Toda época
desarrolla sus propios mecanismos para proteger el gusto. No solo elegimos qué
leer; también levantamos defensas contra aquello que amenaza con alterar
nuestras certezas estéticas. Hay quienes desconfían de determinados géneros;
otros rehúyen ciertas corrientes o modas literarias. Existen incluso quienes
deciden abstenerse, casi por principio, de acercarse a los escritores de su
propio tiempo, como si la contemporaneidad fuera un inconveniente que el paso
de los años habrá de corregir.
Hace poco
asistimos al anuncio de quien declaraba, palabras más, palabras menos, su
decisión de abstenerse de comprar novedades editoriales, especialmente cuando
se trataba de autores contemporáneos aún desconocidos, para concentrar su
tiempo y sus recursos en la lectura de los clásicos. La decisión, considerada
aisladamente, puede parecer razonable. Nadie está obligado a seguir el ritmo
vertiginoso de la industria editorial ni a convertir la compra de libros en una
forma de consumo compulsivo. Sin embargo, cuando esa abstención deja de ser una
elección práctica y comienza a presentarse como un criterio estético, el asunto
adquiere otro significado.
La abstención
opera entonces como una verdadera profilaxis del gusto. No se trata ya de
administrar mejor el tiempo o el dinero, sino de inmunizar el juicio frente a
la incertidumbre de la literatura viva. Se presupone que el presente constituye
un territorio sospechoso, mientras que el pasado ofrece la tranquilidad de lo
ya probado. La obra contemporánea comparece bajo sospecha; el clásico, en
cambio, llega precedido por el aval de generaciones enteras.
Sin embargo,
el gusto no se fortalece únicamente por aquello que confirma sus preferencias.
También madura cuando acepta el riesgo de enfrentarse a lo incierto. Leer
consiste, en buena medida, en exponerse a la posibilidad del error. Quien
pretende eliminar por completo ese riesgo quizá preserve la comodidad de sus
convicciones, pero difícilmente conservará intacta la capacidad de asombro.
Nadie
discute la necesidad de leer a los clásicos. Ellos constituyen la memoria viva
de la literatura; en sus páginas persisten las preguntas esenciales de la
condición humana y las formas que el lenguaje ha encontrado para nombrarlas.
Toda formación literaria seria pasa, inevitablemente, por ese diálogo con las
grandes obras.
Pero una
cosa es dialogar con los clásicos y otra muy distinta convertirlos en un
refugio. Los clásicos no fueron escritos para clausurar el porvenir, sino para
ensancharlo. Su grandeza consiste precisamente en seguir interrogando a
lectores de épocas distintas. No son cómodos por naturaleza; cómoda puede
llegar a ser la lectura que hacemos de ellos cuando el consenso histórico
reemplaza el esfuerzo del juicio personal.
Existe una
diferencia profunda entre acudir al canon para comprender mejor la literatura
contemporánea y utilizar el canon para descalificarla de antemano. En el primer
caso, la tradición ilumina el presente; en el segundo, lo oscurece. El canon
deja entonces de ser una conversación entre generaciones para convertirse en
una frontera.
Hay una
comodidad silenciosa en preferir el mármol pulido de los panteones literarios
al barro fresco donde todavía se modelan las obras de nuestro tiempo. No porque
el presente sea necesariamente superior al pasado, sino porque enfrentarlo
exige una responsabilidad que ningún manual puede asumir por nosotros. Ante un
autor contemporáneo no existe la tranquilidad del veredicto histórico. El
lector debe ejercer su propio criterio y aceptar la posibilidad de equivocarse.
Quizá por
eso algunos prefieren esperar. Confían en que el tiempo haga por ellos el
trabajo de discernimiento. Sin advertirlo, delegan en las generaciones futuras
una tarea que también pertenece a la sensibilidad del presente. Sin embargo, el
canon nunca fue una lista previa de certezas. Es, más bien, el resultado de
innumerables lecturas, desacuerdos y descubrimientos que solo el tiempo
consigue decantar.
Todo clásico
fue, antes de convertirse en patrimonio de la tradición, una apuesta incierta.
También fue un contemporáneo. Esa prevención frente a la literatura
contemporánea suele hacerse aún más severa cuando el autor publica desde la
independencia editorial o mediante la autopublicación. Con frecuencia se
supone, aunque rara vez se diga de manera explícita, que la ausencia de un gran
sello constituye un indicio de inferioridad estética, como si la calidad de una
obra pudiera deducirse de la magnitud de la empresa que la respalda. El
prestigio editorial termina sustituyendo, sin advertirlo, el ejercicio de la
lectura.
Olvidamos
entonces una verdad tan sencilla como decisiva: todos los clásicos fueron
alguna vez escritores contemporáneos. Ninguno nació revestido de autoridad.
Todos fueron desconocidos para la inmensa mayoría de sus primeros lectores;
todos escribieron sin saber si el tiempo los absolvería o los condenaría al
olvido. La historia de la literatura no fue edificada únicamente desde las instituciones,
sino también desde la obstinación de autores que trabajaron en los márgenes,
financiaron sus propias ediciones, soportaron la indiferencia de sus
contemporáneos o fueron reconocidos cuando ya no podían celebrarlo.
En un
mercado donde la visibilidad suele depender tanto de estrategias comerciales
como de criterios literarios, la edición independiente deja de ser únicamente
el refugio de quienes no encontraron cabida en los grandes catálogos. Puede
convertirse, también, en un espacio de libertad creadora, donde la obra
comparece ante el lector sin otro privilegio que su propia capacidad para
sostenerse.
Pero
conviene desconfiar del entusiasmo ingenuo. La independencia editorial tampoco
constituye un certificado de excelencia. Publicar al margen de los grandes
sellos no vuelve mejor a un escritor, del mismo modo que el respaldo de una
editorial prestigiosa no garantiza la perdurabilidad de una obra. La
legitimidad literaria continúa dependiendo del rigor con que el autor trabaja
su lenguaje, de la severidad con que revisa su escritura y de la honestidad con
que reconoce sus propias insuficiencias. La intemperie no redime la
mediocridad; simplemente permite que una voz pueda ser escuchada sin pedir
permiso antes de existir.
La
literatura no necesita menos exigencia, sino más. Lo que cambia no es el nivel
de rigor, sino el lugar desde donde ese rigor comienza a ejercerse. Ningún
sello editorial, ninguna campaña publicitaria y ningún premio pueden reemplazar
el trabajo silencioso mediante el cual una obra conquista su propia necesidad.
Toda
tradición literaria necesita lectores atentos y críticos exigentes. Sin ellos,
las obras perderían buena parte del diálogo que las mantiene vivas. La crítica
auténtica no consiste en dictar sentencias anticipadas, sino en acompañar el
difícil ejercicio de comprender una obra antes de juzgarla. Su autoridad nace
de la lectura, no del prejuicio.
Sin embargo,
existe una diferencia decisiva entre quien examina la lid y quien acepta entrar
en ella. El espectador posee la ventaja de la distancia; el creador asume el
riesgo de la exposición. Ninguna obra nace protegida por el consenso. Toda
escritura comienza siendo vulnerable.
Publicar,
especialmente desde la independencia, significa aceptar esa vulnerabilidad.
Significa admitir que el libro será leído, discutido, rechazado,
malinterpretado o, quizá, olvidado. Ninguna de esas posibilidades invalida el
acto de escribir. Al contrario: constituye la condición misma de una literatura
que aspira a dialogar con otros seres humanos y no únicamente con la
tranquilidad de un cajón cerrado.
Hay quienes
esperan a que el tiempo decida qué merece ser leído. Otros aceptan convivir con
la incertidumbre del presente. Ninguna de las dos actitudes garantiza el
acierto. Pero solo la segunda participa activamente en la construcción de la
tradición. Porque el canon no desciende terminado sobre las bibliotecas: se
forma gracias a miles de lectores que, antes de conocer el veredicto de la
historia, se atrevieron a leer por cuenta propia.
Quizá por
eso convenga desconfiar de toda profilaxis del gusto frente al presente. No
porque todo lo nuevo sea valioso, ni porque toda obra independiente merezca
reconocimiento, sino porque ninguna creación digna de ese nombre debería ser
descartada antes de haber sido leída. Toda gran literatura fue, antes que
patrimonio de la tradición, una incógnita del presente.
El tiempo seguirá pronunciando el último veredicto. Pero la responsabilidad de leer pertenece siempre al presente. Renunciar de antemano a esa responsabilidad equivale a delegar el propio juicio en una posteridad que nunca leerá por nosotros. Tal vez el mayor riesgo para el gusto no consista en equivocarse al abrir un libro nuevo, sino en perder la oportunidad de descubrir, mientras todavía es nuestro contemporáneo, a un escritor destinado a sobrevivirnos.

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