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jueves, 21 de mayo de 2026

El peso de los astros



Hiparco pasó la mitad de su vida calibrando telescopios, buscando en la infinitud del cielo nocturno una respuesta que justificara su tremenda pequeñez. Decía que mirar el firmamento era una forma de cartografiar el olvido. Anotaba órbitas, medía el brillo agonizante de supernovas extintas hacía milenios y se obsesionaba con el vacío insondable que separaba un destello de otro. Para él, la belleza solo existía en lo inalcanzable.

La ceguera llegó sin dramatismo, como un crepúsculo lento que terminó por borrar los anillos de Saturno y las nubes de Magallanes. Con el universo cancelado tras sus párpados, Hiparco se recluyó en el patio trasero de su casa, convencido de que su existencia carecía de coordenadas.

Fue un martes de otoño cuando el orden de sus cosmos particulares cambió. Al tropezar cerca del pozo, cayó de manos sobre la tierra húmeda. Presionó las palmas contra el suelo para incorporarse, pero se detuvo. Entre sus dedos abiertos se erguía una pequeña comunidad de briznas de hierba.

 Al principio solo sintió el frío del rocío. Luego, al deslizar las yemas con la delicadeza de quien limpia una lente óptica, percibió la arquitectura de una sola hoja: las nervaduras perfectas que distribuían la savia, la curvatura exacta que desafiaba a la gravedad, la persistencia ciega de la clorofila abriéndose paso hacia una luz que él ya no podía ver.

Cerró los ojos con más fuerza, conteniendo el aliento. En la simetría de esa minúscula estructura vegetal descifró la misma geometría sagrada que gobierna el giro de las galaxias. La brizna no imitaba al universo; lo contenía. Aquella materia verde y callada realizaba el mismo esfuerzo monumental para existir que la estrella más colosal del firmamento.

Hiparco sonrió en la oscuridad. Ya no necesitaba mirar hacia arriba. Sentado en el lodo, supo que el camino recorrido por los astros terminaba, con idéntica gloria, justo debajo de sus manos.

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