Catalina era joven, de esas mujeres que
despiertan simpatía por ser práctica y, sobre todo, por sus ojos claros. Su
sonrisa nunca se sabía si era por alegría o resignación. Había enviudado
prematuramente de Arcadio, su primer amor, un hombre cuya sombra parecía
alargarse incluso después de su muerte. Su suegra, Rosalía, una mujer de manos
huesudas y carácter firme, la tenía en alta estima, mucho más que a su propio
hijo menor, Antonio, y la familia de éste.
La casa de Rosalía, un caserón que olía a madera
envejecida y a flores marchitas, había sido el refugio de Catalina y de sus dos
hijos desde que Arcadio falleció. Aunque Catalina heredó una casa de su difunto
esposo, prefería pasar el tiempo en el hogar de su suegra, donde sus hijos
crecían bajo la atenta y casi obsesiva mirada de Rosalía. Los niños llenaban
los vacíos con risas que a veces se sentían como ecos del pasado, como si
Arcadio regresara por un instante.
Pero lo que Rosalía no esperaba, lo que nadie en
la familia esperaba, era que Catalina volviera a enamorarse. Y lo hizo con una
velocidad que descolocó a muchos. En menos de un año, presentó a un nuevo
hombre. Se llamaba Esteban, un hombre de palabras suaves y manos callosas. La
relación causó murmullo y controversia entre los parientes, pero Rosalía,
contra toda lógica, le abrió las puertas de su casa.
—Arcadio la querría feliz —decía Rosalía cuando
alguien osaba insinuar que Catalina deshonraba la memoria de su esposo.
Esteban y Catalina compartían una alcoba en el
caserón, una decisión que hizo estallar a Antonio y a su esposa, Clara.
—Es una falta de respeto, madre —espetó Antonio
una tarde, mientras su mujer asentía con los labios apretados—. Esa cama era de
Arcadio. Esa habitación fue suya.
Rosalía levantó la vista del tejido que llevaba
en las manos, su mirada afilada como una aguja.
—Y ahora es de Catalina. Lo que pasa en esta casa
es asunto mío.
Antonio se marchó murmurando injurias que se
perdieron entre el crujido de las tablas del suelo. Clara, menos dispuesta a la
confrontación directa, lanzó una última mirada cargada de resentimiento hacia
Catalina, quien se había quedado en silencio, la cabeza gacha.
Sin embargo, el cuestionamiento no venía solo de
la familia. Los vecinos también cuchicheaban.
—Díganme si no es extraño —comentó una mujer en
la tienda del pueblo—. Primero tanto amor por su difunto esposo y ahora lleva
otro hombre a casa de su suegra. Y todo, porque ella se lo admite, sin
cuestionarle nada.
Catalina lo sabía, pero se mantenía serena. Había
aprendido a ignorar las miradas y a enfocar su energía en sus hijos y en su
nueva vida. Sin embargo, no podía evitar que algunas palabras se filtraran,
como agujas invisibles que a veces la pinchaban en el silencio de la noche.
Pero no eran solo las palabras de los vivos las
que la alcanzaban. Por las noches, cuando todo quedaba en penumbras, Catalina
sentía la presencia de Arcadio como un susurro en el aire.
—¿Qué ejemplo les das a nuestros hijos? —decía la
voz, grave y distante. —Prometiste amarme siempre, Catalina lo prometiste. Nos
lo prometimos, ¿acaso ya lo olvidaste?
Ella cerraba los ojos, luchando contra las
lágrimas, pero las palabras de Arcadio resonaban en su mente, llenándola de
culpa y confusión. ¿Era esto una traición o una forma de seguir adelante? En su
corazón había espacio para el recuerdo de su primer amor, pero también para el
presente.
Rosalía, por su parte, pareció endurecerse aún
más contra las críticas. La muerte de Arcadio había dejado un vacío que ella,
de alguna manera, trataba de llenar cuidando a Catalina y a sus nietos. Tal vez
en el fondo, pensaba que proteger a Catalina era la última forma de honrar a su
hijo preferido. Pero algo en su actitud comenzó a cambiar.
Primero fueron las pequeñas cosas. Rosalía empezó
a comentar más frecuentemente sobre cómo Arcadio hubiera hecho esto o aquello
de manera diferente. Luego, con los niños, se volvió más directa.
—¿Recuerdan cómo su padre les llevaba a recoger
frutas en el huerto? —decía mientras los peinaba por las mañanas—. Arcadio era
un hombre que siempre pensaba en su familia. No sé si alguien más puede estar a
la altura de ese ejemplo.
Catalina, al escuchar estos comentarios, sintió
un leve malestar, pero prefirió no enfrentarse. Creía que era natural que
Rosalía idealizara a su hijo fallecido. Sin embargo, la situación escaló una
tarde cuando Rosalía, sin aviso, entró a la habitación de Catalina y Esteban
con los ojos llameando.
—Catalina, esto debe parar —dijo con una dureza
que rara vez usaba—. No puedo seguir fingiendo que estoy de acuerdo con lo que
haces. Esteban no es Arcadio, y nunca lo será. Él no pertenece a esta casa.
Catalina la miró, desconcertada.
—Rosalía, pensé que entendía usted… No intento
reemplazar a Arcadio. Solo quiero ser feliz otra vez.
—¿Feliz? —Rosalía casi escupió la palabra—. ¿A
costa de qué? ¿De la memoria de mi hijo? ¿De lo que él significó para todos
nosotros? Catalina, tú eras su esposa. ¡Le debes más que esto!
Por primera vez, Catalina sintió que las palabras
de Rosalía atravesaban el respeto que siempre le había tenido. Con una voz
contenida, respondió:
—Rosalía, le agradezco todo lo que ha hecho por
mí y por mis hijos, pero no le debo mi vida. Yo también he perdido a Arcadio,
pero no puedo vivir atrapada en el pasado. Y usted tampoco debería.
La tensión en la habitación era palpable. Rosalía
se quedó inmóvil, sus manos temblando, y sin decir más, salió cerrando la
puerta con fuerza.
Esa noche, Catalina no pudo dormir. Esteban la
consoló, pero la angustia no desapareció. Al día siguiente, tomó una decisión.
Durante el desayuno, con Rosalía presente, anunció:
—He decidido que los niños y yo nos mudaremos a
la casa que Arcadio me dejó.
Rosalía levantó la mirada, sorprendida.
—¿Qué dices? ¿Vas a abandonar esta casa?
—preguntó con incredulidad.
—No abandono nada, Rosalía. Solo quiero construir
una vida donde pueda recordar a Arcadio con amor, pero también tener mi espacio
para seguir adelante. Le agradezco todo, pero esto es lo mejor para todos.
Rosalía no respondió. Su mirada estaba cargada de una mezcla de ira y dolor, pero no intentó detenerla. Catalina sabía que el tiempo ayudaría a sanar las heridas, pero también entendió que debía priorizar su bienestar y el de sus hijos. Aquel día marcó el inicio de un nuevo capítulo, uno donde el peso del pasado comenzaba a ceder ante la promesa de un futuro diferente.
Arcadio era un poco tocacojones a pesar de haberle dejado la casa. Bueno, la verdad es que habiéndole dejado la casa se le permite ser un poco de lo que quiera, pero solo un poco. Mira wue venir por las noches... espero que no viniera en mitad de la faena.
ResponderBorrarRosalía se wueda sola, por poco aguante. Ayer veía una serie en que un profesor borracho le xplicaba a su alumno preferido que en la vida sólo hay que hacer dos cosas: aprender y aguantar. Este es el drama de la historia
Desde el principio sospeché que Rosalía tendría una actitud hostil hacia Catalina.
ResponderBorrarY fue por hacerle caso a Antonio, el hijo sobreviviviente.
Citando a Gustavo Cerati, Saber decir adió es crecer.
Saludos.