NO COPIES, SÉ AUTÉNTICO

sábado, 4 de julio de 2026

La inmunidad del espectador y la intemperie del creador

 



Todo clásico fue, alguna vez, un contemporáneo.

 

Toda época desarrolla sus propios mecanismos para proteger el gusto. No solo elegimos qué leer; también levantamos defensas contra aquello que amenaza con alterar nuestras certezas estéticas. Hay quienes desconfían de determinados géneros; otros rehúyen ciertas corrientes o modas literarias. Existen incluso quienes deciden abstenerse, casi por principio, de acercarse a los escritores de su propio tiempo, como si la contemporaneidad fuera un inconveniente que el paso de los años habrá de corregir.

Hace poco asistimos al anuncio de quien declaraba, palabras más, palabras menos, su decisión de abstenerse de comprar novedades editoriales, especialmente cuando se trataba de autores contemporáneos aún desconocidos, para concentrar su tiempo y sus recursos en la lectura de los clásicos. La decisión, considerada aisladamente, puede parecer razonable. Nadie está obligado a seguir el ritmo vertiginoso de la industria editorial ni a convertir la compra de libros en una forma de consumo compulsivo. Sin embargo, cuando esa abstención deja de ser una elección práctica y comienza a presentarse como un criterio estético, el asunto adquiere otro significado.

La abstención opera entonces como una verdadera profilaxis del gusto. No se trata ya de administrar mejor el tiempo o el dinero, sino de inmunizar el juicio frente a la incertidumbre de la literatura viva. Se presupone que el presente constituye un territorio sospechoso, mientras que el pasado ofrece la tranquilidad de lo ya probado. La obra contemporánea comparece bajo sospecha; el clásico, en cambio, llega precedido por el aval de generaciones enteras.

Sin embargo, el gusto no se fortalece únicamente por aquello que confirma sus preferencias. También madura cuando acepta el riesgo de enfrentarse a lo incierto. Leer consiste, en buena medida, en exponerse a la posibilidad del error. Quien pretende eliminar por completo ese riesgo quizá preserve la comodidad de sus convicciones, pero difícilmente conservará intacta la capacidad de asombro.

Nadie discute la necesidad de leer a los clásicos. Ellos constituyen la memoria viva de la literatura; en sus páginas persisten las preguntas esenciales de la condición humana y las formas que el lenguaje ha encontrado para nombrarlas. Toda formación literaria seria pasa, inevitablemente, por ese diálogo con las grandes obras.

Pero una cosa es dialogar con los clásicos y otra muy distinta convertirlos en un refugio. Los clásicos no fueron escritos para clausurar el porvenir, sino para ensancharlo. Su grandeza consiste precisamente en seguir interrogando a lectores de épocas distintas. No son cómodos por naturaleza; cómoda puede llegar a ser la lectura que hacemos de ellos cuando el consenso histórico reemplaza el esfuerzo del juicio personal.

Existe una diferencia profunda entre acudir al canon para comprender mejor la literatura contemporánea y utilizar el canon para descalificarla de antemano. En el primer caso, la tradición ilumina el presente; en el segundo, lo oscurece. El canon deja entonces de ser una conversación entre generaciones para convertirse en una frontera.

Hay una comodidad silenciosa en preferir el mármol pulido de los panteones literarios al barro fresco donde todavía se modelan las obras de nuestro tiempo. No porque el presente sea necesariamente superior al pasado, sino porque enfrentarlo exige una responsabilidad que ningún manual puede asumir por nosotros. Ante un autor contemporáneo no existe la tranquilidad del veredicto histórico. El lector debe ejercer su propio criterio y aceptar la posibilidad de equivocarse.

Quizá por eso algunos prefieren esperar. Confían en que el tiempo haga por ellos el trabajo de discernimiento. Sin advertirlo, delegan en las generaciones futuras una tarea que también pertenece a la sensibilidad del presente. Sin embargo, el canon nunca fue una lista previa de certezas. Es, más bien, el resultado de innumerables lecturas, desacuerdos y descubrimientos que solo el tiempo consigue decantar.

Todo clásico fue, antes de convertirse en patrimonio de la tradición, una apuesta incierta. También fue un contemporáneo. Esa prevención frente a la literatura contemporánea suele hacerse aún más severa cuando el autor publica desde la independencia editorial o mediante la autopublicación. Con frecuencia se supone, aunque rara vez se diga de manera explícita, que la ausencia de un gran sello constituye un indicio de inferioridad estética, como si la calidad de una obra pudiera deducirse de la magnitud de la empresa que la respalda. El prestigio editorial termina sustituyendo, sin advertirlo, el ejercicio de la lectura.

Olvidamos entonces una verdad tan sencilla como decisiva: todos los clásicos fueron alguna vez escritores contemporáneos. Ninguno nació revestido de autoridad. Todos fueron desconocidos para la inmensa mayoría de sus primeros lectores; todos escribieron sin saber si el tiempo los absolvería o los condenaría al olvido. La historia de la literatura no fue edificada únicamente desde las instituciones, sino también desde la obstinación de autores que trabajaron en los márgenes, financiaron sus propias ediciones, soportaron la indiferencia de sus contemporáneos o fueron reconocidos cuando ya no podían celebrarlo.

En un mercado donde la visibilidad suele depender tanto de estrategias comerciales como de criterios literarios, la edición independiente deja de ser únicamente el refugio de quienes no encontraron cabida en los grandes catálogos. Puede convertirse, también, en un espacio de libertad creadora, donde la obra comparece ante el lector sin otro privilegio que su propia capacidad para sostenerse.

Pero conviene desconfiar del entusiasmo ingenuo. La independencia editorial tampoco constituye un certificado de excelencia. Publicar al margen de los grandes sellos no vuelve mejor a un escritor, del mismo modo que el respaldo de una editorial prestigiosa no garantiza la perdurabilidad de una obra. La legitimidad literaria continúa dependiendo del rigor con que el autor trabaja su lenguaje, de la severidad con que revisa su escritura y de la honestidad con que reconoce sus propias insuficiencias. La intemperie no redime la mediocridad; simplemente permite que una voz pueda ser escuchada sin pedir permiso antes de existir.

La literatura no necesita menos exigencia, sino más. Lo que cambia no es el nivel de rigor, sino el lugar desde donde ese rigor comienza a ejercerse. Ningún sello editorial, ninguna campaña publicitaria y ningún premio pueden reemplazar el trabajo silencioso mediante el cual una obra conquista su propia necesidad.

Toda tradición literaria necesita lectores atentos y críticos exigentes. Sin ellos, las obras perderían buena parte del diálogo que las mantiene vivas. La crítica auténtica no consiste en dictar sentencias anticipadas, sino en acompañar el difícil ejercicio de comprender una obra antes de juzgarla. Su autoridad nace de la lectura, no del prejuicio.

Sin embargo, existe una diferencia decisiva entre quien examina la lid y quien acepta entrar en ella. El espectador posee la ventaja de la distancia; el creador asume el riesgo de la exposición. Ninguna obra nace protegida por el consenso. Toda escritura comienza siendo vulnerable.

Publicar, especialmente desde la independencia, significa aceptar esa vulnerabilidad. Significa admitir que el libro será leído, discutido, rechazado, malinterpretado o, quizá, olvidado. Ninguna de esas posibilidades invalida el acto de escribir. Al contrario: constituye la condición misma de una literatura que aspira a dialogar con otros seres humanos y no únicamente con la tranquilidad de un cajón cerrado.

Hay quienes esperan a que el tiempo decida qué merece ser leído. Otros aceptan convivir con la incertidumbre del presente. Ninguna de las dos actitudes garantiza el acierto. Pero solo la segunda participa activamente en la construcción de la tradición. Porque el canon no desciende terminado sobre las bibliotecas: se forma gracias a miles de lectores que, antes de conocer el veredicto de la historia, se atrevieron a leer por cuenta propia.

Quizá por eso convenga desconfiar de toda profilaxis del gusto frente al presente. No porque todo lo nuevo sea valioso, ni porque toda obra independiente merezca reconocimiento, sino porque ninguna creación digna de ese nombre debería ser descartada antes de haber sido leída. Toda gran literatura fue, antes que patrimonio de la tradición, una incógnita del presente.

El tiempo seguirá pronunciando el último veredicto. Pero la responsabilidad de leer pertenece siempre al presente. Renunciar de antemano a esa responsabilidad equivale a delegar el propio juicio en una posteridad que nunca leerá por nosotros. Tal vez el mayor riesgo para el gusto no consista en equivocarse al abrir un libro nuevo, sino en perder la oportunidad de descubrir, mientras todavía es nuestro contemporáneo, a un escritor destinado a sobrevivirnos.

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