Qué importa quién soy, ni de dónde vengo ni adónde voy... canta el morocho de caminar empinado.
Va por la calle, al hombro su grabadora. No se detiene, ni pide permisito, todos le ven pasar.
De vestir multicolor, llama la atención. Para bailar el son no se necesita talento, sólo movimiento.
Una cáscara al suelo cayó. El pretencioso no la ve. Grabadora, pañoleta, gafas por el aire van con todo su bembé.
En el pavimento quedó el dolor y el negrito, coco seco, por más que se agarró, dejó demostrado su ritmo bien marcado.
