NO COPIES, SÉ AUTÉNTICO

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sábado, 28 de marzo de 2026

El obsequio de la virtud

 


Felipe Ossa dejó el sobre con los cien mil pesos sobre el escritorio del inspector de policía. El agente lo miró con una mezcla de bostezo y una chispa de severidad. —Otra vez usted, señor… Es el cuarto hallazgo este mes. Va para una marca de santidad.

—Es que uno es pobre, inspector, pero no ladrón —respondió Felipe con el guion bien ensayado.

Le dieron su respectivo vale de comida y el diploma de «Buen Ciudadano». Al salir, Felipe Ossa caminó por la carrera 9 Bis donde lo esperaba un auto de vidrios polarizados. La ventanilla bajó apenas unos centímetros.

—¿Lo has entregado todo? —preguntó una voz de seda. —Hasta el último peso, don Valentín. La policía ya hizo el acta de hallazgo y mi declaración de «buen samaritano».

El hombre del coche le tendió un billete de cincuenta. —Buen trabajo. No hay mejor forma de blanquear dinero que hacerlo pasar por las manos de un muerto de hambre honesto. La policía jamás investiga el origen de lo que un pobre devuelve por «mera conciencia».

sábado, 9 de noviembre de 2019

Revelación




Luego de haberse llevado a la boca un trozo de pandebono acompañado con el primer sorbo de café caliente, mi madre anunció que había soñado con mi padre. Cuando menos pensé, me entregó un billete de cinco pesos. Al recibírselo, noté que el billete estaba perforado en toda la mitad. Cuando quise preguntarle qué significaba eso, él comenzó a murmurar algo incomprensible.
Un nuevo pedazo de aquel alimento con sabor y aroma a queso tomó, y solo cuando estuvo segura de haberlo engullido, quiso proseguir, pero la prima Etelvina se lo impidió al estallar en risa después de decirle que la viuda hasta en sueños se encuentra con su primer amor. Vos tan vieja y todavía con esas pendejadas, le refutó a la mujer que no paraba de reír. Bueno mamá, termine... Pues ya se lo dije mijo, cuando menos pensé, su papá tenía los ojos con una luz especial. ¿Estás llorando?, le pregunté. Sí, él estaba llorando, de verdad. Repitió como si no le creyéramos.

Esta vez fue un sonoro sorbo de café que se anticipó a sus recuerdos dejándonos con más incertidumbre de lo logrado con su recuento. Lloró en principio y gimoteaba sin respirar y sin contener los mocos que intentaba contener pasando la mano sobre su estrecha nariz. ¿Que por qué lloraba? Pues mijo, yo creo que fue porque le entregó a usted setenta mil pesos de lo que que le había correspondido a su papá por la venta de la casa donde vivió con los hermanos. Pero pensándolo bien, él tenía que ponerse así porque nunca llegó a darle nada a usted, y si le dio algo, fue por mi mamá que lo recriminaba por no haberle dado tan siquiera su apellido.

Mi corazón se ablandó con esa revelación. Los dos estamos en paz.