NO COPIES, SÉ AUTÉNTICO
martes, 26 de mayo de 2026
jueves, 21 de mayo de 2026
El peso de los astros
Hiparco pasó la
mitad de su vida calibrando telescopios, buscando en la infinitud del cielo
nocturno una respuesta que justificara su tremenda pequeñez. Decía que mirar el
firmamento era una forma de cartografiar el olvido. Anotaba órbitas, medía el
brillo agonizante de supernovas extintas hacía milenios y se obsesionaba con el
vacío insondable que separaba un destello de otro. Para él, la belleza solo
existía en lo inalcanzable.
La ceguera llegó sin dramatismo, como un crepúsculo lento que terminó por borrar los anillos de Saturno y las nubes de Magallanes. Con el universo cancelado tras sus párpados, Hiparco se recluyó en el patio trasero de su casa, convencido de que su existencia carecía de coordenadas.
Fue un martes de
otoño cuando el orden de sus cosmos particulares cambió. Al tropezar cerca del
pozo, cayó de manos sobre la tierra húmeda. Presionó las palmas contra el suelo
para incorporarse, pero se detuvo. Entre sus dedos abiertos se erguía una
pequeña comunidad de briznas de hierba.
Cerró los ojos con más fuerza, conteniendo el aliento. En la simetría de esa minúscula estructura vegetal descifró la misma geometría sagrada que gobierna el giro de las galaxias. La brizna no imitaba al universo; lo contenía. Aquella materia verde y callada realizaba el mismo esfuerzo monumental para existir que la estrella más colosal del firmamento.
Hiparco sonrió en la oscuridad. Ya no necesitaba mirar hacia arriba. Sentado en el lodo, supo que el camino recorrido por los astros terminaba, con idéntica gloria, justo debajo de sus manos.
sábado, 16 de mayo de 2026
Negativo en reverso
El fotógrafo callejero planta las tres patas de madera sobre el andén. Ajusta la lente con un giro seco y limpia el vidrio con la manga. Pasa un tipo con camisa de flores. El minutero calcula la distancia y hunde el gatillo. Clic.
Mete la mano en la manga de tela negra del cajón. Tantea a ciegas, pero los dedos tropiezan con algo viscoso y frío que no es el frasco del revelador. Saca el brazo de golpe: un hilo de líquido negro, con olor a lodo de río, le mancha la muñeca.
En el andén, el de la camisa de flores planta el zapato blanco para dar el siguiente paso, pero el pie no baja. Se queda suspendido en el aire. Intenta apoyar el peso, pero el cuerpo se le va hacia adelante, ingrávido, mientras las solapas anchas flotan alrededor de su cuello como alas pesadas.
A pocos metros, el de la camisa geométrica se frena en seco. El estrépito de los buses se apaga. El camión del fondo se detiene y los transeúntes empiezan a caminar hacia atrás, en un reverso perfecto y silencioso. El hombre se mira el pecho: el patrón abstracto de su ropa empieza a desprenderse de la tela, flotando en el aire como piezas de un rompecabezas roto.
El fotógrafo, con el pulso temblando, pega el ojo al visor de la caja. En el vidrio ya no está la calle. Se ve a sí mismo, de espaldas, caminando por esa misma acera hacia un lente que lo espera cincuenta años en el futuro.
martes, 12 de mayo de 2026
Narrar desde la grieta cotidiana
Narrar desde la grieta: aproximación a Cuentos es lo que hay (Fragmento)
sábado, 9 de mayo de 2026
viernes, 8 de mayo de 2026
La anatomía del miedo
La sala de espera olía a
antiséptico, desinfectante y cansancio. Sobre las baldosas rojizas se
deslizaban sombras de piernas, muletas y zapatos húmedos. Nadie permanecía
completamente quieto allí, pero el hombre alto convertía su inquietud en un
espectáculo involuntario. Iba y venía frente a las bancas metálicas. Por
momentos se sentaba apenas unos segundos; enseguida volvía a levantarse como si
el cuerpo le rechazara la quietud. Medía casi dos metros y, bajo la camiseta
sin mangas, los tatuajes le cubrían los brazos con figuras negras y ondulantes.
Desde lejos parecía que un pulpo enorme hubiera trepado sobre él.
Los tentáculos nacían cerca de
los hombros, descendían en espirales por los bíceps y continuaban más abajo,
prolongándose hacia las piernas semi descubiertas por un pantalón corto. Las
líneas oscuras daban la impresión de moverse cada vez que caminaba. Cuando
flexionaba los músculos, los tentáculos parecían contraerse. Cuando abría las
manos, parecía que la criatura extendía sus ventosas invisibles sobre la sala
entera. Una niña escondió el rostro en el regazo de su madre. Un anciano dejó
de leer para seguirlo con la mirada. Y, sin embargo, pese a aquella apariencia
de monstruo marino escapado de una pesadilla, el hombre estaba aterrado.
Miraba constantemente la puerta
blanca donde un letrero decía: “Consultorio de curaciones”. Cada vez que
alguien salía con gasas o vendas, él tragaba saliva. Se pasaba la lengua por
los labios resecos. Sus dedos —grandes, tatuados hasta los nudillos— temblaban
ligeramente. De pronto apareció la auxiliar de enfermería. Pequeña, delgada,
casi frágil frente a aquella mole cubierta de tinta.
—Señor Teobaldo Aníbal Rodríguez…
sigue usted.
El hombre quedó inmóvil. Por un
instante los tentáculos tatuados parecieron tensarse sobre la piel de sus
brazos. Dio un paso hacia adelante. Luego otro. El brillo del sudor le cruzó la
frente. Entonces ocurrió. Los ojos se le vaciaron de golpe. El gigante osciló
como un árbol enfermo. Intentó sostenerse de la banca, pero sus manos
resbalaron. Cayó pesadamente sobre las baldosas mientras los tentáculos negros
de los tatuajes parecían desparramarse por todo el cuerpo, como si el pulpo
hubiera abandonado finalmente el mar para morir sobre tierra firme. La niña
gritó. La auxiliar corrió hacia él.
—¡Traigan una camilla!
Entre varias personas intentaron
moverlo. El hombre respiraba, aunque tenía el rostro descompuesto por un miedo
casi vergonzoso. Minutos después abrió los ojos lentamente.
—¿Ya pasó? —preguntó con voz
débil. La auxiliar sonrió.
—Todavía no le hemos hecho nada.
Y en aquel instante, mientras el
gigante tatuado cerraba los ojos otra vez con resignación, toda la sala
comprendió que incluso los hombres que parecen criaturas del abismo pueden
desmoronarse ante una simple gasa humedecida con alcohol isopropílico.
viernes, 1 de mayo de 2026
El veredicto del cartón
Tras leer el informe de la Universidad de Colorado, Aurelio no vio un rollo de papel, sino un nido de seis mil francotiradores microscópicos
Orgulloso de su victoria sobre los estafilococos, tiró con fuerza para obtener su merecido cuadrado higiénico






