El hombre llevaba horas frente al computador. La
pantalla seguía blanca. Primero probó con disciplina: espalda recta, manos
sobre el teclado, la voluntad como un martillo. Nada.
Luego intentó con paciencia: cruzó los brazos, miró el techo, dejó que el
silencio trabajara por él. Tampoco.
Encendió un cigarrillo imaginario —porque había
dejado de fumar hacía años— y estiró los brazos hacia el teclado como quien
empuja una puerta cerrada. Las palabras no salieron. Entonces comenzó el ruido.
No afuera: dentro. Un zumbido espeso de pensamientos, recuerdos, frases a medio
hacer. Pronto el ruido se volvió una maraña negra que parecía crecerle dentro
del cráneo. El hombre se tomó la cabeza con las manos.
—No puede ser tan difícil —murmuró.
La maraña creció, pesada, oscura, como una nube
cargada de tormenta. El hombre bajó la cabeza sobre el escritorio, vencido. Y
fue entonces cuando alguien lo abrazó. Al principio creyó que era un recuerdo.
Un calor suave rodeándole los hombros. Un perfume antiguo, apenas dulce.
Levantó un poco la cabeza, confundido. No vio a nadie. Pero los brazos seguían
allí.
Eran tibios, protectores. Como si alguien lo
sostuviera desde otro lado del aire. El hombre cerró los ojos y dejó que el
abrazo lo envolviera. Cuando volvió a sentarse derecho, la maraña negra había
desaparecido. Una figura traslúcida —rosada, delicada— se inclinó junto a su
oído. No hablaba: respiraba palabras. Y él comenzó a escribir.
Las frases fluían rápidas, ligeras. Historias
completas nacían en su mente antes de tocar el teclado. El hombre sonreía, casi
agradecido, mientras la figura le susurraba ideas. Durante horas escribieron
juntos. Cuando terminó el relato, el hombre suspiró satisfecho. La figura se
apartó un poco y lo miró con ternura.
—Gracias —dijo él al aire.
Ella sonrió. Luego miró el texto en la pantalla.
Lo leyó lentamente. Cuando llegó al final, su expresión cambió. Una sombra leve
cruzó su rostro transparente. Porque el cuento que el hombre acababa de
escribir llevaba por título:
«La mujer que murió
esperando que alguien contara su historia.»
Y en la última línea se leía: «Nadie la
escuchó jamás.»
La figura suspiró con tristeza. Después volvió a
inclinarse sobre el hombre. Y siguió dictándole.

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