El mapa amaneció distinto, aunque nadie había
movido fronteras. En las pantallas, un hombre sonreía y hablaba de conquistar,
no de adquirir; de dominar, no de proteger. Mencionaba seguridad, rutas
nuevas bajo el hielo, minerales que —decía— salvarían al mundo.
En Groenlandia, el hielo se abría como un archivo
antiguo. En Canadá, los bosques escuchaban palabras que ya conocían. No hubo
invasión: llegaron contratos, bases «temporales», banderas sin himno.
La gente siguió su vida. El mar aprendió nuevos
nombres. Cuando cayó el primer misil, los mapas ya no importaban: el territorio
había sido conquistado mucho antes, palabra por palabra.

Duele la verdad.
ResponderBorrarUn abrazo.
El dolor es inevitable, pero nuestra actitud no puede ser opcional. Un abrazo. Gracias por la visita.
ResponderBorrar