NO COPIES, SÉ AUTÉNTICO

viernes, 23 de mayo de 2025

Dos almas



El perro, fiel lazarillo, su cola mueve contento al cojo que con su brillo empuja un viejo portento.

Con silbo lo llama, no hay nombre, ni él ni su dueño, solo botellas, cartón y gran empeño.

Al cojín se sube ya, ni la modorra detiene al negro can, sabe de algo en el ambiente:

Un aroma, qué primor, de pan caliente viene por el aire tentador.

El cojo lo busca, no lo halla, nombre no tiene; mas el can negro no falla, con el hombre vuelve.

Trae un pan que una chica siempre le da, can y cojo se miran con gran agrado, el mundo se les abrió.

Son dos sin casi nada... la lealtad es su amada, la cojera un gran engaño.

domingo, 11 de mayo de 2025

Sundigua

 


Hacía buen tiempo, la marea estaba baja. Algunos hombres y mujeres decidieron acercarse al lugar que llamarían Sundigua. Su lucha en altamar parecía haber terminado. Tenían la piel pelada por el sol y el agua salada; pronto el hambre y la sed estarían a punto de saciar. Con los días, se asentaron en un estrecho y le revelaron a la tierra de aquel remoto escollo sus semillas de maíz y yuca. Desde entonces, se sabe que aquel terrón es el desprendimiento de otro mundo en forma de isla.

Por un tiempo, la vida en Sundigua floreció en armonía con la tierra y el mar. Los días eran largos y serenos, y las noches se llenaban con el murmullo de las olas y los cantos de agradecimiento al cielo. Pero esa calma tenía un eco ominoso, como si el viento trajera consigo el susurro de un peligro aún distante.

Un día, mientras los pescadores recogían sus redes y los niños correteaban entre las plantas de yuca, las primeras señales de lo inevitable se asomaron en el horizonte: puntos negros que crecían y se deslizaban sobre el mar como sombras. Primero, fueron confundidos con aves; después, los sundiguas entendieron que eran hombres.

El viento de los acontecimientos cambió de rumbo cuando los extranjeros, encarnados entre las brechas de espuma, desembarcaron con pasos pesados y miradas ávidas. La espesura de sus mechones y la mugre en sus cuerpos no ocultaban la amenaza de sus armas relucientes. Eran Francisco Pizarro y sus hombres, en misión de conquistar el mar del Sur. Los sundiguas, desconcertados, intentaron comunicarse con ellos, pero sus palabras se perdieron en el silencio helado de la fiebre y el hambre que los había traído hasta allí.

Sin pensarlo, los conquistadores desenvainaron sus espadas y, con un movimiento seco, trazaron una línea oscura sobre la arena. Aquella línea dividió no solo el mundo, sino también el destino de los sundiguas. La violencia se desató como una tormenta inesperada, dejando cicatrices en la isla y en los pocos que lograron escapar.

Fue entonces cuando Yundingua, el más sabio de los isleños, convocó las fuerzas ancestrales de la tierra. Con la mirada encendida y una calma profunda, invocó el poder de las criaturas que habitaban los rincones más oscuros de Sundigua. Las serpientes, rápidas y letales, respondieron al llamado. Los conquistadores, confundidos por la fascinación hipnótica de los ojos de Yundingua, cayeron uno a uno, presas de las mordeduras y del miedo.

viernes, 25 de abril de 2025

Los anacronismos

 


El último reloj se detuvo hace décadas. Las manecillas, oxidadas y quebradas, apuntaban a una hora inexistente. Afuera, la ciudad mutaba, rascacielos orgánicos se alzaban hacia un cielo de neón y drones zumbaban como insectos metálicos. Los raros, los que se distancian del tiempo, los que aún preferían el tacto del papel y el susurro de las hojas, los que se negaban a implantar chips y a sincronizar sus mentes con la red global, ellos permanecían. En sus bibliotecas clandestinas, iluminadas por velas, susurraban sobre mundos perdidos y futuros imposibles. La ciencia ficción ya no era un género literario; era el aire que respiraban, la distopía que habitaban. Y ellos, los anacrónicos, los guardianes de lo olvidado, sabían que la única forma de sobrevivir era aferrarse a los ecos del pasado, a las historias que aún contaban con finales abiertos.

sábado, 19 de abril de 2025

El jardín de las incertidumbres

 



Elisa suspiró, observando las rosas negras que florecían en el jardín. «Amor... destino... ¿Qué tonterías son esas?», murmuró, recordando las palabras de su abuela. «Un rehén del destino», había dicho la anciana, dueña de esos ojos que brillaban con una sabiduría inquietante. Elisa siempre había desdeñado esas ideas románticas. Para ella, el amor era un algoritmo, una ecuación que podía resolverse con datos y lógica.

Conoció a Mateo en una conferencia de inteligencia artificial. Él, un programador brillante con una sonrisa que desafiaba cualquier código, parecía la solución perfecta. «Datos compatibles al 98%», decía su aplicación de citas, «personalidad alineada, intereses convergentes...». Mateo era predecible, seguro, un modelo a seguir. Elisa se enamoró de la perfección, de la certeza que él representaba.

«Esto es amor», pensó, «un sistema eficiente, sin errores ni variables inesperadas».

Pero entonces, conoció a Alex. Alex era un caos andante, un artista que pintaba con los pies y hablaba con las manos. Era impredecible, impulsivo, un huracán de emociones. «¡Qué fastidio!», se dijo Elisa, «¡Un desorden total!». Pero, a pesar de su lógica, algo en Alex la atraía, una fuerza misteriosa que desafiaba todas sus ecuaciones.

Una noche, bajo la luz de la luna, Alex le mostró un cuadro. Era un retrato de ella, con los ojos llenos de una tristeza que ella no sabía que tenía. «Veo tu alma, Elisa», dijo él, «veo la belleza que escondes detrás de tus algoritmos».

Elisa sintió un escalofrío. ¿Cómo podía verla así? ¿Cómo podía sentir algo tan profundo, tan irracional? «Esto no tiene sentido», pensó, «no hay lógica, no hay datos...».

Pero entonces, lo entendió. El amor no era una ecuación, sino un lienzo en blanco, una creación constante, un baile entre dos almas que se descubren y se transforman. El amor era el riesgo, la incertidumbre, la libertad de ser uno mismo ante el otro.

Y ahí estaba la vuelta de tuerca: Elisa se dio cuenta de que su búsqueda de certeza la había encerrado en una jaula de algoritmos, impidiéndole experimentar la verdadera esencia del amor. Decidió entonces, dejar de lado las ecuaciones y abrazar el caos, la incertidumbre, la libertad de amar sin límites ni predicciones.

Dejó a Mateo, el hombre perfecto, y se lanzó al jardín de Alex, donde las rosas negras florecían en la oscuridad, revelando una belleza inesperada. «El amor es un riesgo», pensó, sonriendo, «un hermoso y caótico riesgo».

sábado, 12 de abril de 2025

El bucle amargo




El café humeaba, amargo como siempre. La misma discusión matutina flotaba desde la cocina. Otra vez, pensó, la punzada familiar en el pecho. La calle aguardaba, el mismo atasco, la misma emisora radial vomitando las mismas noticias. En la oficina, el mismo correo electrónico exasperante encabezaba la bandeja de entrada. ¿Esto? ¿Otra vez? La pregunta, fría y afilada, se incrustó bajo su piel. Una vida calcada, sin respiro, cada error, cada alegría desvaneciéndose en la repetición infinita. ¿Quería realmente este bucle eterno? La respuesta, un escalofrío helado, se dibujó en el vaho del café. No.

sábado, 5 de abril de 2025

El legado de la pulga

El viento aullaba como un lamento, mordiendo la piel con su frío implacable. Bajo un cielo gris plomizo, la pequeña figura de Lumière yacía inerte dentro de una caja de madera. El gato, compañero silencioso de tantas tardes, había sucumbido ante el raticida.

Con manos temblorosas, cavaron una fosa en el patio trasero, la tierra sobrecogida cedía a duras penas. Las manos temblorosas de Lorraine depositaron la caja con suavidad, como si aún pudieran despertar al felino de su sueño eterno que se mezclaba con el aliento helado del invierno.

Las pulgas, diminutos puntos negros, saltaron del lecho de tierra. Buscando refugio se encontraron con un enemigo más poderoso que el fuego: el frío. Sus cuerpos diminutos se congelaron, cayendo como granos de arena sobre la nevisca.

Pero no todas las pulgas murieron. Una, más astuta y resistente, se refugió en el pelaje del gato, aferrándose con sus diminutas patas. El calor residual del cuerpo del animal, aunque débil, le proporcionó el sustento necesario para sobrevivir. Cuando el sol, tímidamente, comenzó a asomarse entre las nubes, la pulga saltó del cadáver y se adentró en la casa, buscando un nuevo huésped, un nuevo hogar, un nuevo ciclo de vida en el que el frío no la podría alcanzar.

domingo, 30 de marzo de 2025

Cada plasta tiene su cucarrón

 


El sol brillaba con ímpetu aquella mañana, iluminando la figura de doña Alcira, quien se mantenía inmóvil en el umbral de su casa a pesar del efecto abrazador sobre sus pecosos brazos. Su mirada, perdida en el horizonte, se desplazaba lentamente hacia la derecha, como si buscara un recuerdo esquivo en los laberintos de su memoria. Luego, sus ojos claros viraron hacia la izquierda, intentando quizás dar forma a una de sus ingeniosas ocurrencias.

Doña Alcira, alta y de porte jactancioso, era la personificación viva de los antioqueños.  Con la misma mano izquierda que sostenía un cigarrillo humeante, sujetaba su brazo derecho. El cigarro, por momentos, parecía atosigarse por la combustión del tabaco. En la medida que fumaba, esa especie de humo invisible se le pegaba a la piel, se le escondía entre la ropa, en los mechones de su cabello lacio y terminaba aquietándose en los muebles de aquel caserón. Quien entrara a la casa, de inmediato percibía el olor a cigarrillo, así no estuvieran fumando.

Su atención se desvió de la Loma de La Cruz al reconocer a Rosa Elvira, su vecina, una mujer de espíritu alegre y conversador, siempre irradiando vitalidad y energía. Doña Alcira, con su voz ronca, la llamó:

—¡Rosa Elvira vení acá! —le gritó cuando una volqueta pasaba produciendo un ruido de latas degastadas y ensordecedoras.

—Doña Alcira, después le arrimo porque me cogió la tarde, —le respondió arrastrando en forma lenta su hablar.

—Vení te digo, no te vas a demorar.

—Doña Alcira ese ratico de conversa con usted es de horas y la comida no espera.

—¡Ni que tuvieras niño chiquito! Venga mujer le pregunto una cosa:

—A ver doña Alcira ¿qué se le ofrece? —le preguntó la afanada mujer.

—Seguí mujer... Ya los perros mordieron al güevón de mi hermano Augusto, —la invitó doña Alcira que en dos zancadas iba en dirección al patio en tierra donde el olor a humedad, a geranios y árboles frutales eran inevitables.

—¡Doña Alcira dígame para qué soy buena!

—¿Cierto Rosa Elvira que esa hijueputa gallina se parece a mí?

—¿Cuál gallina?

—Esa blanca que está allá comiendo maíz. Mirala bien y decime si no es verdad.

—¡Qué ocurrencias las suyas! Algo me decía que me iba a salir con una de las suyas.

—¡Observala bien Rosa Elvira, date cuenta que tiene las patas largas y secas como las mías. ¡Obsérvale las uñas a esa hijueputa!

—Pero, doña Alcira…

—¡Decime si no es igual a mí! Mirame la bata blanca y sucia que tengo puesta. Ella tiene una igual que yo, solo que el plumaje blanco es el que tiene puesto.

—Doña Alcira ¿de dónde saca usted semejantes ideas?

—¡No preguntés pendejadas Rosa Elvira!, sólo mirá a la cursienta esa que se metió a mi casa… Mirá, mirála Rosa Elvira date cuenta de cómo la rilosa esa me mira, —le susurró a Rosa Elvira— Ella sabe que estamos hablando de ella. Me mira confirmando que de las dos, la más cagada soy yo.

—Mirale el pico… —le insistió a la mujer que no paraba de reír— Esa, si es mucha hijueputa gallina tan fea.

—¡Tiene usted razón doña Alcira! —le confirmó Rosa Elvira asintiendo con movimientos de cabeza, incapaz de parar de reír. Doña Alcira, con el estropeado cigarrillo consumiéndose en su boca repitió:

—¿Si ya sabés lo feas que somos la gallina y yo? Queda demostrado que cada plasta tiene su cucarrón.

—¡Ay doña Alcira! Usted solo ve en ella lo vieja que está, pero lo mejor de todo, es que usted tiene una forma de decir sus ocurrencias. Sólo a usted se le ocurre compararse con esa gallineta.

—¡Alcira otra vez dejaste la puerta de la calle abierta! Siempre lo mismo por estar de bochinchera con cuánta vieja pasa por aquí, —le riñó el cegatón de su hermano desde su aposento.

—Vos cállate gran güevón. Para estar parando la oreja, ahí sí estás listo. Serví de algo, sacá esa hijueputa gallina antes de que los saque a los dos a escobazos de aquí. Ante aquella voz de mando, el hombre quiso atrapar la gallina, pero ésta fue más rápida al salir cacaraqueando de la rancia casa. Doña Alcira siguió con la vista a la gallina que corría acosada por un niño descalzo que intentaba hacerla entrar a su casa. Doña Alcira guardó silencio, tenía una expresión llena de incertidumbre en su rostro.