Maldito glaucoma, ¿Quién te dio permiso para instalarte en mis ojos como un huésped que nadie invitó? Llegaste sin anunciarte, sin tocar la puerta, sin siquiera la cortesía de presentarte. Y ahí te quedaste, haciendo de las tuyas, estrechando caminos, apagando luces, convencido de que mis ojos eran territorio abandonado.
NO COPIES, SÉ AUTÉNTICO
miércoles, 26 de agosto de 2026
Contra la sombra
sábado, 15 de agosto de 2026
El agua sigue avanzando
El agua ya había llegado al borde del
mantel cuando Juli levantó la cabeza. El vaso empieza a inclinarse.
Nadie alcanza a detenerlo. El agua corre sobre la mesa, rodea el plato, moja la canastilla del
pan, llega hasta el borde del mantel. Juli se queda inmóvil. No intenta recoger
el vaso. No limpia el agua. Levanta la cabeza y busca el rostro de mamá.
Durante
unos segundos, ninguna respira. El agua sigue avanzando con paso parsimonioso.
Mamá también la mira. Después se levanta, toma un trapo, seca la mesa y cambia
el vaso de lugar.
—No
pasa nada —dice.
Juli
baja la mirada. Entonces mamá se sienta otra vez y, mientras exprime el trapo
sobre el fregadero, pregunta:
—¿Hace
cuánto sabes que tu papá no va a volver?
Juli
mira el agua que todavía tiembla entre las vetas de la madera.
—Desde
antes de que se fuera.
El
silencio ocupa la mesa. Mamá deja caer el trapo. Ahora es ella quien no sabe
qué hacer.
viernes, 7 de agosto de 2026
Odiseo
Promesa
rota
Cuando partió a Troya,
juró que no volvería a pisar su hogar. Ahora sabía que tendría que dar
explicaciones.
**
El
desembarco
Tras diez años de
tempestades, Odiseo pisó la arena de Ítaca y descubrió el peor monstruo: era un
extraño en casa.
***
El regreso
Penélope abrió la puerta.
—Has vuelto.
Ulises negó con tristeza.
—Volvió el rey. Yo me quedé perdido en el mar el día en que aprendí a llamarme Nadie.
domingo, 2 de agosto de 2026
Las dos llaves
Durante el primer régimen, el deber de Erik consistía
en lustrar los zapatos de charol de Jensen antes de que este bajara al set de
filmación, y asegurarse de que el filósofo Sten, encadenado en el sótano,
recibiera su ración de sopa rancia. Erik admiraba la dignidad con la que el
prisionero citaba a los estoicos mientras las ratas le rondaban los tobillos.
Por eso, la noche de la gran purga, no le costó trabajo dejar abierta la verja
trasera del palacio. La sangre de Jensen en la bañera pareció, por unas horas,
un acto de justicia poética.
Con la llegada de la República de la Razón, Sten
cambió los harapos por un abrigo gris de corte militar. Dictó el primer decreto
antes del amanecer: se prohibía la carne, el cine de entretenimiento y las
medicinas extranjeras; el dolor corporal, argumentó el nuevo líder, era el
único camino hacia la pureza del espíritu. A los profesionales que protestaron
se les asignó una pala y un destino en los campos del norte.
Cuando Erik se negó a firmar el juramento que obligaba
a los niños a denunciar los hábitos alimenticios de sus padres, Sten lo miró
con la misma serenidad con la que antes recitaba versos. Dos guardias lo
arrastraron al mismo sótano.
Doce años después, los cuarteles volvieron a cambiar
de color tras una revuelta silenciosa financiada por los exiliados del viejo
régimen. Los antiguos torturadores de Jensen recuperaron sus placas y sus
trajes civiles. Hubo amnistía para casi todos, menos para Erik. Su expediente
era un nudo incómodo: los nuevos jueces no sabían si castigarlo por haber
facilitado la muerte del primer tirano o por haberse negado a servir al
segundo.
Ahora, bajo arresto domiciliario en un cuarto sin espejos, Erick escribe notas en los márgenes de los periódicos oficiales. A veces escucha pasos en el techo y cree que las ratas del sótano han aprendido a hablar con la voz de Sten; otras veces, jura que el agua del grifo sale tibia y con olor a jabón de palacio. En la calle, la gente celebra el regreso de la normalidad, mientras él sigue esperando que alguien invente una tercera puerta.
domingo, 26 de julio de 2026
Liquidación de cuentas
El paso en la bodega estaba bloqueado por dos tipos bebiendo sobre cajas de cerveza. Don Raúl pidió permiso; por toda respuesta, recibió un gruñido y, al subir hacia la Gerencia, el golpe seco de una papa podrida contra su bota. Escuchó las risas a sus espaldas, pero continuó el ascenso en silencio.
Arriba, la dueña lo recibió con una sonrisa cálida y anillos de oro en cada dedo.
—¡Traigan cinco cervezas bien frías! ¡Y que sea rápido! —ordenó desde la puerta, para luego volver al escritorio, cruzar la pierna y repasar las cuentas con coqueta lentitud.
Un hombre subió sofocado con la media canasta. La sonrisa servil se le congeló en los labios al cruzarse con la mirada de Don Raúl.
—Le presento a mi esposo —dijo la mujer.
El tipo palideció y estiró una mano temblorosa. Don Raúl no la estrechó: tomó una botella, la destapó con parsimonia y se la vació completa en la cabeza. Sin perder el aire afable, recogió los cheques y el fajo de billetes del escritorio.
—Fue un placer negociar con usted, señora —dijo al salir, dejando a la mujer atónita y al marido goteando espuma sobre la fórmica.
domingo, 19 de julio de 2026
El visitante
Durante cuarenta años
escribió novelas sin descanso. En todas había un hombre que llegaba cuando todo
parecía perdido. No era el protagonista, ni el villano, ni el sabio.
Simplemente aparecía, observaba un instante y encontraba el gesto exacto para
cambiar el rumbo de la historia. Le puso un nombre.
Los lectores lo recordaban
poco. Algunos ni siquiera reparaban en él. Sin embargo, el escritor jamás
iniciaba una novela sin preguntarse en qué momento entraría el personaje por
una puerta, cruzaría una plaza o encendería un cigarrillo antes de pronunciar
una frase que nadie olvidaría. Con los años dejó de inventarlo. Solo esperaba. Se
sentaba frente a la máquina de escribir, colocaba una hoja en blanco y
aguardaba hasta que decidiera aparecer. Entonces escribía.
Cuando el médico le
prohibió seguir trabajando, escondió una libreta bajo la almohada. Las noches
eran largas. El reloj del hospital avanzaba con una paciencia insoportable.
Entre una inyección y otra, movía apenas la mano para anotar una palabra. Una
madrugada abrió los ojos.
—¿Llegó?
La enfermera creyó que
hablaba de un hijo.
—No ha venido nadie.
Él sonrió con cansancio.
—Siempre llega tarde.
Los días comenzaron a
mezclarse. El techo del cuarto se confundía con el cielo de una de sus novelas.
El olor del desinfectante se transformó en el del Jazmín de la India que había
descrito cientos de veces. Los pasos de los médicos sonaban igual que los
cascos de un caballo alejándose por un camino de tierra.
Al anochecer pidió que
dejaran la puerta entreabierta. Nadie entendió por qué. Hacia la medianoche el
pasillo quedó en silencio. Entonces se oyó un golpe suave. La puerta terminó de
abrirse.
Un hombre de abrigo gris
entró sin hacer ruido. Dejó el sombrero sobre la silla y observó al anciano con
una mezcla de afecto y resignación.
—Te demoraste —murmuró el
escritor.
—Esta vez me costó
encontrarte.
El anciano soltó una risa
breve.
—Pensé que habías muerto
conmigo.
El hombre negó despacio.
—Mientras alguien abra uno
de tus libros, seguiré llegando. El escritor cerró los ojos. La respiración se
volvió ligera.
Cuando la enfermera entró
unos minutos después, encontró la habitación vacía de visitas. Solo había una
libreta abierta sobre la cama. En la última página, con una letra insegura, se
leía una única frase:
«Ahora le toca a él contar
mi historia.»
domingo, 12 de julio de 2026
La partitura del silencio
El silencio, para Niccolò, no era la ausencia de sonido; era una tregua.
Durante años, su vida se midió en compases perfectos y aplausos atronadores. Su violín no era un simple instrumento, sino una extensión de su propio sistema nervioso. El problema radicaba en que su sistema nervioso tenía su propia partitura, una caótica y brutal.
La música y la epilepsia compartían el mismo territorio en su cerebro. Al principio, las crisis eran sutiles variaciones, breves silencios en su mente que lograba disimular pestañeando entre movimientos de un concierto de Brahms. Pero con el tiempo, los ataques se volvieron más reiterados, perdiendo la timidez. El diagnóstico médico fue un veredicto definitivo: el esfuerzo cognitivo, la presión de las luces del escenario y la intensidad emocional de la interpretación funcionaban como los detonantes perfectos de una tormenta eléctrica en su cabeza.
El miedo no era a la caída, ni al dolor. El miedo real era el escenario: desplomarse en mitad de un crecendo, romper el Stradivarius contra el suelo de madera pulida y que el último recuerdo que el mundo tuviera de él fuera el de un cuerpo convulsionando bajo el resplandor implacable de los focos de una sala de conciertos. Morir allí, expuesto, convertido en un espectáculo trágico.
Por eso eligió el exilio.






