NO COPIES, SÉ AUTÉNTICO

viernes, 3 de abril de 2026

Domingo


El hombre cargó su cruz por calles vacías; nadie miraba. Al caer, comprendió: no era redención, sino costumbre. Entonces dejó la cruz y volvió a ser invisible otra vez.

sábado, 28 de marzo de 2026

El obsequio de la virtud

 


Felipe Ossa dejó el sobre con los cien mil pesos sobre el escritorio del inspector de policía. El agente lo miró con una mezcla de bostezo y una chispa de severidad. —Otra vez usted, señor… Es el cuarto hallazgo este mes. Va para una marca de santidad.

—Es que uno es pobre, inspector, pero no ladrón —respondió Felipe con el guion bien ensayado.

Le dieron su respectivo vale de comida y el diploma de «Buen Ciudadano». Al salir, Felipe Ossa caminó por la carrera 9 Bis donde lo esperaba un auto de vidrios polarizados. La ventanilla bajó apenas unos centímetros.

—¿Lo has entregado todo? —preguntó una voz de seda. —Hasta el último peso, don Valentín. La policía ya hizo el acta de hallazgo y mi declaración de «buen samaritano».

El hombre del coche le tendió un billete de cincuenta. —Buen trabajo. No hay mejor forma de blanquear dinero que hacerlo pasar por las manos de un muerto de hambre honesto. La policía jamás investiga el origen de lo que un pobre devuelve por «mera conciencia».

sábado, 21 de marzo de 2026

Quien escribe desde la sombra

 


El hombre llevaba horas frente al computador. La pantalla seguía blanca. Primero probó con disciplina: espalda recta, manos sobre el teclado, la voluntad como un martillo. Nada.
Luego intentó con paciencia: cruzó los brazos, miró el techo, dejó que el silencio trabajara por él. Tampoco.

Encendió un cigarrillo imaginario —porque había dejado de fumar hacía años— y estiró los brazos hacia el teclado como quien empuja una puerta cerrada. Las palabras no salieron. Entonces comenzó el ruido. No afuera: dentro. Un zumbido espeso de pensamientos, recuerdos, frases a medio hacer. Pronto el ruido se volvió una maraña negra que parecía crecerle dentro del cráneo. El hombre se tomó la cabeza con las manos.

—No puede ser tan difícil —murmuró.

La maraña creció, pesada, oscura, como una nube cargada de tormenta. El hombre bajó la cabeza sobre el escritorio, vencido. Y fue entonces cuando alguien lo abrazó. Al principio creyó que era un recuerdo. Un calor suave rodeándole los hombros. Un perfume antiguo, apenas dulce. Levantó un poco la cabeza, confundido. No vio a nadie. Pero los brazos seguían allí.

Eran tibios, protectores. Como si alguien lo sostuviera desde otro lado del aire. El hombre cerró los ojos y dejó que el abrazo lo envolviera. Cuando volvió a sentarse derecho, la maraña negra había desaparecido. Una figura traslúcida —rosada, delicada— se inclinó junto a su oído. No hablaba: respiraba palabras. Y él comenzó a escribir.

Las frases fluían rápidas, ligeras. Historias completas nacían en su mente antes de tocar el teclado. El hombre sonreía, casi agradecido, mientras la figura le susurraba ideas. Durante horas escribieron juntos. Cuando terminó el relato, el hombre suspiró satisfecho. La figura se apartó un poco y lo miró con ternura.

—Gracias —dijo él al aire.

Ella sonrió. Luego miró el texto en la pantalla. Lo leyó lentamente. Cuando llegó al final, su expresión cambió. Una sombra leve cruzó su rostro transparente. Porque el cuento que el hombre acababa de escribir llevaba por título:

«La mujer que murió esperando que alguien contara su historia.»

Y en la última línea se leía: «Nadie la escuchó jamás.»

La figura suspiró con tristeza. Después volvió a inclinarse sobre el hombre. Y siguió dictándole.

miércoles, 11 de marzo de 2026

Expediente 17

 


El primer científico murió en su laboratorio una madrugada de octubre. El informe forense habló de un infarto súbito. Nada fuera de lugar: una taza de café frío, una lámpara encendida, una ecuación a medio escribir.

Tres meses después apareció muerto un astrofísico en un hotel durante un congreso internacional. Estaba sentado en la cama, con una libreta sobre las piernas. El dictamen fue idéntico: paro cardíaco.

Luego murió una bióloga evolutiva en su oficina universitaria.

El patrón empezó a inquietar a alguien en la fiscalía.

Tres científicos. Tres muertes limpias. Ninguna señal de violencia.

Y un detalle menor: todos habían sido invitados a participar en el mismo proyecto internacional cuyo contenido permanecía clasificado.

La prensa resolvió el misterio antes que la policía.

—Culto anti ciencia —titularon—. Fanáticos que creen que el conocimiento es una blasfemia.

Aparecieron sospechosos previsibles: predicadores incendiarios, conspiradores profesionales, agitadores de internet. Hubo interrogatorios, registros, un par de arrestos.

Nada.

Mientras tanto murió un cuarto científico: un matemático especializado en modelos predictivos.

La policía revisó su apartamento con paciencia. No encontraron venenos ni señales de intrusión. Solo una pizarra cubierta de símbolos y, al pie, una frase escrita con letra irregular:

“No es un culto.”

El caso empezó a perder atención mediática.

Sin titulares, sin presión pública, el expediente fue adelgazando hasta quedar reducido a una carpeta gris en un archivo judicial.

Años después, un archivista revisaba documentos olvidados cuando encontró el expediente 17.

Leyó los informes, las autopsias, las entrevistas.

Entonces notó algo que nadie había señalado con claridad.

Los cuatro científicos habían solicitado acceso a los mismos datos días antes de morir.

Datos pertenecientes al proyecto internacional.

El archivista buscó el registro de ese archivo.

No existía.

Ni en servidores, ni en respaldos, ni en registros administrativos.

Como si alguien lo hubiera borrado antes de que pudiera ser consultado.

El archivista escribió una nota breve en el margen del expediente:

Motivo probable de los homicidios.”

Luego cerró la carpeta y la devolvió al estante.

El caso sigue abierto.

Nadie ha podido demostrar que se tratara de asesinatos.

Pero tampoco nadie ha podido explicar por qué, después de esas cuatro muertes, el proyecto fue cancelado para siempre.

Invitación: https://eldemiurgodehurlingham.blogspot.com/

sábado, 7 de marzo de 2026

El Pacto

 



Te amé como un hombre ama a una mujer a la que nunca toca: solo le escribe, tiene pequeñas fotografías de ella. Nuestro amor no era un asunto de cuerpos, sino de caligrafía y esperas. Durante años, nos enviamos sobres que cruzaban el océano cargados de confesiones que jamás nos atreveríamos a decir en voz alta. Yo conocía el ritmo de tu pensamiento, la curva de tu letra «g» y el grano de las tres únicas fotografías que me habías enviado; las guardaba en mi cartera como quien custodia un fragmento del Arca de la Alianza. Habíamos jurado, en un pacto tácito de supervivencia emocional, que el papel era nuestro único territorio seguro. Sabíamos que la piel es traicionera, que el aliento envejece y que la mirada directa puede marchitar el misterio.

Pero el destino no entiende de metáforas. Aquella noche, en esa fiesta a la que ninguno quería ir, el azar movió sus hilos con una crueldad geométrica. Alguien pronunció mi nombre y, al girarme, el mundo de papel se incendió. Allí estabas tú. No eras la imagen estática de mis retratos de sepia, sino un volumen tridimensional que ocupaba un espacio físico, que desplazaba el aire, que olía a algo tan terrenal como el perfume y el vino.

Cuando el anfitrión nos presentó con una ligereza insultante, como si fuéramos dos desconocidos, el pánico me inmovilizó. No supe qué hacer con mis manos; me parecieron apéndices inútiles, torpes herramientas de carne que no tenían permiso para rozar la divinidad que yo mismo había construido. Me pareció una falta de respeto absoluta que fueras real, que tuvieras poros, que parpadearas. En ese instante, comprendí que prefería tu ausencia escrita a tu presencia sólida, porque la mujer que yo amaba no podía ser tocada sin romperse.

viernes, 27 de febrero de 2026

La coma

Dedicado a CGGH

Después de seleccionar la premisa formal, el guionista se dispuso a escribir las acciones subordinadas de su historia, pero el personaje principal pereció por causa de una coma criminal que se escabulló en el texto.

 

sábado, 21 de febrero de 2026

Nadie, según consta

 


Lo dijo sin levantar la voz, como quien dicta una verdad administrativa:

—El problema contigo es que hablas como si fueras alguien; luego descubren que no eres nadie y se decepcionan.

Asentió. Al día siguiente, cuando desapareció de todos los registros, las alarmas se activaron, los noticieros interrumpieron la programación y el país entero preguntó por él.

Nadie supo explicar cómo la ausencia de un don nadie podía dejarlo todo en ruinas.

viernes, 13 de febrero de 2026

El trámite

 



FUNCIONARIO
—Firme aquí.

HOMBRE
—¿Para qué?

FUNCIONARIO
—Para continuar.

HOMBRE
—¿Continuar qué?

FUNCIONARIO
—Lo que ya empezó.

(Pausa. El Hombre firma.)

HOMBRE
—¿Y ahora?

FUNCIONARIO
—Ahora debe esperar.

HOMBRE
—¿Cuánto?

FUNCIONARIO
—Eso depende de usted.

HOMBRE
—¿De mí?

FUNCIONARIO
—De que deje de preguntar.

(Pausa larga.)

HOMBRE
—¿Puedo irme?

FUNCIONARIO
—Desde luego.
(Pausa)
Pero entonces tendría que empezar.

viernes, 6 de febrero de 2026

Antes de salir



Cuando terminó la visita, se despidieron de los dueños de la casa. Por el entusiasmo de la tía soltera y fisgona, cayeron en la cuenta de que los dos caminaban hacia la salida muy juntos, como en los primeros galanteos y en los pasos iniciales de un romance: las manos se buscan sin atreverse del todo, los brazos se rozan y las miradas se encuentran en silencio.

Nadie quiso romper el momento. La tía sonrió con malicia; los dueños intercambiaron una mirada cómplice.

Solo al cerrar la puerta recordaron —demasiado tarde— que habían llegado así, tomados de la mano, para acompañarse al entierro del marido de ella.

sábado, 31 de enero de 2026

Protocolo de biometría humana

 



Ella desactivó el blindaje de su traje táctico y desconectó las interfaces neuronales. Las prendas de nanotecnología se retrajeron como una segunda piel, dejando al descubierto los circuitos de neón que recorrían su columna. Ya no era un soldado del Sector 7, ni una base de datos; era solo biomasa y pulsos eléctricos buscando refugio.

Él la recibió sin necesidad de escaneo. En el silencio de la estación orbital, mientras la Tierra brillaba a lo lejos como un diamante roto, comprendieron que ningún software de simulación podría replicar lo que sentían. Se despojaron del metal y el cristal, quedando vestidos únicamente de carbono y ternura.

sábado, 24 de enero de 2026

Palabra por palabra

 



El mapa amaneció distinto, aunque nadie había movido fronteras. En las pantallas, un hombre sonreía y hablaba de conquistar, no de adquirir; de dominar, no de proteger. Mencionaba seguridad, rutas nuevas bajo el hielo, minerales que —decía— salvarían al mundo.

En Groenlandia, el hielo se abría como un archivo antiguo. En Canadá, los bosques escuchaban palabras que ya conocían. No hubo invasión: llegaron contratos, bases «temporales», banderas sin himno.

La gente siguió su vida. El mar aprendió nuevos nombres. Cuando cayó el primer misil, los mapas ya no importaban: el territorio había sido conquistado mucho antes, palabra por palabra.

sábado, 17 de enero de 2026

El viento ya no juega

 



El viento ya no juega:
palpa.

Se mete bajo el vestido
como una mano sin peso,
lo levanta con decisión breve
y deja ver
la prenda mínima
aferrada a su cuerpo,
una franja de tela
que no cubre:
acompaña.

La piel responde.
No hay escándalo,
hay pulso.
El muslo se tensa,
la pierna avanza,
el cuerpo recuerda
que caminar
también es una forma
de ofrecerse al mundo.

La tela sube más de lo justo.
El aire roza,
se demora,
aprende la temperatura
exacta del deseo.
No toca —
pero casi—
y en ese casi
arde todo.

Ella no se detiene.
Deja que el viento haga
lo que sabe hacer:
decir con el cuerpo
lo que la boca calla.
El vestido cae,
vuelve a subir,
late.

Luego pasa.
Como pasan las cosas
que no piden permiso
y por eso son verdaderas.

El viento sigue su camino.
Ella también.
En el aire queda
una certeza animal:
el deseo no necesita más
que un segundo de piel
expuesta al mundo.


sábado, 10 de enero de 2026

Hasta el lunes

 


                                                             El viernes nos creíamos algo; el lunes, una coartada.

El viernes se iba rápido, como si el tiempo los empujara. No había maletas: solo una mirada, un adiós apremiante, un guiño automático de quien ya está llegando a otra parte. Antes de irse, él se acercaba y le hablaba al oído, no para confundirla, sino para hacerla estremecer.

Ella tan solo alcanzaba a reaccionar diciéndole:

—Déjame un beso que me dure hasta el lunes.

Aquella petición suya no era un consuelo ni una despedida: era pacto. Algo que debía sostenerse a distancia, como una promesa mal formulada. A veces se buscaban con alguna excusa para quedarse un poco más: un café innecesario, un informe de último momento, la ilusión de que el tiempo podía aplazarse.

El fin de semana no traía descanso. Era un territorio sin pruebas donde el beso se gastaba de tanto pensarlo. Servía para callar las sospechas, para llenar el silencio que dejaba la ausencia, para creer que el lunes sería regreso y no repetición.

Con el tiempo, él entendió que el encuentro prometido era la forma más cuidadosa del engaño: no mentía el beso, mentía lo que esperaban de él.

El lunes llegaba. Y entonces entendían que el beso no había sido para durar, sino para ensayar la pregunta de siempre: cuánto se habían extrañado el fin de semana.

sábado, 3 de enero de 2026

La cadena


El perro se llamaba Coronel. Vivía atado a un poste, detrás de la cocina. Era negro, de gran tamaño, de ojos amarillos atentos. Enseñaba los dientes a los extraños como quien cumple una tarea antigua. Cada día recibía un plato abundante de sopa de maíz con vísceras, que comía despacio, sin levantar la mirada.

Nunca rompió la cadena, aunque podía. Nunca atacó sin razón. En él, la fuerza no humillaba ni la valentía buscaba sangre: tenía todas las virtudes del hombre y ninguno de sus vicios.

Los viejos murieron. La casa quedó vacía. Nadie soltó al perro guardián. Podía romper la cadena. No lo hizo. Podía morder. No lo hizo. Podía irse. No lo hizo. Coronel siguió cuidando la casa.

La cadena también.