NO COPIES, SÉ AUTÉNTICO

domingo, 6 de septiembre de 2026

El nudo de la soga

 



La red estaba seca, un enredo de cáñamo color arena amontonado en la proa. Samuel la miró sin tocarla. Había pasado la mañana revisando los cabos del Siete Mares, la última motonave de madera que quedaba en pie, con el mismo rigor con que un médico examina un pulso casi imperceptible. No lo hacía por trabajo; lo hacía por una necesidad antigua, un ritual que le exigía la madera misma.

A su espalda, el estruendo de la ciudad en crecimiento era una marea constante: el taladro neumático en la nueva avenida, el claxon de los taxis, las voces de la gente que se amontonaba en las aceras recién pavimentadas. Nadie miraba hacia la orilla. El mar Caribe, esa extensión de agua que alguna vez había sido la arteria vital de Vaivén del Mar, era ahora un telón de fondo ignorado, una frontera que se esquivaba.

Un hombre joven, con una camisa de hilo impecable y zapatos relucientes, se acercó. No traía salitre en la piel, sino olor a loción y a oficina.

—Buenas tardes, Santiago —dijo el hombre, deteniéndose a unos metros de la orilla, cuidando de no ensuciarse—. Traigo el documento final. El alcalde ya firmó la orden.

Santiago no respondió. Sus dedos estaban ocupados con un nudo en un cabo de amarre. Era un nudo de marinero, un lazo que requería firmeza y paciencia. Sus manos, curtidas, callosas y manchadas de alquitrán, trabajaban la soga con una memoria propia, una memoria que no necesitaba palabras.

El joven extendió un papel doblado.

—Necesitamos que la firma esté antes del cierre. El Siete Mares está ocupando un espacio que se requiere para la expansión del malecón peatonal. Ya no es navegable, Santiago. La capitanía no renovará el permiso. Es solo... un obstáculo.

Santiago detuvo el movimiento de sus manos. El nudo estaba casi terminado. Miró hacia el horizonte. El mar estaba calmado, una lámina de azul profundo que se extendía hasta donde alcanzaba la vista. Recordó los días en que el Azul y el Adagio anclaban allí, sus cubiertas llenas de mercancías y de historias. Recordó la red de confianza que unía a Vaivén del Mar con las Antillas, un tejido invisible de lealtades y compromisos.

Volvió a mirar al joven. No vio en sus ojos la comprensión del capital relacional que se había perdido, de la vocación marítima que se estaba asfixiando. Vio solo números, metros cuadrados y planes de urbanismo. El joven no sabía lo que era fío, quién compraba por la palabra dada o qué puerto era seguro. Él solo conocía las redes de asfalto y el control de la tierra firme.

Santiago deslizó el último cabo, apretando el nudo con un tirón final. Era un nudo de marinero, un lazo que no se soltaba fácilmente, un lazo que resistía la tensión del viento y la marea.

Extendió la mano para tomar el papel. Su mano, callosa y sucia, rozó los dedos limpios del joven. Con la otra, buscó la pluma en su bolsillo. No leyó el documento. Simplemente firmó en la línea punteada, con una letra clara y firme.

El joven sonrió, aliviado.

—Gracias, Santiago. Se hará de la manera más rápida posible. La ciudad tiene que crecer.

Santiago no dijo nada. Se dio la vuelta y se adentró en la proa del Siete Mares. Tomó la red seca y empezó a desatar el enredo. No lo hacía por trabajo, sino por necesidad antigua, un ritual que le exigía el mar Caribe, una marea que se estaba llevando los últimos remaches de una idea del mundo. El nudo de la soga, apretado y firme, era el último lazo que lo unía a una ciudad que había perdido su imaginación de estar conectada con el mundo.

sábado, 29 de agosto de 2026

La clase de escritura



Terminé convencida de lo normal de la doble relación de mi mamá. Y así se lo conté un día a mi papá, como lo más natural del mundo, tal y como me dijo que escribiera el licenciado Castle en la clase de producción textual; pero como que no le gustó mucho, porque ese fue el día que se marchó de la casa, y sin decirle a ella de lo que hablamos de mi novio.

miércoles, 26 de agosto de 2026

Contra la sombra




Maldito glaucoma, ¿Quién te dio permiso para instalarte en mis ojos como un huésped que nadie invitó? Llegaste sin anunciarte, sin tocar la puerta, sin siquiera la cortesía de presentarte. Y ahí te quedaste, haciendo de las tuyas, estrechando caminos, apagando luces, convencido de que mis ojos eran territorio abandonado.

Pues te equivocaste.
Ahora resulta que hay cirugía, médicos, instrumentos y manos expertas dispuestas a desalojarte. Y yo, que durante tanto tiempo te soporté en silencio, voy a sentarme frente a ti —aunque sea por última vez— para decirte que no eres dueño de mi mirada.
No te confundas: tengo miedo. Claro que tengo miedo. Uno no entrega los ojos con la tranquilidad con que entrega las llaves de la casa. Pero también tengo esperanza. Y quizá eso sea lo que más te moleste: que mientras tú cuentas presiones, nervios y sombras, yo sigo haciendo planes.
Voy a operarme, glaucoma. Y cuando despierte, no te prometo una venganza. Te prometo algo peor: voy a seguir mirando.
Miraré el rostro de quienes quiero. Miraré la calle, los árboles, los libros, las palabras. Miraré incluso mis propias cicatrices, si consigo encontrarlas. Y si alguna mañana la luz entra por la ventana y me obliga a entrecerrar los ojos, pensaré en ti apenas un instante.
Después seguiré adelante.
Porque tú querías quitarme la mirada y terminaste enseñándome cuánto vale. Así que vete preparando. La próxima vez que nos encontremos, no serás tú quien mire. Seré yo. Y esta vez, con los ojos bien abiertos.

sábado, 15 de agosto de 2026

El agua sigue avanzando

 


El agua ya había llegado al borde del mantel cuando Juli levantó la cabeza. El vaso empieza a inclinarse. Nadie alcanza a detenerlo. El agua corre sobre la mesa, rodea el plato, moja la canastilla del pan, llega hasta el borde del mantel. Juli se queda inmóvil. No intenta recoger el vaso. No limpia el agua. Levanta la cabeza y busca el rostro de mamá.

Durante unos segundos, ninguna respira. El agua sigue avanzando con paso parsimonioso. Mamá también la mira. Después se levanta, toma un trapo, seca la mesa y cambia el vaso de lugar.

—No pasa nada —dice.

Juli baja la mirada. Entonces mamá se sienta otra vez y, mientras exprime el trapo sobre el fregadero, pregunta:

—¿Hace cuánto sabes que tu papá no va a volver?

Juli mira el agua que todavía tiembla entre las vetas de la madera.

—Desde antes de que se fuera.

El silencio ocupa la mesa. Mamá deja caer el trapo. Ahora es ella quien no sabe qué hacer.

viernes, 7 de agosto de 2026

Odiseo

 


Promesa rota

Cuando partió a Troya, juró que no volvería a pisar su hogar. Ahora sabía que tendría que dar explicaciones.

**

El desembarco

Tras diez años de tempestades, Odiseo pisó la arena de Ítaca y descubrió el peor monstruo: era un extraño en casa. 

***

El regreso

Penélope abrió la puerta.

—Has vuelto.

Ulises negó con tristeza.

—Volvió el rey. Yo me quedé perdido en el mar el día en que aprendí a llamarme Nadie.

domingo, 2 de agosto de 2026

Las dos llaves

 



Durante el primer régimen, el deber de Erik consistía en lustrar los zapatos de charol de Jensen antes de que este bajara al set de filmación, y asegurarse de que el filósofo Sten, encadenado en el sótano, recibiera su ración de sopa rancia. Erik admiraba la dignidad con la que el prisionero citaba a los estoicos mientras las ratas le rondaban los tobillos. Por eso, la noche de la gran purga, no le costó trabajo dejar abierta la verja trasera del palacio. La sangre de Jensen en la bañera pareció, por unas horas, un acto de justicia poética.

Con la llegada de la República de la Razón, Sten cambió los harapos por un abrigo gris de corte militar. Dictó el primer decreto antes del amanecer: se prohibía la carne, el cine de entretenimiento y las medicinas extranjeras; el dolor corporal, argumentó el nuevo líder, era el único camino hacia la pureza del espíritu. A los profesionales que protestaron se les asignó una pala y un destino en los campos del norte.

Cuando Erik se negó a firmar el juramento que obligaba a los niños a denunciar los hábitos alimenticios de sus padres, Sten lo miró con la misma serenidad con la que antes recitaba versos. Dos guardias lo arrastraron al mismo sótano.

Doce años después, los cuarteles volvieron a cambiar de color tras una revuelta silenciosa financiada por los exiliados del viejo régimen. Los antiguos torturadores de Jensen recuperaron sus placas y sus trajes civiles. Hubo amnistía para casi todos, menos para Erik. Su expediente era un nudo incómodo: los nuevos jueces no sabían si castigarlo por haber facilitado la muerte del primer tirano o por haberse negado a servir al segundo.

Ahora, bajo arresto domiciliario en un cuarto sin espejos, Erick escribe notas en los márgenes de los periódicos oficiales. A veces escucha pasos en el techo y cree que las ratas del sótano han aprendido a hablar con la voz de Sten; otras veces, jura que el agua del grifo sale tibia y con olor a jabón de palacio. En la calle, la gente celebra el regreso de la normalidad, mientras él sigue esperando que alguien invente una tercera puerta.

domingo, 26 de julio de 2026

Liquidación de cuentas



El paso en la bodega estaba bloqueado por dos tipos bebiendo sobre cajas de cerveza. Don Raúl pidió permiso; por toda respuesta, recibió un gruñido y, al subir hacia la Gerencia, el golpe seco de una papa podrida contra su bota. Escuchó las risas a sus espaldas, pero continuó el ascenso en silencio.

Arriba, la dueña lo recibió con una sonrisa cálida y anillos de oro en cada dedo.

—¡Traigan cinco cervezas bien frías! ¡Y que sea rápido! —ordenó desde la puerta, para luego volver al escritorio, cruzar la pierna y repasar las cuentas con coqueta lentitud.

Un hombre subió sofocado con la media canasta. La sonrisa servil se le congeló en los labios al cruzarse con la mirada de Don Raúl.

—Le presento a mi esposo —dijo la mujer.

El tipo palideció y estiró una mano temblorosa. Don Raúl no la estrechó: tomó una botella, la destapó con parsimonia y se la vació completa en la cabeza. Sin perder el aire afable, recogió los cheques y el fajo de billetes del escritorio.

—Fue un placer negociar con usted, señora —dijo al salir, dejando a la mujer atónita y al marido goteando espuma sobre la fórmica.