NO COPIES, SÉ AUTÉNTICO

sábado, 18 de abril de 2026

Detenida

 


Quedé atrapada antes de doblar la esquina. La fila de carros no avanzaba y al principio pensé que se trataba del semáforo o de un choque menor. Luego escuché los gritos. No eran gritos de pelea, sino voces reunidas en una sola exigencia. Apagué la radio.

Delante de mí la calle estaba tomada por trabajadores con pancartas, banderas y chalecos de sindicato. Algunos levantaban carteles escritos a mano; otros repetían consignas con una disciplina que me sorprendió. Leí frases sobre salarios, despidos, derechos incumplidos. Yo había visto esas palabras en titulares o en informes, pero nunca tan cerca, dichas por personas de carne y cansancio.

No podía avanzar. La multitud llenaba toda la vía. Debí impacientarme. Tenía prisa, una reunión pendiente, llamadas sin responder. Sin embargo, me quedé mirando. Había algo en aquella energía colectiva que desarmaba mis horarios. Observé los rostros sudados, la rabia organizada, la convicción con que algunos sostenían una tela vieja como si sostuvieran el mundo. Entonces lo vi.

Estaba en la acera, quieto, mirando más que gritando. No parecía uno de ellos ni alguien ajeno del todo. Tenía una expresión extraña: como si reconociera en aquella protesta algo antiguo y personal. Nuestros ojos se encontraron. Sentí el impulso absurdo de decirle algo, cualquier cosa, como si ya lo conociera. Creo que murmuré: “No mire desde afuera”. No sé si me oyó.

Se abrió un espacio entre la gente. Arranqué. Mientras me alejaba, el ruido de la protesta siguió conmigo varias cuadras, pegado a los vidrios, entrando por las rendijas del carro. Llegué tarde a la reunión. Cuando me preguntaron por la demora, respondí con la primera excusa que encontré. No dije que, por unos minutos, había visto una ciudad que no sale en los mapas.

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