Durante cuarenta años
escribió novelas sin descanso. En todas había un hombre que llegaba cuando todo
parecía perdido. No era el protagonista, ni el villano, ni el sabio.
Simplemente aparecía, observaba un instante y encontraba el gesto exacto para
cambiar el rumbo de la historia. Le puso un nombre.
Los lectores lo recordaban
poco. Algunos ni siquiera reparaban en él. Sin embargo, el escritor jamás
iniciaba una novela sin preguntarse en qué momento entraría el personaje por
una puerta, cruzaría una plaza o encendería un cigarrillo antes de pronunciar
una frase que nadie olvidaría. Con los años dejó de inventarlo. Solo esperaba. Se
sentaba frente a la máquina de escribir, colocaba una hoja en blanco y
aguardaba hasta que decidiera aparecer. Entonces escribía.
Cuando el médico le
prohibió seguir trabajando, escondió una libreta bajo la almohada. Las noches
eran largas. El reloj del hospital avanzaba con una paciencia insoportable.
Entre una inyección y otra, movía apenas la mano para anotar una palabra. Una
madrugada abrió los ojos.
—¿Llegó?
La enfermera creyó que
hablaba de un hijo.
—No ha venido nadie.
Él sonrió con cansancio.
—Siempre llega tarde.
Los días comenzaron a
mezclarse. El techo del cuarto se confundía con el cielo de una de sus novelas.
El olor del desinfectante se transformó en el del Jazmín de la India que había
descrito cientos de veces. Los pasos de los médicos sonaban igual que los
cascos de un caballo alejándose por un camino de tierra.
Al anochecer pidió que
dejaran la puerta entreabierta. Nadie entendió por qué. Hacia la medianoche el
pasillo quedó en silencio. Entonces se oyó un golpe suave. La puerta terminó de
abrirse.
Un hombre de abrigo gris
entró sin hacer ruido. Dejó el sombrero sobre la silla y observó al anciano con
una mezcla de afecto y resignación.
—Te demoraste —murmuró el
escritor.
—Esta vez me costó
encontrarte.
El anciano soltó una risa
breve.
—Pensé que habías muerto
conmigo.
El hombre negó despacio.
—Mientras alguien abra uno
de tus libros, seguiré llegando. El escritor cerró los ojos. La respiración se
volvió ligera.
Cuando la enfermera entró
unos minutos después, encontró la habitación vacía de visitas. Solo había una
libreta abierta sobre la cama. En la última página, con una letra insegura, se
leía una única frase:
«Ahora le toca a él contar
mi historia.»

Genial, un cuento fantástico.
ResponderBorrarUn saludo.
Creo que Poe estaría más que satisfecho con esta narración.
ResponderBorrarSaludos,
J.