NO COPIES, SÉ AUTÉNTICO

Mostrando las entradas con la etiqueta cita. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta cita. Mostrar todas las entradas

viernes, 22 de agosto de 2025

El eco del silencio

 


La joven mujer llegó, sus pasos inciertos resonando en los pasillos asépticos de la clínica, como si cada baldosín frío pudiera delatar la confusión que sentía. En sus manos, las arrugadas órdenes médicas pesaban más que el papel mismo, eran un misterio que no lograba descifrar del todo. Buscaba dónde presentarlas, y cada letrero en aquella laberíntica institución solo aumentaba su desorientación. Caminó indecisa hacia un mostrador. "Urología". La palabra se grabó a fuego en su mente, extraña, ajena a su propia realidad. Se detuvo abruptamente, un escalofrío recorriendo su espalda, y giró sobre sí misma. Una señal vaga a la figura de Fernando, indicando que era allí. Un suspiro casi inaudible escapó de sus labios. Empezó a caminar de nuevo, sus pies se arrastraban, pesados como si llevaran siglos de cansancio acumulado.

Un joven alto, de piel ébano y con esas gafas de intelectual que prometían un mundo de lógica y certezas, se acercó a ella. Ella extendió los documentos sin apenas mirarlo, su mente ya en otra parte, casi deseando que todo aquello terminara.

—¿Por qué te devuelves? Es aquí donde debo confirmar la cita —aseguró Fernando, su voz sonó a un eco distante.

Ella solo pudo alzar los hombros, fue un gesto vacío de resignación. Se dejó caer en el asiento, una pieza fría y anónima en aquella sala impersonal, y lo dejó a él, como siempre, que se encargara de todo. Era más fácil así, no tener que pensar, no tener que decidir.

Después, Fernando se sentó junto a ella. El destello de su celular, un portal brillante a otro universo, capturó su atención. Ella se inclinó hacia él, buscando un consuelo tácito, un anclaje en esa realidad que se le escapaba. El beso fue suave, casi un ruego silencioso. Sus dedos se enredaron en el cabello ensortijado de Fernando, peinándolo con ternura, un gesto familiar, casi automático. Ambos se sumergieron en sus pantallas, ajenos al murmullo de la sala de espera, a las vidas que transitaban a su alrededor. Ella, mientras sus ojos vagaban por la suya, le acariciaba la nuca, un vaivén hipnótico, sus labios moviéndose en un soliloquio ininteligible, murmurando fragmentos de sueños y esperanzas que él no escuchaba. Él, absorto en su propio mundo digital, permanecía impasible ante aquellas caricias y susurros que eran para ella un último intento de conexión.

Un silencio pesado se cernió entre ellos, roto solo por el tecleo de los pulgares. La mujer se callaba por momentos, sus ojos aún más clavados en el móvil, la boca se abría inconscientemente, dejando escapar un hilo viscoso, un reflejo de la vacuidad que sentía. De repente, un video apareció ante sus ojos y, por un instante fugaz, una sonrisa compartida iluminó sus rostros. Un espejismo de complicidad en medio del abismo.

La voz de la recepcionista rompió el encanto. “¡Fernando García!”, anunció, con una autoridad que resonó en el silencio. Él se levantó, firmó unos documentos y regresó a sentarse con su semblante inalterado, como si nada hubiera pasado, como si nada cambiara. Ella continuaba en su trance digital, la boca siempre abierta, a punto de dejar caer la espesa hebra de saliva. Los ojos de los presentes se posaron sobre su apariencia desaliñada: la cara lavada, el largo cabello apenas sostenido por una moña, un vestido rosa arrugado, una zapatilla rota y ni un ápice de maquillaje. Él, en cambio, impecable de ropas, la barba recién afeitada, el contraste de sus mundos era evidente para todos.

La joven volvió a besarlo, un nuevo susurro al oído, una súplica silente que solo ella podía escuchar. Él no respondió, su mirada perdida en la pantalla. Ella le hurgó la cabeza, buscando una reacción, una chispa de reconocimiento, un eco de la vida que una vez compartieron. Colocó su cabeza en el hombro del joven, su boca de nuevo abierta, un bostezo silencioso dejó escapar. Un bostezo de alma, más que de cansancio.

Otra vez el llamado. “¡Fernando García!”, esta vez fue una enfermera. Ella lo miró, una chispa de esperanza se encendió en sus ojos, minúscula pero persistente. Esperaba escuchar una despedida, un "Hasta luego" de él, un simple gesto que le asegurara que volvería. Pero solo encontró el silencio. Suspiró, guardó el celular. La sala de espera se sintió como un vacío, tan inmenso como el vacío que sentía en su propio interior. Los minutos pasaron, lentos, como si el tiempo mismo se hubiera detenido. Ella pasó sus manos por el cabello sin ningún indicio de haber pasado una peineta, sacó el celular, buscó un nuevo reel, pero desistió de ello. Ya ni siquiera la distracción digital podía aliviar el peso. Bostezó, cerró los ojos; fue entonces cuando él, con una voz desprovista de emoción, dijo: "¡Vamos!".

Al escuchar la voz de su marido, la mujer abrió los ojos con una claridad que no había mostrado en toda la mañana, una lucidez cruel y repentina. Su boca se cerró con un chasquido casi imperceptible, el hilo de saliva desaparecido. Se irguió en la silla con una ligereza que desmentía su aparente cansancio. Su mirada cayó en el asiento que él acababa de dejar. Allí, discretamente doblada, había una hoja con el logo de la clínica. Ella la recogió, mientras él ya caminaba hacia la salida, ajeno, con los hombros relajados, como quien se deshace de una carga ligera. Desdobló el papel. No era su cita, ni un documento cualquiera. Era una orden que decía: "Alternativas para la Vasectomía: Tu Decisión, Tu Futuro". Una mueca amarga torció los labios de la mujer, y sus ojos, por un instante, se posaron en la impecable espalda de su marido. La mujer, inmóvil, observó el papel, las palabras grabándose en su retina con la misma frialdad de la tinta. La saliva que hasta hace poco había pendido de su labio inferior ahora era una línea seca que se tensaba con la esquina de su boca. Los ojos, antes perdidos en el vacío, se fijaron en la puerta por la que Fernando desaparecía. Un leve temblor recorrió sus manos, pero no soltó el documento. No. Con una lentitud casi ceremonial, lo dobló y lo guardó en el bolsillo de su vestido. El misterio de su pareja se reveló en el gesto apenas perceptible de su disgusto. Se levantó y lo siguió, su paso ahora firme. Afuera, el sol de la tarde le pareció tan indiferente como siempre. Después de todo, las telenovelas y los reels de maternidad feliz siempre ofrecían un mejor guion.

sábado, 27 de febrero de 2021

La cita

 


La joven entró muy de prisa al dispensario leonista del barrio que a esa hora abría su puerta. Como pudo, se dirigió a la enfermera voluntaria de turno y le explicó que su hermana embarazada no se sentía bien, razón por la cual, necesitaba ser atendida con urgencia por el médico Caicedo. La enfermera, no solo habituada a esas lides de lo que llaman los eventuales enfermos «una urgencia» sino que, como conocedora de ojo de ciertas sintomatologías, le respondió que era preciso que le tomara los signos vitales antes de acceder al médico.

—Pero es que usted señora no entiende, estoy muy mal. —le habló la muchacha con evidente disgusto—Esto es una urgencia, dónde está el doctor.

—Señorita, ya le dije que el médico está por llegar. —Por favor tome asiento, porque apenas está saliendo de su consultorio particular.

Sin más remedio, la joven se sentó y cruzó las piernas dando la impresión de sentarse en una nalga. De vez en cuando consultaba su reloj digital, y por momentos, hojeaba una revista, de esas que llegan por suscripción a nombre de las señoras de casa, y semanas después, terminan en los consultorios de sus maridos.

Pasaban los minutos, la muchacha soñolienta dejó escapar un leve quejido al tratar de acomodarse en el largo sofá. Abría los ojos y volvía a mirar su reloj y a su indispuesta hermana . La enfermera en silencio la observó por encima de sus lentes. Luego marcó un número de teléfono y habló en voz baja con alguien.

—El doctor ya está encamino —le anunció.

La muchacha tan solo suspiró. Comprendía que esperar consistía en hacer un esfuerzo sostenido para permanecer enfocada en la confianza de que todo tiene solución. Entonces comenzó a pasar la vista por las fotografías que decoraban la pared posterior del amplio dispensario. Eran las fotos de ilustres hombres que se dedicaron en vida a servir con vocación y pasión leonista a la población. Sus ojos fueron recorriendo cada una de aquellos austeros rostros de mirada limpia y hasta distante capturada por el infalible lente de don Atanasio Aguirre, el único fotógrafo profesional de la localidad. En cada una de esas fotos, la muchacha notó que las miradas de aquellos hombres eran penetrantes, sus narices más grandes, más toscas y más rudas. Sus bocas más alargadas, pero de labios mucho menos gruesos que los de una mujer, aunque variaban entre aquellos rostros austeros.

Fijó de nuevo los ojos en la revista y leyó de Hipócrates: «La fiebre de la enfermedad la provoca el cuerpo propio. La del amor, el cuerpo del otro».

—Siga por favor —alcanzó a escuchar la muchacha enferma. El doctor la esperaba en la puerta del consultorio con el fonendoscopio en una mano.

—A ver, cuénteme, ¿Qué la trae por aquí?

—Doctor, siento una opresión aquí, arriba del ombligo, —le explicó la joven mientras desplaza su mano con movimientos circulares por su vientre. Creo que es la cabeza del niño la causa.

—Ya veo, —respondió el médico disimulando una risita. Pues si el culo es la cabeza del niño, tenemos problemas en su noveno mes de gravidez —agregó, el médico—. Lo que usted señala son las nalguitas del niño, aquí en este extremo suyo. En este otro, están las manitos, y aquí abajo, en su pelvis se encuentra la cabecita. Eso significa que la criatura ya está en posición adecuada. ¿Qué espera tener? —Le preguntó el médico.

—Pues, una niña.

—No, se trata de un niño. Si es una niña se la mantengo hasta que se case o se muera. Usted va a tener un niño. Así que, por ahora, coma galletas integrales para que se le quite la maluquera. Un placer atenderla.

Minutos después, entró la enfermera y rápidamente se situó detrás de su escritorio y volvió a llamar por teléfono, después colgó. 

—Me permito informarle que en la farmacia de este dispensario leonista, ustedes pueden contar con el servicio de laboratorio, inyectología y despacho de fórmulas a muy bajo costo.

—¡Qué bueno! —repuso la muchacha buscando congraciarse con la enfermera, cuando se disponía a buscar la salida. Eso me dijo el doctor.

—¿El doctor? ¿Cuál doctor? —replicó la enfermera con tono de extrañeza.

—El doctor Caicedo.

—¿Pero, ¿qué dice usted? —preguntó la enfermera levantándose con inusitada rapidez de su asiento—. Acepto que esté indispuesta, pero usted… Eso no puede ser…

—¿Qué es lo que no puede ser, señora?

—Lo que está afirmando. El doctor no puede estar en consulta.  

—Aquí quien está confundida es usted, pues el doctor Caicedo ya me atendió.

—Le digo que eso no es posible…

—Ese tipo de bromas no le quedan bien a usted enfermera. El doctor ya me atendió. La enfermera, contrariada abrió la puerta invitando a la muchacha a que verificara lo que le decía. Era cierto, el consultorio estaba vacío. La muchacha, sólo acertó en acercarse a una de las fotos y con su dedo índice señaló al más apuesto entre aquellos leonistas. La enfermera, que no salía de su asombro le contestó:

—Ese que usted señala, hace seis meses falleció.