Los presagios se distinguían de los augurios en que estos dependían de los signos buscados e interpretados según las reglas del arte augural, mientras que los presagios, que se ofrecían fortuitamente, eran interpretados por cada particular de una manera más vaga y arbitraria. Podía reducírseles a: las palabras fortuitas; la conmoción de algunas partes del cuerpo, el corazón; las caídas imprevistas; el recuerdo de personas extrañas y también de algunos animales. Puede considerarse también la observación de la luz de una lámpara, la pueril costumbre de contar los pétalos de ciertas flores o las pepitas de un fruto. Se echaban suertes por medio de dados generalmente; de aquí el origen de esta frase: «La suerte está echada». Si encuentras a una persona a quien puedas abrazar y con la que puedas cerrar los ojos a todo lo demás, puedes considerarte afortunado.