Felipe Ossa dejó el sobre con los cien mil pesos
sobre el escritorio del inspector de policía. El agente lo miró con una mezcla
de bostezo y una chispa de severidad. —Otra vez usted, señor… Es el cuarto hallazgo
este mes. Va para una marca de santidad.
—Es que uno es pobre, inspector, pero no ladrón
—respondió Felipe con el guion bien ensayado.
Le dieron su respectivo vale de comida y el diploma
de «Buen Ciudadano». Al salir, Felipe Ossa caminó por la carrera 9 Bis donde lo
esperaba un auto de vidrios polarizados. La ventanilla bajó apenas unos
centímetros.
—¿Lo has entregado todo? —preguntó una voz de seda.
—Hasta el último peso, don Valentín. La policía ya hizo el acta de hallazgo y
mi declaración de «buen samaritano».
El hombre del coche le tendió un billete de cincuenta. —Buen trabajo. No hay mejor forma de blanquear dinero que hacerlo pasar por las manos de un muerto de hambre honesto. La policía jamás investiga el origen de lo que un pobre devuelve por «mera conciencia».

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