NO COPIES, SÉ AUTÉNTICO

sábado, 10 de enero de 2026

Hasta el lunes

 


                                                             El viernes nos creíamos algo; el lunes, una coartada.

El viernes se iba rápido, como si el tiempo los empujara. No había maletas: solo una mirada, un adiós apremiante, un guiño automático de quien ya está llegando a otra parte. Antes de irse, él se acercaba y le hablaba al oído, no para confundirla, sino para hacerla estremecer.

Ella tan solo alcanzaba a reaccionar diciéndole:

—Déjame un beso que me dure hasta el lunes.

Aquella petición suya no era un consuelo ni una despedida: era pacto. Algo que debía sostenerse a distancia, como una promesa mal formulada. A veces se buscaban con alguna excusa para quedarse un poco más: un café innecesario, un informe de último momento, la ilusión de que el tiempo podía aplazarse.

El fin de semana no traía descanso. Era un territorio sin pruebas donde el beso se gastaba de tanto pensarlo. Servía para callar las sospechas, para llenar el silencio que dejaba la ausencia, para creer que el lunes sería regreso y no repetición.

Con el tiempo, él entendió que el encuentro prometido era la forma más cuidadosa del engaño: no mentía el beso, mentía lo que esperaban de él.

El lunes llegaba. Y entonces entendían que el beso no había sido para durar, sino para ensayar la pregunta de siempre: cuánto se habían extrañado el fin de semana.

sábado, 3 de enero de 2026

La cadena


El perro se llamaba Coronel. Vivía atado a un poste, detrás de la cocina. Era negro, de gran tamaño, de ojos amarillos atentos. Enseñaba los dientes a los extraños como quien cumple una tarea antigua. Cada día recibía un plato abundante de sopa de maíz con vísceras, que comía despacio, sin levantar la mirada.

Nunca rompió la cadena, aunque podía. Nunca atacó sin razón. En él, la fuerza no humillaba ni la valentía buscaba sangre: tenía todas las virtudes del hombre y ninguno de sus vicios.

Los viejos murieron. La casa quedó vacía. Nadie soltó al perro guardián. Podía romper la cadena. No lo hizo. Podía morder. No lo hizo. Podía irse. No lo hizo. Coronel siguió cuidando la casa.

La cadena también.

sábado, 27 de diciembre de 2025

El cliente perfecto



—¡Chef! El de la mesa cuatro acaba de pedir "Comida para llevar" —gritó el mesero desde la barra.

El chef afiló su cuchillo con una sonrisa gélida mientras miraba al cliente, un hombre de unos cien kilos y aspecto saludable.

—Perfecto. Avísale que su pedido estará listo en diez minutos —respondió el chef—. Y dile que pase a la cocina para su preparación. Es una pena perder a un cliente tan generoso, pero nos faltaba lomo para el especial de Navidad.

domingo, 21 de diciembre de 2025

A g R a D e C i M i E n T o

 



Estimados amigos:

Diciembre suele pedirme palabras. Este año me pidió silencio. La ida de mi madre me dejó sin voz para responder a los comentarios generosos que ustedes dejaron.

No es distancia es la intemperie del duelo. Sin embargo, mi gratitud es tan absoluta que las simples palabras sobran.

Agradezco su presencia más de lo que puedo decir. 

Felices fiestas.

sábado, 20 de diciembre de 2025

Cuando se podía decir basta

 

La piqueta quedó apoyada contra el muro del campamento, manchada de tierra y de algo más espeso que nadie quiso nombrar. Yo la levanté cuando aún estaba tibia. Pesaba como si guardara dentro el cansancio de todos.

—Llévasela al supervisor —me dijo—. Dile que ya cumplí. Luego repitió, como si una sola frase no bastara para huir:

—Dile por qué me voy.

Era un hombre señalado. No por delito, sino por no saber detenerse. El jefe del frente pronunciaba su nombre como se anuncian los derrumbes. Las esposas estaban listas antes de que llegara al túnel; abiertas, seguras, sin apuro.

Yo vi cuando se las pusieron. Vi cómo la cadena le enseñó a caminar distinto.

Trabajó como trabajan los que no esperan absolución: no para vivir, sino para terminar. Cada golpe era una renuncia más. Al valle. A la casa que decía recordar. A la posibilidad de volver entero.

Cuando cayó, nadie gritó. El silencio fue tan exacto que supimos que algo había terminado para siempre. Después preguntaron quién fue. Yo entregué el hierro. No dije nada. Nadie preguntó. Los hombres señalados aprenden pronto que el silencio también aprieta.

Desde entonces no duermo. Porque yo también quedé marcado. No por lo que hice, sino por no haber dicho basta. No fue la herramienta. No fue el jefe. No fue la piedra. Fui yo, que seguí pasando la piqueta cuando ya no quedaba mundo del otro lado.

viernes, 12 de diciembre de 2025

Anomalía textil



I

En la camisa del hombre sentado delante de mí, los rostros no eran dibujos: eran vigilias. Al moverse la tela, las Medusas giraban apenas la mirada, hambrientas de un alma distraída. No petrificaban. Peor: recordaban cada miedo que yo quería olvidar. Esa mañana descubrí que una de ellas —la invertida— sonreía. No a mí, sino al momento exacto en que la camisa empezaría a usarme a mí.

II

En la camisa que el desconocido llevaba puesta ese día, las Medusas no estaban quietas. Al doblarse la tela, sus ojos vacíos parecían abrirse apenas, como si recordaran algo que el tiempo aún no había contado. Cada pliegue era un laberinto: quien miraba fijamente podía perderse en él. Yo juré ver una de ellas —la que estaba boca abajo— parpadear. No para petrificarme, sino para advertirme. Como si sus cabellos, serpientes cansadas, susurraran: “No olvides que todo lo que llevas encima también te mira.” Y desde entonces camino distinto, no por miedo, sino porque sé que en cualquier tela estampada puede esconderse un destino que despierta sólo cuando uno lo roza.

sábado, 6 de diciembre de 2025

Confesión a una mujer intocable

 

                                        

No debería decirlo,
pero llevo días intentando
convencer a mi mente
de que tu presencia es solo paisaje,
y no una herida dulce
que insiste en abrirse sin dolor.

Me repito que perteneces a otro,
que tu nombre ya está unido
a una historia que no me corresponde.
Pero hay deseos que no obedecen,
solo respiran donde arde
lo imposible.

Te miro en silencio
como quien contempla un relicario:
sin tocar,
sin siquiera acercar los dedos,
pero con el alma temblando
por la tentación de abrirlo.

Si alguna vez percibiste mi fuego,
quiero que sepas
que no era una invitación,
sino una verdad desnuda
tratando de volverse ceniza.

No busco tu juramento
ni tu huida,
solo el perdón secreto
de haber imaginado tu piel
donde jamás debería estar mi nombre.

Callaré.
No por falta de deseo,
sino por respeto al destino
que elegiste antes de que yo llegara.

Pero si alguna vez
la vida nos hubiera encontrado libres…
Dios sabrá
lo que habría escrito el viento.