En un oscuro rincón del Bar Betinotti, la sinfonola
derramaba canciones sobre los clientes, pero en lugar de alegría, la música
traía angustia y presagios de muerte. Los dibujos en carboncillo de los más
habituales clientes se agitaban con la melodía, como si lloraran por una
tragedia lejana. La música llegó a mi copa y saltó a mi chaqueta, envolviéndome
en una sensación de soledad y desesperación. La marea de sonidos se propagó por
el aire, como islas temblorosas de dolor. El sufrimiento se coló en mi ser,
como el eco de una tragedia que nunca debería haber ocurrido.
