En la sala
de espera de la clínica, los minutos morían a cuentagotas. Ella entró rompiendo
la tregua del tedio: una mujer madura, de andar común, pero con un pecho
generoso que vibraba bajo la blusa con una urgencia casi sísmica, a punto de
desbordar el escote.
Él no pudo
evitarlo. La devoró con la mirada, imaginando el instante exacto en que esa
gravedad contenida finalmente ganara la batalla y los botones salieran
disparados como proyectiles. Sostuvo el examen con la insolencia del que se
cree invisible detrás de sus propios deseos.
Ella lo
atrapó en el acto. Se detuvo, lo miró de frente y le dedicó una sonrisa tan
bella como piadosa.
Luego, con
absoluta parsimonia, se acomodó el estetoscopio en el cuello, tomó la Historia clínica de él y, antes de
hacerlo pasar al consultorio, le dijo:
—Muy bien,
caballero. Vamos a ver si ese corazón suyo resiste la presión.

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