 11 de marzo de 2026

Expediente 17

 


El primer científico murió en su laboratorio una madrugada de octubre. El informe forense habló de un infarto súbito. Nada fuera de lugar: una taza de café frío, una lámpara encendida, una ecuación a medio escribir.

Tres meses después apareció muerto un astrofísico en un hotel durante un congreso internacional. Estaba sentado en la cama, con una libreta sobre las piernas. El dictamen fue idéntico: paro cardíaco.

Luego murió una bióloga evolutiva en su oficina universitaria.

El patrón empezó a inquietar a alguien en la fiscalía.

Tres científicos. Tres muertes limpias. Ninguna señal de violencia.

Y un detalle menor: todos habían sido invitados a participar en el mismo proyecto internacional cuyo contenido permanecía clasificado.

La prensa resolvió el misterio antes que la policía.

—Culto anti ciencia —titularon—. Fanáticos que creen que el conocimiento es una blasfemia.

Aparecieron sospechosos previsibles: predicadores incendiarios, conspiradores profesionales, agitadores de internet. Hubo interrogatorios, registros, un par de arrestos.

Nada.

Mientras tanto murió un cuarto científico: un matemático especializado en modelos predictivos.

La policía revisó su apartamento con paciencia. No encontraron venenos ni señales de intrusión. Solo una pizarra cubierta de símbolos y, al pie, una frase escrita con letra irregular:

“No es un culto.”

El caso empezó a perder atención mediática.

Sin titulares, sin presión pública, el expediente fue adelgazando hasta quedar reducido a una carpeta gris en un archivo judicial.

Años después, un archivista revisaba documentos olvidados cuando encontró el expediente 17.

Leyó los informes, las autopsias, las entrevistas.

Entonces notó algo que nadie había señalado con claridad.

Los cuatro científicos habían solicitado acceso a los mismos datos días antes de morir.

Datos pertenecientes al proyecto internacional.

El archivista buscó el registro de ese archivo.

No existía.

Ni en servidores, ni en respaldos, ni en registros administrativos.

Como si alguien lo hubiera borrado antes de que pudiera ser consultado.

El archivista escribió una nota breve en el margen del expediente:

Motivo probable de los homicidios.”

Luego cerró la carpeta y la devolvió al estante.

El caso sigue abierto.

Nadie ha podido demostrar que se tratara de asesinatos.

Pero tampoco nadie ha podido explicar por qué, después de esas cuatro muertes, el proyecto fue cancelado para siempre.

Invitación: https://eldemiurgodehurlingham.blogspot.com/

sábado, 7 de marzo de 2026

El Pacto

 



Te amé como un hombre ama a una mujer a la que nunca toca: solo le escribe, tiene pequeñas fotografías de ella. Nuestro amor no era un asunto de cuerpos, sino de caligrafía y esperas. Durante años, nos enviamos sobres que cruzaban el océano cargados de confesiones que jamás nos atreveríamos a decir en voz alta. Yo conocía el ritmo de tu pensamiento, la curva de tu letra «g» y el grano de las tres únicas fotografías que me habías enviado; las guardaba en mi cartera como quien custodia un fragmento del Arca de la Alianza. Habíamos jurado, en un pacto tácito de supervivencia emocional, que el papel era nuestro único territorio seguro. Sabíamos que la piel es traicionera, que el aliento envejece y que la mirada directa puede marchitar el misterio.

Pero el destino no entiende de metáforas. Aquella noche, en esa fiesta a la que ninguno quería ir, el azar movió sus hilos con una crueldad geométrica. Alguien pronunció mi nombre y, al girarme, el mundo de papel se incendió. Allí estabas tú. No eras la imagen estática de mis retratos de sepia, sino un volumen tridimensional que ocupaba un espacio físico, que desplazaba el aire, que olía a algo tan terrenal como el perfume y el vino.

Cuando el anfitrión nos presentó con una ligereza insultante, como si fuéramos dos desconocidos, el pánico me inmovilizó. No supe qué hacer con mis manos; me parecieron apéndices inútiles, torpes herramientas de carne que no tenían permiso para rozar la divinidad que yo mismo había construido. Me pareció una falta de respeto absoluta que fueras real, que tuvieras poros, que parpadearas. En ese instante, comprendí que prefería tu ausencia escrita a tu presencia sólida, porque la mujer que yo amaba no podía ser tocada sin romperse.

viernes, 27 de febrero de 2026

La coma

Dedicado a CGGH

Después de seleccionar la premisa formal, el guionista se dispuso a escribir las acciones subordinadas de su historia, pero el personaje principal pereció por causa de una coma criminal que se escabulló en el texto.

 

sábado, 21 de febrero de 2026

Nadie, según consta

 


Lo dijo sin levantar la voz, como quien dicta una verdad administrativa:

—El problema contigo es que hablas como si fueras alguien; luego descubren que no eres nadie y se decepcionan.

Asentió. Al día siguiente, cuando desapareció de todos los registros, las alarmas se activaron, los noticieros interrumpieron la programación y el país entero preguntó por él.

Nadie supo explicar cómo la ausencia de un don nadie podía dejarlo todo en ruinas.

viernes, 13 de febrero de 2026

El trámite

 



FUNCIONARIO
—Firme aquí.

HOMBRE
—¿Para qué?

FUNCIONARIO
—Para continuar.

HOMBRE
—¿Continuar qué?

FUNCIONARIO
—Lo que ya empezó.

(Pausa. El Hombre firma.)

HOMBRE
—¿Y ahora?

FUNCIONARIO
—Ahora debe esperar.

HOMBRE
—¿Cuánto?

FUNCIONARIO
—Eso depende de usted.

HOMBRE
—¿De mí?

FUNCIONARIO
—De que deje de preguntar.

(Pausa larga.)

HOMBRE
—¿Puedo irme?

FUNCIONARIO
—Desde luego.
(Pausa)
Pero entonces tendría que empezar.

viernes, 6 de febrero de 2026

Antes de salir



Cuando terminó la visita, se despidieron de los dueños de la casa. Por el entusiasmo de la tía soltera y fisgona, cayeron en la cuenta de que los dos caminaban hacia la salida muy juntos, como en los primeros galanteos y en los pasos iniciales de un romance: las manos se buscan sin atreverse del todo, los brazos se rozan y las miradas se encuentran en silencio.

Nadie quiso romper el momento. La tía sonrió con malicia; los dueños intercambiaron una mirada cómplice.

Solo al cerrar la puerta recordaron —demasiado tarde— que habían llegado así, tomados de la mano, para acompañarse al entierro del marido de ella.