NO COPIES, SÉ AUTÉNTICO

miércoles, 26 de agosto de 2026

Contra la sombra



Maldito glaucoma, ¿Quién te dio permiso para instalarte en mis ojos como un huésped que nadie invitó? Llegaste sin anunciarte, sin tocar la puerta, sin siquiera la cortesía de presentarte. Y ahí te quedaste, haciendo de las tuyas, estrechando caminos, apagando luces, convencido de que mis ojos eran territorio abandonado.

Pues te equivocaste.
Ahora resulta que hay cirugía, médicos, instrumentos y manos expertas dispuestas a desalojarte. Y yo, que durante tanto tiempo te soporté en silencio, voy a sentarme frente a ti —aunque sea por última vez— para decirte que no eres dueño de mi mirada.
No te confundas: tengo miedo. Claro que tengo miedo. Uno no entrega los ojos con la tranquilidad con que entrega las llaves de la casa. Pero también tengo esperanza. Y quizá eso sea lo que más te moleste: que mientras tú cuentas presiones, nervios y sombras, yo sigo haciendo planes.
Voy a operarme, glaucoma. Y cuando despierte, no te prometo una venganza. Te prometo algo peor: voy a seguir mirando.
Miraré el rostro de quienes quiero. Miraré la calle, los árboles, los libros, las palabras. Miraré incluso mis propias cicatrices, si consigo encontrarlas. Y si alguna mañana la luz entra por la ventana y me obliga a entrecerrar los ojos, pensaré en ti apenas un instante.
Después seguiré adelante.
Porque tú querías quitarme la mirada y terminaste enseñándome cuánto vale. Así que vete preparando. La próxima vez que nos encontremos, no serás tú quien mire. Seré yo. Y esta vez, con los ojos bien abiertos.

sábado, 15 de agosto de 2026

El agua sigue avanzando

 


El agua ya había llegado al borde del mantel cuando Juli levantó la cabeza. El vaso empieza a inclinarse. Nadie alcanza a detenerlo. El agua corre sobre la mesa, rodea el plato, moja la canastilla del pan, llega hasta el borde del mantel. Juli se queda inmóvil. No intenta recoger el vaso. No limpia el agua. Levanta la cabeza y busca el rostro de mamá.

Durante unos segundos, ninguna respira. El agua sigue avanzando con paso parsimonioso. Mamá también la mira. Después se levanta, toma un trapo, seca la mesa y cambia el vaso de lugar.

—No pasa nada —dice.

Juli baja la mirada. Entonces mamá se sienta otra vez y, mientras exprime el trapo sobre el fregadero, pregunta:

—¿Hace cuánto sabes que tu papá no va a volver?

Juli mira el agua que todavía tiembla entre las vetas de la madera.

—Desde antes de que se fuera.

El silencio ocupa la mesa. Mamá deja caer el trapo. Ahora es ella quien no sabe qué hacer.

viernes, 7 de agosto de 2026

Odiseo

 


Promesa rota

Cuando partió a Troya, juró que no volvería a pisar su hogar. Ahora sabía que tendría que dar explicaciones.

**

El desembarco

Tras diez años de tempestades, Odiseo pisó la arena de Ítaca y descubrió el peor monstruo: era un extraño en casa. 

***

El regreso

Penélope abrió la puerta.

—Has vuelto.

Ulises negó con tristeza.

—Volvió el rey. Yo me quedé perdido en el mar el día en que aprendí a llamarme Nadie.

domingo, 2 de agosto de 2026

Las dos llaves

 



Durante el primer régimen, el deber de Erik consistía en lustrar los zapatos de charol de Jensen antes de que este bajara al set de filmación, y asegurarse de que el filósofo Sten, encadenado en el sótano, recibiera su ración de sopa rancia. Erik admiraba la dignidad con la que el prisionero citaba a los estoicos mientras las ratas le rondaban los tobillos. Por eso, la noche de la gran purga, no le costó trabajo dejar abierta la verja trasera del palacio. La sangre de Jensen en la bañera pareció, por unas horas, un acto de justicia poética.

Con la llegada de la República de la Razón, Sten cambió los harapos por un abrigo gris de corte militar. Dictó el primer decreto antes del amanecer: se prohibía la carne, el cine de entretenimiento y las medicinas extranjeras; el dolor corporal, argumentó el nuevo líder, era el único camino hacia la pureza del espíritu. A los profesionales que protestaron se les asignó una pala y un destino en los campos del norte.

Cuando Erik se negó a firmar el juramento que obligaba a los niños a denunciar los hábitos alimenticios de sus padres, Sten lo miró con la misma serenidad con la que antes recitaba versos. Dos guardias lo arrastraron al mismo sótano.

Doce años después, los cuarteles volvieron a cambiar de color tras una revuelta silenciosa financiada por los exiliados del viejo régimen. Los antiguos torturadores de Jensen recuperaron sus placas y sus trajes civiles. Hubo amnistía para casi todos, menos para Erik. Su expediente era un nudo incómodo: los nuevos jueces no sabían si castigarlo por haber facilitado la muerte del primer tirano o por haberse negado a servir al segundo.

Ahora, bajo arresto domiciliario en un cuarto sin espejos, Erick escribe notas en los márgenes de los periódicos oficiales. A veces escucha pasos en el techo y cree que las ratas del sótano han aprendido a hablar con la voz de Sten; otras veces, jura que el agua del grifo sale tibia y con olor a jabón de palacio. En la calle, la gente celebra el regreso de la normalidad, mientras él sigue esperando que alguien invente una tercera puerta.

domingo, 26 de julio de 2026

Liquidación de cuentas



El paso en la bodega estaba bloqueado por dos tipos bebiendo sobre cajas de cerveza. Don Raúl pidió permiso; por toda respuesta, recibió un gruñido y, al subir hacia la Gerencia, el golpe seco de una papa podrida contra su bota. Escuchó las risas a sus espaldas, pero continuó el ascenso en silencio.

Arriba, la dueña lo recibió con una sonrisa cálida y anillos de oro en cada dedo.

—¡Traigan cinco cervezas bien frías! ¡Y que sea rápido! —ordenó desde la puerta, para luego volver al escritorio, cruzar la pierna y repasar las cuentas con coqueta lentitud.

Un hombre subió sofocado con la media canasta. La sonrisa servil se le congeló en los labios al cruzarse con la mirada de Don Raúl.

—Le presento a mi esposo —dijo la mujer.

El tipo palideció y estiró una mano temblorosa. Don Raúl no la estrechó: tomó una botella, la destapó con parsimonia y se la vació completa en la cabeza. Sin perder el aire afable, recogió los cheques y el fajo de billetes del escritorio.

—Fue un placer negociar con usted, señora —dijo al salir, dejando a la mujer atónita y al marido goteando espuma sobre la fórmica.

domingo, 19 de julio de 2026

El visitante

 


Durante cuarenta años escribió novelas sin descanso. En todas había un hombre que llegaba cuando todo parecía perdido. No era el protagonista, ni el villano, ni el sabio. Simplemente aparecía, observaba un instante y encontraba el gesto exacto para cambiar el rumbo de la historia. Le puso un nombre.

Los lectores lo recordaban poco. Algunos ni siquiera reparaban en él. Sin embargo, el escritor jamás iniciaba una novela sin preguntarse en qué momento entraría el personaje por una puerta, cruzaría una plaza o encendería un cigarrillo antes de pronunciar una frase que nadie olvidaría. Con los años dejó de inventarlo. Solo esperaba. Se sentaba frente a la máquina de escribir, colocaba una hoja en blanco y aguardaba hasta que decidiera aparecer. Entonces escribía.

Cuando el médico le prohibió seguir trabajando, escondió una libreta bajo la almohada. Las noches eran largas. El reloj del hospital avanzaba con una paciencia insoportable. Entre una inyección y otra, movía apenas la mano para anotar una palabra. Una madrugada abrió los ojos.

—¿Llegó?

La enfermera creyó que hablaba de un hijo.

—No ha venido nadie.

Él sonrió con cansancio.

—Siempre llega tarde.

Los días comenzaron a mezclarse. El techo del cuarto se confundía con el cielo de una de sus novelas. El olor del desinfectante se transformó en el del Jazmín de la India que había descrito cientos de veces. Los pasos de los médicos sonaban igual que los cascos de un caballo alejándose por un camino de tierra.

Al anochecer pidió que dejaran la puerta entreabierta. Nadie entendió por qué. Hacia la medianoche el pasillo quedó en silencio. Entonces se oyó un golpe suave. La puerta terminó de abrirse.

Un hombre de abrigo gris entró sin hacer ruido. Dejó el sombrero sobre la silla y observó al anciano con una mezcla de afecto y resignación.

—Te demoraste —murmuró el escritor.

—Esta vez me costó encontrarte.

El anciano soltó una risa breve.

—Pensé que habías muerto conmigo.

El hombre negó despacio.

—Mientras alguien abra uno de tus libros, seguiré llegando. El escritor cerró los ojos. La respiración se volvió ligera.

Cuando la enfermera entró unos minutos después, encontró la habitación vacía de visitas. Solo había una libreta abierta sobre la cama. En la última página, con una letra insegura, se leía una única frase:

«Ahora le toca a él contar mi historia.»

domingo, 12 de julio de 2026

La partitura del silencio



El silencio, para Niccolò, no era la ausencia de sonido; era una tregua.

Durante años, su vida se midió en compases perfectos y aplausos atronadores. Su violín no era un simple instrumento, sino una extensión de su propio sistema nervioso. El problema radicaba en que su sistema nervioso tenía su propia partitura, una caótica y brutal.

La música y la epilepsia compartían el mismo territorio en su cerebro. Al principio, las crisis eran sutiles variaciones, breves silencios en su mente que lograba disimular pestañeando entre movimientos de un concierto de Brahms. Pero con el tiempo, los ataques se volvieron más reiterados, perdiendo la timidez. El diagnóstico médico fue un veredicto definitivo: el esfuerzo cognitivo, la presión de las luces del escenario y la intensidad emocional de la interpretación funcionaban como los detonantes perfectos de una tormenta eléctrica en su cabeza.

El miedo no era a la caída, ni al dolor. El miedo real era el escenario: desplomarse en mitad de un crecendo, romper el Stradivarius contra el suelo de madera pulida y que el último recuerdo que el mundo tuviera de él fuera el de un cuerpo convulsionando bajo el resplandor implacable de los focos de una sala de conciertos. Morir allí, expuesto, convertido en un espectáculo trágico.

Por eso eligió el exilio.