El perro se llamaba Coronel. Vivía atado a un poste, detrás de la cocina. Era negro, de gran tamaño, de ojos amarillos atentos. Enseñaba los dientes a los extraños como quien cumple una tarea antigua. Cada día recibía un plato abundante de sopa de maíz con vísceras, que comía despacio, sin levantar la mirada.
Nunca rompió la cadena, aunque podía. Nunca atacó sin razón. En él, la fuerza no humillaba ni la valentía buscaba sangre: tenía todas las virtudes del hombre y ninguno de sus vicios.
Los viejos murieron. La casa quedó vacía. Nadie soltó al perro guardián. Podía romper la cadena. No lo hizo. Podía morder. No lo hizo. Podía irse. No lo hizo. Coronel siguió cuidando la casa.
La cadena también.
Fiel a su misión, con o sin mando.
ResponderBorrarSaludos.
Me recuerda al relato "Soñé que estaba preso" de Benedetti. Ambos muestran cómo alguien puede tener fuerza o libertad para cambiar pero permanece atado a su rutina sin ofrecer resistencia, una resistencia que nace en la mente, que es la peor de las resistencias porque anula completamente la voluntad sin ser advertida.
ResponderBorrarComo siempre un microrrelato excelente.
SAludos.
El perro también es un animal de costumbres. Como el amo.
ResponderBorrarEsta sana vi una peli en que el prota (Darín) se deja morir porque no quiere quimioterapia,. Su principal preocupación es qué pasará con su perro. Pensé que el perro moriría también ( porque el amo se paredes al perro) pero no acaba así. Se lo endosa al amigo.
Abrazooo
Llegaron, o volvieron, los hijos, los nietos, y sobre sus huesos de Coronel se construyó el mundo del futuro.
ResponderBorrarSaludos,
J.