NO COPIES, SÉ AUTÉNTICO

sábado, 7 de noviembre de 2026

El tabernero

 


El bar no tenía nombre. Tan solo dos ventanales. Yo había llegado allí una noche en que no encontraba el camino de regreso a casa y, desde entonces, acudía cada jueves. El hombre de la barra nunca preguntaba qué deseaba tomar. Parecía conocer mis necesidades antes de que yo mismo las descubriera.

La primera vez me sirvió un vaso pequeño. Dijo que contenía una conversación que nunca me atreví a tener con mi padre. La bebí sin preguntar cómo había conseguido embotellarla. Durante unos minutos escuché su voz, reconocí sus pausas, hasta el carraspeo con el que solía interrumpir mis respuestas. Cuando terminé, tenía los ojos húmedos y una extraña tranquilidad.

Después vinieron otras bebidas. Una contenía el recuerdo de una mujer que me había amado; otra, la vergüenza de una mentira que nadie llegó a descubrir. También probé una infancia con olor a tierra mojada, una despedida que nunca ocurrió y una felicidad tan breve que apenas alcancé a saborearla.

Con el tiempo me convertí en su mejor cliente. Ya no necesitaba leer la carta. Él preparaba las mezclas y yo reconocía sus ingredientes en cuanto tocaban mi lengua. Sin embargo, aquella noche encontré algo distinto sobre la barra. Era una botella transparente, sin etiqueta, con un líquido casi negro.

—¿Y esta?

El hombre secó un vaso con un paño.

—No te la recomiendo.

—¿Por qué?

—Todavía no estás preparado.

Me reí. Había bebido cosas peores. Le pedí que sirviera una copa. Vaciló unos segundos y finalmente destapó la botella.

El primer sorbo no tuvo sabor. El segundo me produjo un escalofrío. Al tercero reconocí el lugar donde me encontraba: la barra, los taburetes, el espejo manchado del fondo. Pero algo no encajaba. Miré mis manos y las encontré más pequeñas. El hombre seguía secando el mismo vaso.

—¿Qué me diste?

—Lo que llevas años evitando.

Entonces recordé. La noche de mi llegada, el accidente, la carretera mojada, los faros de un camión. Recordé también que alguien había intentado abrir la puerta del automóvil y que yo no había podido responder.

Me levanté de golpe. El bar comenzó a desaparecer por los bordes, como una fotografía expuesta demasiado tiempo al sol.

—¿Cuánto tiempo llevo aquí?

El hombre dejó el vaso sobre la barra.

—Eso depende de cuánto tardes en aceptar que no puedes regresar.

Quise preguntarle quién era, pero ya no estaba. En el espejo, detrás de mi reflejo, había una mesa ocupada por un hombre que sostenía un vaso vacío. Tenía mi ropa, mi rostro y una expresión de absoluto desconcierto.

Desde la barra llegó una voz que no reconocí:

—¿Qué le sirvo, señor?

domingo, 1 de noviembre de 2026

El inquilino del claustro

El eco de los latones y el olor a cera fría confinaban a las internas en un perpetuo estado de asedio. En el refectorio, la Madre Superiora abría las hostilidades del día con una oratoria encendida, elevando al Demonio a la categoría de un rival a la altura del Creador: un inquilino de carne y hueso que se paseaba con total soltura entre las columnas del claustro, encarnándose en el andar pausado del obispo y en el rigor silencioso de las monjas.

Para la mayoría de las huérfanas, aquello era un motivo de pánico aterrador. Para Rita Cruzalta, en cambio, representaba un mapa de ruta fascinante. Mientras el resto bajaba la mirada, Rita observaba los pasillos con una curiosidad calculadora y un pragmatismo candoroso.

El contraste entre ambas visiones moldeaba el pulso cotidiano del convento: de un lado, la rigidez veterana de la hermana Bernardina, quien entendía la disciplina como una trinchera gris contra la podredumbre del mundo; del otro, la mirada inquisitiva de Rita, que veía en el aire cargado de culpas y sombras una geografía perfectamente lógica para conquistar la santidad.

En las mañanas de bruma, cuando el patio central se cubría de una humedad densa y las novicias se afanaban en el lavado de los paramentos, Bernardina solía corregir la postura de las jóvenes con un seco golpe de nudillos sobre las bancas de madera.

—La devoción no es curiosidad, Rita —le reprochaba en voz baja, advirtiendo el brillo indescifrable en los ojos de la muchacha mientras observaban pasar al capellán—. Quien busca al Maligno por simple entretención termina por invocarlo bajo su propia cama.

—No lo busco, hermana —respondía Rita sin levantar la voz, pasando el trapo áspero sobre el piso de piedra pómez—, sino porque si el Adversario tiene la decencia de pasearse por aquí con sotana y mitra, al menos uno sabría exactamente a quién combatir. Afuera, en las calles, los enemigos son invisibles. Aquí, en cambio, tienen rostro, cargo y horario de visitas.

La hermana Bernardina contenía la respiración, atrapada entre el impulso de reprender semejante osadía y el amargo reconocimiento de que la muchacha tenía razón. En los pasillos donde la superiora alimentaba el terror con sermones teatrales, Rita no había encontrado el miedo que agachaba las cabezas de las demás, sino una vocación afilada como un arma.

Aquella misma noche, frente a la pequeña pila de agua bendita de su celda, tomó la determinación definitiva. Vestiría el velo. Si el convento era el escenario donde el reverso de Dios operaba con mayor descaro, ella no huiría del peligro. Quizá, pensó mientras ajustaba el crucifijo de madera contra su pecho, en medio de tanto fuego cruzado entre la santidad y la sombra, el milagro de convertirse en otra Santa Teresa fuera no solo posible, sino inevitable.

sábado, 24 de octubre de 2026

El bronce y la fibra

 


Nosotros fuimos el cable. Cientos de manos anónimas, duras por el trabajo y calientes por la rabia, apretando la misma cuerda de fibra que le cruzaba el pecho al tirano.

Desde abajo, la cabeza de bronce parecía intacta, mirando al horizonte con la misma soberbia ciega con que nos gobernó durante treinta años. Pero esa tarde, el pedestal ya no era inmune. Unos muchachos treparon como gatos por los hombros del monumento, pasaron las cuerdas por el cuello, la cintura y las botas de metal, y nos arrojaron las puntas. Nos acomodamos en la plaza como una sola bestia de mil espaldas.

—¡A la una, a las dos, a las tres! —gritó alguien a mi lado.

Clavamos los talones en el polvo y halamos. La cuerda se tensó hasta gemir. Por un instante eterno, nada ocurrió. El dictador pesaba más que nuestra memoria. Pero volvimos a tirar, vaciando el aire de los pulmones en un solo arrebato, y entonces sentimos el primer crujido en la base.

El gigante de bronce comenzó a inclinarse. Uno, dos milímetros.

Fue en ese ángulo imposible cuando ocurrió lo increíble: la estatua pareció afianzarse en el aire, haciendo pulso contra nosotros. No era la gravedad; era la inercia de tres décadas de miedo que se resistía a abandonar la plaza. El bronce crujía con la terquedad de un animal que se niega a morir, sosteniendo el peso de su propio mito contra la tracción de nuestras manos desnudas.

Nadie soltó la soga. Apretamos los dientes, sentimos la fibra cortándonos la carne de las palmas y le opusimos al metal el peso de todos nuestros muertos.

El cuello de la estatua cedió con un chasquido sordo. La resistencia se rompió y el titán cayó de bruces, reventando contra el suelo en un estruendo hueco que devolvió el aire a la ciudad.

sábado, 17 de octubre de 2026

Guanina

 



En las terrazas de piedra del batey, el aire pesaba como plomo. Cien yardas atrás, oculta en la penumbra de la ceiba sagrada, Guanina sostenía el arco con la firmeza del guayacán. Sus ojos no se apartaban del descenso del bohíque.

Uno.

El primer escalón crujió bajo el empeine embadurnado. El sacerdote avanzaba poseído por la furia de los cemíes, chorreando la sangre tibia de los sacrificios rituales. Si ese flujo sagrado y maldito llegaba a tocar el polvo, la ira de Juracán desataría tempestades infinitas, la yuca se pudriría bajo el fango y la hambruna exterminaría al yucayeque.

Dos.

El bohíque pisó el segundo peldaño. La brisa trajo el olor metálico de la matanza. En la tensión de la cuerda, Guanina sintió la tentación del recuerdo: las noches en la canoa, el canto compartido junto al río, los lazos de infancia con quien hasta ayer llamaba hermano. Tuvo que ahogar la memoria en las profundidades de la cueva sagrada. Allí no había sangre de su sangre; solo la ruina inminente de su pueblo.

Tres.

El pie carmesí quedó suspendido sobre el límite. Un solo milímetro lo separaba de la tierra desnuda.

Guanina exhaló despacio. Su pulso se volvió piedra; su corazón, agua mansa. La punta de pedernal alineó la penumbra con el pecho de la sombra. No pensó. No vio. Soltó la cuerda.

El silbido rasgó la noche de la isla. La flecha atravesó la distancia y se hundió con la precisión del rayo en el tórax del bohíque. El impacto detuvo el último paso, clavando el cuerpo inerte contra el borde del tercer peldaño.

La tierra brava no bebió la sangre maldita. El yucayeque respiró.

Guanina bajó el arco de madera dura, contempló sus manos vacías en el silencio de la selva y supo que ninguna lluvia limpia podría apagar el devorador incendio que acababa de nacer en su alma.

viernes, 9 de octubre de 2026

Las sombras

 


En Barragán, las noches no caen... se derraman. Y hay quien dice que algunas calles no terminan donde deberían, sino donde la vista empieza a dudar. Yo no creía en esas cosas hasta aquella semana en la que el pueblo parecía más vacío de lo normal, como si la gente hubiera aprendido a desaparecer sin hacer ruido.

Volvía tarde por una de las cuestas que suben hacia las casas altas. No había música, ni perros, ni ese murmullo leve que siempre queda incluso en el silencio. Solo mis pasos y algo más, justo detrás, manteniendo la misma distancia exacta, como si supiera contar.

La primera vez pensé que era el eco. La segunda, que era el cansancio. La tercera vez me paré. El sonido también se paró. Seguí andando más despacio. Y entonces lo vi: una figura apoyada contra la pared, demasiado quieta para ser alguien que espera, demasiado atenta para ser alguien que no busca nada. No parecía esperar a nadie, y eso fue lo peor.

Había algo en aquella quietud, algo seco, como si llevara demasiado tiempo allí… mirándome antes incluso de verme. Aquello no parecía tener prisa, ni historia. No vi su cara, pero sí la sensación de que me reconocía. Aceleré sin correr, como hacen los que no quieren admitir miedo.

Las calles se fueron estrechando, o quizá era yo el que las estaba perdiendo. Y cada esquina que giraba parecía devolverme al mismo sitio, aunque sabía que no era el mismo. Cuando llegué a la plaza, el aire cambió, y el reloj del ayuntamiento marcó una hora que no recuerdo haber oído antes. Me giré una vez más. Ya no había figura... solo la certeza de que algo había caminado conmigo sin necesidad de tener cuerpo todo el tiempo.

Desde entonces, en Barragán, evito volver solo por ciertas calles cuando la luz se rompe demasiado pronto. Porque aprendí una cosa sencilla: no todo lo que te sigue quiere alcanzarte. Algunas cosas solo quieren que sepas que pueden hacerlo.

sábado, 3 de octubre de 2026

Para dos

 


Murió una noche de lunes, mientras afuera llovía sobre los tejados. Antes de acostarse había puesto la mesa para dos, como hacía desde hacía años. Dos platos, dos vasos, dos servilletas cuidadosamente dobladas. Luego cerró las ventanas y dejó una luz encendida en el recibidor. A la mañana siguiente, el café permaneció intacto y el teléfono no sonó.

Pasaron los días. Nadie llamó. La casa conservó sus rutinas: el reloj siguió dando las horas, una gotera comenzó a llenar lentamente un balde y el polvo fue cubriendo los muebles. Solo la mesa permaneció puesta, como si alguien fuera a llegar en cualquier momento.

Una tarde, alguien llegó hasta la puerta. No llamó de inmediato. Miró la fachada, las ventanas, el jardín vencido por la maleza. Parecía buscar en aquella casa algo que recordaba y, al mismo tiempo, temía encontrar. Finalmente golpeó y esperó. Al no obtener respuesta, volvió a golpear, esta vez con más fuerza. El silencio pareció extenderse hasta la calle. Entonces se acercó a una ventana y limpió con la manga un círculo sobre el vidrio. Dentro, la mesa seguía preparada para dos que nunca se volvieron a encontrar.

sábado, 26 de septiembre de 2026

El hombre de espaldas



Thomas Mann llevaba años escribiendo sobre hombres que huían de algo sin saber exactamente de qué. Una mañana salió a caminar y, al doblar una esquina, vio a un hombre con sombrero que avanzaba delante de él. Lo siguió. El hombre dobló otra esquina. Mann aceleró el paso. Volvió a verlo a lo lejos, siempre de espaldas, siempre con el mismo abrigo, como si el tiempo no consiguiera alcanzarlo.
Cuando finalmente logró acercarse, le tocó el hombro. El hombre se volvió. Era él mismo. Mann quiso preguntarle adónde iba, pero el otro se llevó un dedo a los labios y señaló el camino. Entonces comprendió que no lo estaba siguiendo: lo estaba escribiendo.