Comienzo la subida. Son cuatro trechos de escalones. Descanso
cada vez que finalizo uno de los tramos. Las gradas no son muy altas, pero son angostas.
Así que al esfuerzo físico debo agregar el arresto mental con el fin de no
tropezar y mantener el equilibrio. El primer tramo no me exige demasiado, pero apenas
corono su cima, me siento deshecho. El horizonte que me ofrece la calle alcanzada es igual de deplorable
a mi estado físico y emocional: unos setenta metros de pendiente pronunciada
por una acera estrecha me esperan.
Cuando al fin llego a la calle en la que debo hacer la entrega,
caigo en la cuenta que estoy en el extremo opuesto de donde está ubicada la
nomenclatura que busco, lo que significa que ante mí se abre cientos de
posibilidades de ahogarme en mi propio sudor, de convertirme en una bomba ambulante
de aire caliente enrarecido.
Finalmente llego frente al número que tanto he
buscado, llamo a la puerta, la persona que me habla no tiene la decencia de abrir
y demanda que deje el arreglo floral en el descanso. Deshago
el camino. Más que caminar, levito. Literalmente me he quitado un peso de
encima: no era la mujer de mis sueños.