domingo, 30 de marzo de 2025

Cada plasta tiene su cucarrón

 


El sol brillaba con ímpetu aquella mañana, iluminando la figura de doña Alcira, quien se mantenía inmóvil en el umbral de su casa a pesar del efecto abrazador sobre sus pecosos brazos. Su mirada, perdida en el horizonte, se desplazaba lentamente hacia la derecha, como si buscara un recuerdo esquivo en los laberintos de su memoria. Luego, sus ojos claros viraron hacia la izquierda, intentando quizás dar forma a una de sus ingeniosas ocurrencias.

Doña Alcira, alta y de porte jactancioso, era la personificación viva de los antioqueños.  Con la misma mano izquierda que sostenía un cigarrillo humeante, sujetaba su brazo derecho. El cigarro, por momentos, parecía atosigarse por la combustión del tabaco. En la medida que fumaba, esa especie de humo invisible se le pegaba a la piel, se le escondía entre la ropa, en los mechones de su cabello lacio y terminaba aquietándose en los muebles de aquel caserón. Quien entrara a la casa, de inmediato percibía el olor a cigarrillo, así no estuvieran fumando.

Su atención se desvió de la Loma de La Cruz al reconocer a Rosa Elvira, su vecina, una mujer de espíritu alegre y conversador, siempre irradiando vitalidad y energía. Doña Alcira, con su voz ronca, la llamó:

—¡Rosa Elvira vení acá! —le gritó cuando una volqueta pasaba produciendo un ruido de latas degastadas y ensordecedoras.

—Doña Alcira, después le arrimo porque me cogió la tarde, —le respondió arrastrando en forma lenta su hablar.

—Vení te digo, no te vas a demorar.

—Doña Alcira ese ratico de conversa con usted es de horas y la comida no espera.

—¡Ni que tuvieras niño chiquito! Venga mujer le pregunto una cosa:

—A ver doña Alcira ¿qué se le ofrece? —le preguntó la afanada mujer.

—Seguí mujer... Ya los perros mordieron al güevón de mi hermano Augusto, —la invitó doña Alcira que en dos zancadas iba en dirección al patio en tierra donde el olor a humedad, a geranios y árboles frutales eran inevitables.

—¡Doña Alcira dígame para qué soy buena!

—¿Cierto Rosa Elvira que esa hijueputa gallina se parece a mí?

—¿Cuál gallina?

—Esa blanca que está allá comiendo maíz. Mirala bien y decime si no es verdad.

—¡Qué ocurrencias las suyas! Algo me decía que me iba a salir con una de las suyas.

—¡Observala bien Rosa Elvira, date cuenta que tiene las patas largas y secas como las mías. ¡Obsérvale las uñas a esa hijueputa!

—Pero, doña Alcira…

—¡Decime si no es igual a mí! Mirame la bata blanca y sucia que tengo puesta. Ella tiene una igual que yo, solo que el plumaje blanco es el que tiene puesto.

—Doña Alcira ¿de dónde saca usted semejantes ideas?

—¡No preguntés pendejadas Rosa Elvira!, sólo mirá a la cursienta esa que se metió a mi casa… Mirá, mirála Rosa Elvira date cuenta de cómo la rilosa esa me mira, —le susurró a Rosa Elvira— Ella sabe que estamos hablando de ella. Me mira confirmando que de las dos, la más cagada soy yo.

—Mirale el pico… —le insistió a la mujer que no paraba de reír— Esa, si es mucha hijueputa gallina tan fea.

—¡Tiene usted razón doña Alcira! —le confirmó Rosa Elvira asintiendo con movimientos de cabeza, incapaz de parar de reír. Doña Alcira, con el estropeado cigarrillo consumiéndose en su boca repitió:

—¿Si ya sabés lo feas que somos la gallina y yo? Queda demostrado que cada plasta tiene su cucarrón.

—¡Ay doña Alcira! Usted solo ve en ella lo vieja que está, pero lo mejor de todo, es que usted tiene una forma de decir sus ocurrencias. Sólo a usted se le ocurre compararse con esa gallineta.

—¡Alcira otra vez dejaste la puerta de la calle abierta! Siempre lo mismo por estar de bochinchera con cuánta vieja pasa por aquí, —le riñó el cegatón de su hermano desde su aposento.

—Vos cállate gran güevón. Para estar parando la oreja, ahí sí estás listo. Serví de algo, sacá esa hijueputa gallina antes de que los saque a los dos a escobazos de aquí. Ante aquella voz de mando, el hombre quiso atrapar la gallina, pero ésta fue más rápida al salir cacaraqueando de la rancia casa. Doña Alcira siguió con la vista a la gallina que corría acosada por un niño descalzo que intentaba hacerla entrar a su casa. Doña Alcira guardó silencio, tenía una expresión llena de incertidumbre en su rostro.

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