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viernes, 1 de mayo de 2026

El veredicto del cartón



Tras leer el informe de la Universidad de Colorado, Aurelio no vio un rollo de papel, sino un nido de seis mil francotiradores microscópicos. Con pulso de cirujano, giró el borde hacia afuera para que la cascada de celulosa cayera libre de la pared infecta. Como toque final de ahorro y seguridad, aplastó el cilindro hasta convertirlo en un óvalo rígido que se negaba a girar.

Orgulloso de su victoria sobre los estafilococos, tiró con fuerza para obtener su merecido cuadrado higiénico. Pero el papel, frenado por el aplastamiento que él mismo había diseñado, no rodó. El soporte cedió, el portarrollos se desprendió de la pared y Aurelio, en su afán por evitar la bacteria, terminó en urgencias con el cráneo fracturado por el impacto del mármol. Al final, no fue la Escherichia coli la que acabó con él, sino la impecable geometría de su propia paranoia.

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