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viernes, 24 de octubre de 2025

Las cuatro victorias

 


Un hombre preguntó al sabio cómo ganar su vida cada día.

El sabio le habló de cuatro batallas: “Contra el sueño que adormece el propósito, contra la duda que encadena los pasos, contra el miedo que apaga la voz y contra el orgullo que ciega el corazón. Si las vences al amanecer, el resto del día peleará por ti”.

El hombre agradeció y se marchó decidido a librarlas.

Al volver, al anochecer, halló al sabio dormido.

viernes, 14 de febrero de 2025

Promesas en el umbral

 


Catalina era joven, de esas mujeres que despiertan simpatía por ser práctica y, sobre todo, por sus ojos claros. Su sonrisa nunca se sabía si era por alegría o resignación. Había enviudado prematuramente de Arcadio, su primer amor, un hombre cuya sombra parecía alargarse incluso después de su muerte. Su suegra, Rosalía, una mujer de manos huesudas y carácter firme, la tenía en alta estima, mucho más que a su propio hijo menor, Antonio, y la familia de éste.

La casa de Rosalía, un caserón que olía a madera envejecida y a flores marchitas, había sido el refugio de Catalina y de sus dos hijos desde que Arcadio falleció. Aunque Catalina heredó una casa de su difunto esposo, prefería pasar el tiempo en el hogar de su suegra, donde sus hijos crecían bajo la atenta y casi obsesiva mirada de Rosalía. Los niños llenaban los vacíos con risas que a veces se sentían como ecos del pasado, como si Arcadio regresara por un instante.

Pero lo que Rosalía no esperaba, lo que nadie en la familia esperaba, era que Catalina volviera a enamorarse. Y lo hizo con una velocidad que descolocó a muchos. En menos de un año, presentó a un nuevo hombre. Se llamaba Esteban, un hombre de palabras suaves y manos callosas. La relación causó murmullo y controversia entre los parientes, pero Rosalía, contra toda lógica, le abrió las puertas de su casa.

—Arcadio la querría feliz —decía Rosalía cuando alguien osaba insinuar que Catalina deshonraba la memoria de su esposo.

Esteban y Catalina compartían una alcoba en el caserón, una decisión que hizo estallar a Antonio y a su esposa, Clara.

—Es una falta de respeto, madre —espetó Antonio una tarde, mientras su mujer asentía con los labios apretados—. Esa cama era de Arcadio. Esa habitación fue suya.

Rosalía levantó la vista del tejido que llevaba en las manos, su mirada afilada como una aguja.

—Y ahora es de Catalina. Lo que pasa en esta casa es asunto mío.

Antonio se marchó murmurando injurias que se perdieron entre el crujido de las tablas del suelo. Clara, menos dispuesta a la confrontación directa, lanzó una última mirada cargada de resentimiento hacia Catalina, quien se había quedado en silencio, la cabeza gacha.

Sin embargo, el cuestionamiento no venía solo de la familia. Los vecinos también cuchicheaban.

—Díganme si no es extraño —comentó una mujer en la tienda del pueblo—. Primero tanto amor por su difunto esposo y ahora lleva otro hombre a casa de su suegra. Y todo, porque ella se lo admite, sin cuestionarle nada.

Catalina lo sabía, pero se mantenía serena. Había aprendido a ignorar las miradas y a enfocar su energía en sus hijos y en su nueva vida. Sin embargo, no podía evitar que algunas palabras se filtraran, como agujas invisibles que a veces la pinchaban en el silencio de la noche.

Pero no eran solo las palabras de los vivos las que la alcanzaban. Por las noches, cuando todo quedaba en penumbras, Catalina sentía la presencia de Arcadio como un susurro en el aire.

—¿Qué ejemplo les das a nuestros hijos? —decía la voz, grave y distante. —Prometiste amarme siempre, Catalina lo prometiste. Nos lo prometimos, ¿acaso ya lo olvidaste?

Ella cerraba los ojos, luchando contra las lágrimas, pero las palabras de Arcadio resonaban en su mente, llenándola de culpa y confusión. ¿Era esto una traición o una forma de seguir adelante? En su corazón había espacio para el recuerdo de su primer amor, pero también para el presente.

Rosalía, por su parte, pareció endurecerse aún más contra las críticas. La muerte de Arcadio había dejado un vacío que ella, de alguna manera, trataba de llenar cuidando a Catalina y a sus nietos. Tal vez en el fondo, pensaba que proteger a Catalina era la última forma de honrar a su hijo preferido. Pero algo en su actitud comenzó a cambiar.

Primero fueron las pequeñas cosas. Rosalía empezó a comentar más frecuentemente sobre cómo Arcadio hubiera hecho esto o aquello de manera diferente. Luego, con los niños, se volvió más directa.

—¿Recuerdan cómo su padre les llevaba a recoger frutas en el huerto? —decía mientras los peinaba por las mañanas—. Arcadio era un hombre que siempre pensaba en su familia. No sé si alguien más puede estar a la altura de ese ejemplo.

Catalina, al escuchar estos comentarios, sintió un leve malestar, pero prefirió no enfrentarse. Creía que era natural que Rosalía idealizara a su hijo fallecido. Sin embargo, la situación escaló una tarde cuando Rosalía, sin aviso, entró a la habitación de Catalina y Esteban con los ojos llameando.

—Catalina, esto debe parar —dijo con una dureza que rara vez usaba—. No puedo seguir fingiendo que estoy de acuerdo con lo que haces. Esteban no es Arcadio, y nunca lo será. Él no pertenece a esta casa.

Catalina la miró, desconcertada.

—Rosalía, pensé que entendía usted… No intento reemplazar a Arcadio. Solo quiero ser feliz otra vez.

—¿Feliz? —Rosalía casi escupió la palabra—. ¿A costa de qué? ¿De la memoria de mi hijo? ¿De lo que él significó para todos nosotros? Catalina, tú eras su esposa. ¡Le debes más que esto!

Por primera vez, Catalina sintió que las palabras de Rosalía atravesaban el respeto que siempre le había tenido. Con una voz contenida, respondió:

—Rosalía, le agradezco todo lo que ha hecho por mí y por mis hijos, pero no le debo mi vida. Yo también he perdido a Arcadio, pero no puedo vivir atrapada en el pasado. Y usted tampoco debería.

La tensión en la habitación era palpable. Rosalía se quedó inmóvil, sus manos temblando, y sin decir más, salió cerrando la puerta con fuerza.

Esa noche, Catalina no pudo dormir. Esteban la consoló, pero la angustia no desapareció. Al día siguiente, tomó una decisión. Durante el desayuno, con Rosalía presente, anunció:

—He decidido que los niños y yo nos mudaremos a la casa que Arcadio me dejó.

Rosalía levantó la mirada, sorprendida.

—¿Qué dices? ¿Vas a abandonar esta casa? —preguntó con incredulidad.

—No abandono nada, Rosalía. Solo quiero construir una vida donde pueda recordar a Arcadio con amor, pero también tener mi espacio para seguir adelante. Le agradezco todo, pero esto es lo mejor para todos.

Rosalía no respondió. Su mirada estaba cargada de una mezcla de ira y dolor, pero no intentó detenerla. Catalina sabía que el tiempo ayudaría a sanar las heridas, pero también entendió que debía priorizar su bienestar y el de sus hijos. Aquel día marcó el inicio de un nuevo capítulo, uno donde el peso del pasado comenzaba a ceder ante la promesa de un futuro diferente.

sábado, 5 de agosto de 2023

Orígen

 


El hombre brotó de un aliento de vida y fue avivado por el sol. Así, su naturaleza participa de todos los elementos. Con los años muere, entonces es amortajado y se le incinera a fuego lento. Cuando se desconoce su procedencia, se le llama hijo de la Tierra.

sábado, 8 de julio de 2023

Tiempo aciago


Para aquellos que no me conocen, mi nombre es Telémaco, hijo de Odiseo y Penélope. Al menos así fue como ellos me llamaron. Sin embargo, dicen que mi verdadero padre fue Homero, otros han llegado incluso a escribir, que fue un bibliotecario de Alejandría. En todo caso, mi vida ha transcurrido como la de los caminos cruzados donde el tiempo es la corriente y el fragor del viejo mar que corta la mudez del sendero.

lunes, 2 de marzo de 2020

Réplica


Cada vez que volvía el incurable paciente a la clínica, no entendía por qué el helecho, por más que lo arrancaran de aquel orificio del inmutable muro, insistía en retoñar. "Es para demostrar que el sentido último de la vida, es el verdadero drama con que nos aferramos a ella".

domingo, 29 de diciembre de 2019

Rivales

Google


¿Y cuándo contraerás matrimonio con Mónica D.?, pregunta el anciano al tiempo que observa a su contrincante con cierta nostalgia.

El muchacho se sorprende al no poder recordar en qué instancia de la partida hizo mención alguna de su prometida y de sus planes de casamiento ante aquel desconocido. A lo mejor es por el efecto de las cervezas, piensa mientras mira primero a los ojos, después al rostro del apacible hombre.

Tengo planeado hacerlo mañana en el Día del amor y la Amistad, y casarnos en diciembre, como se acostumbra.

Sabes, no debes hacer lo que los demás hacen, aconsejó el anciano antes de llevarse el amargo sabor de la bebida. En especial, debes abstenerte de casarte con ella.

¿Usted qué sabe?, preguntó el joven con evidente enojo.

Los dos son demasiado jóvenes, se aburrirán muy pronto; además, no tienen nada en común.

¿Acaso la conoce?

No es necesario distinguir a los demás para saberlo. El escucharte hablar y observar tus gestos, tu modo de mover las piezas para jugar a las damas, lo dicen todo. Ambos guardaron silencio, como si ya estuviera dicho todo entre los dos hombres que, por las circunstancias comunes, comparten la misma mesa del establecimiento atiborrado de turistas. Creo que necesitas más tiempo para madurar y tratar de conocer a las mujeres, —agregó el curtido hombre sin mirar a su contendiente.

El joven no sale de su asombro, aunque no le gusta que un extraño se tome atribuciones que no le corresponden. Una parte de él rechaza las opiniones del anciano, y la otra parte, las recibe agradecido. Tras varios movimientos el muchacho se sorprende todavía más al tener un juego parecido al que hace el viejo. Pasan los minutos y ante esa contraposición de estrategias y opiniones, el muchacho pierde la oportunidad de hacer su mejor movimiento en diagonal a través de los cuadros negros con intención de capturar las piezas de su adversario. Entonces es cuando el anciano ejecuta la última jugada definiendo su victoria en forma contundente.

Al buscar la salida hacia el embarcadero, el anciano introduce una mano en el bolsillo del raído pantalón de explorador y acciona un pequeño artefacto que lo conduce a su habitación asignada en el asilo. Satisfecho, cerró los ojos y se vio jugando contra el joven que había sido alguna vez, y decirse así mismo, lo que nunca aceptó.