NO COPIES, SÉ AUTÉNTICO

sábado, 21 de marzo de 2026

Quien escribe desde la sombra

 


El hombre llevaba horas frente al computador. La pantalla seguía blanca. Primero probó con disciplina: espalda recta, manos sobre el teclado, la voluntad como un martillo. Nada.
Luego intentó con paciencia: cruzó los brazos, miró el techo, dejó que el silencio trabajara por él. Tampoco.

Encendió un cigarrillo imaginario —porque había dejado de fumar hacía años— y estiró los brazos hacia el teclado como quien empuja una puerta cerrada. Las palabras no salieron. Entonces comenzó el ruido. No afuera: dentro. Un zumbido espeso de pensamientos, recuerdos, frases a medio hacer. Pronto el ruido se volvió una maraña negra que parecía crecerle dentro del cráneo. El hombre se tomó la cabeza con las manos.

—No puede ser tan difícil —murmuró.

La maraña creció, pesada, oscura, como una nube cargada de tormenta. El hombre bajó la cabeza sobre el escritorio, vencido. Y fue entonces cuando alguien lo abrazó. Al principio creyó que era un recuerdo. Un calor suave rodeándole los hombros. Un perfume antiguo, apenas dulce. Levantó un poco la cabeza, confundido. No vio a nadie. Pero los brazos seguían allí.

Eran tibios, protectores. Como si alguien lo sostuviera desde otro lado del aire. El hombre cerró los ojos y dejó que el abrazo lo envolviera. Cuando volvió a sentarse derecho, la maraña negra había desaparecido. Una figura traslúcida —rosada, delicada— se inclinó junto a su oído. No hablaba: respiraba palabras. Y él comenzó a escribir.

Las frases fluían rápidas, ligeras. Historias completas nacían en su mente antes de tocar el teclado. El hombre sonreía, casi agradecido, mientras la figura le susurraba ideas. Durante horas escribieron juntos. Cuando terminó el relato, el hombre suspiró satisfecho. La figura se apartó un poco y lo miró con ternura.

—Gracias —dijo él al aire.

Ella sonrió. Luego miró el texto en la pantalla. Lo leyó lentamente. Cuando llegó al final, su expresión cambió. Una sombra leve cruzó su rostro transparente. Porque el cuento que el hombre acababa de escribir llevaba por título:

«La mujer que murió esperando que alguien contara su historia.»

Y en la última línea se leía: «Nadie la escuchó jamás.»

La figura suspiró con tristeza. Después volvió a inclinarse sobre el hombre. Y siguió dictándole.

miércoles, 11 de marzo de 2026

Expediente 17

 


El primer científico murió en su laboratorio una madrugada de octubre. El informe forense habló de un infarto súbito. Nada fuera de lugar: una taza de café frío, una lámpara encendida, una ecuación a medio escribir.

Tres meses después apareció muerto un astrofísico en un hotel durante un congreso internacional. Estaba sentado en la cama, con una libreta sobre las piernas. El dictamen fue idéntico: paro cardíaco.

Luego murió una bióloga evolutiva en su oficina universitaria.

El patrón empezó a inquietar a alguien en la fiscalía.

Tres científicos. Tres muertes limpias. Ninguna señal de violencia.

Y un detalle menor: todos habían sido invitados a participar en el mismo proyecto internacional cuyo contenido permanecía clasificado.

La prensa resolvió el misterio antes que la policía.

—Culto anti ciencia —titularon—. Fanáticos que creen que el conocimiento es una blasfemia.

Aparecieron sospechosos previsibles: predicadores incendiarios, conspiradores profesionales, agitadores de internet. Hubo interrogatorios, registros, un par de arrestos.

Nada.

Mientras tanto murió un cuarto científico: un matemático especializado en modelos predictivos.

La policía revisó su apartamento con paciencia. No encontraron venenos ni señales de intrusión. Solo una pizarra cubierta de símbolos y, al pie, una frase escrita con letra irregular:

“No es un culto.”

El caso empezó a perder atención mediática.

Sin titulares, sin presión pública, el expediente fue adelgazando hasta quedar reducido a una carpeta gris en un archivo judicial.

Años después, un archivista revisaba documentos olvidados cuando encontró el expediente 17.

Leyó los informes, las autopsias, las entrevistas.

Entonces notó algo que nadie había señalado con claridad.

Los cuatro científicos habían solicitado acceso a los mismos datos días antes de morir.

Datos pertenecientes al proyecto internacional.

El archivista buscó el registro de ese archivo.

No existía.

Ni en servidores, ni en respaldos, ni en registros administrativos.

Como si alguien lo hubiera borrado antes de que pudiera ser consultado.

El archivista escribió una nota breve en el margen del expediente:

Motivo probable de los homicidios.”

Luego cerró la carpeta y la devolvió al estante.

El caso sigue abierto.

Nadie ha podido demostrar que se tratara de asesinatos.

Pero tampoco nadie ha podido explicar por qué, después de esas cuatro muertes, el proyecto fue cancelado para siempre.

Invitación: https://eldemiurgodehurlingham.blogspot.com/

sábado, 7 de marzo de 2026

El Pacto

 



Te amé como un hombre ama a una mujer a la que nunca toca: solo le escribe, tiene pequeñas fotografías de ella. Nuestro amor no era un asunto de cuerpos, sino de caligrafía y esperas. Durante años, nos enviamos sobres que cruzaban el océano cargados de confesiones que jamás nos atreveríamos a decir en voz alta. Yo conocía el ritmo de tu pensamiento, la curva de tu letra «g» y el grano de las tres únicas fotografías que me habías enviado; las guardaba en mi cartera como quien custodia un fragmento del Arca de la Alianza. Habíamos jurado, en un pacto tácito de supervivencia emocional, que el papel era nuestro único territorio seguro. Sabíamos que la piel es traicionera, que el aliento envejece y que la mirada directa puede marchitar el misterio.

Pero el destino no entiende de metáforas. Aquella noche, en esa fiesta a la que ninguno quería ir, el azar movió sus hilos con una crueldad geométrica. Alguien pronunció mi nombre y, al girarme, el mundo de papel se incendió. Allí estabas tú. No eras la imagen estática de mis retratos de sepia, sino un volumen tridimensional que ocupaba un espacio físico, que desplazaba el aire, que olía a algo tan terrenal como el perfume y el vino.

Cuando el anfitrión nos presentó con una ligereza insultante, como si fuéramos dos desconocidos, el pánico me inmovilizó. No supe qué hacer con mis manos; me parecieron apéndices inútiles, torpes herramientas de carne que no tenían permiso para rozar la divinidad que yo mismo había construido. Me pareció una falta de respeto absoluta que fueras real, que tuvieras poros, que parpadearas. En ese instante, comprendí que prefería tu ausencia escrita a tu presencia sólida, porque la mujer que yo amaba no podía ser tocada sin romperse.

viernes, 27 de febrero de 2026

La coma

Dedicado a CGGH

Después de seleccionar la premisa formal, el guionista se dispuso a escribir las acciones subordinadas de su historia, pero el personaje principal pereció por causa de una coma criminal que se escabulló en el texto.

 

sábado, 21 de febrero de 2026

Nadie, según consta

 


Lo dijo sin levantar la voz, como quien dicta una verdad administrativa:

—El problema contigo es que hablas como si fueras alguien; luego descubren que no eres nadie y se decepcionan.

Asentió. Al día siguiente, cuando desapareció de todos los registros, las alarmas se activaron, los noticieros interrumpieron la programación y el país entero preguntó por él.

Nadie supo explicar cómo la ausencia de un don nadie podía dejarlo todo en ruinas.

viernes, 13 de febrero de 2026

El trámite

 



FUNCIONARIO
—Firme aquí.

HOMBRE
—¿Para qué?

FUNCIONARIO
—Para continuar.

HOMBRE
—¿Continuar qué?

FUNCIONARIO
—Lo que ya empezó.

(Pausa. El Hombre firma.)

HOMBRE
—¿Y ahora?

FUNCIONARIO
—Ahora debe esperar.

HOMBRE
—¿Cuánto?

FUNCIONARIO
—Eso depende de usted.

HOMBRE
—¿De mí?

FUNCIONARIO
—De que deje de preguntar.

(Pausa larga.)

HOMBRE
—¿Puedo irme?

FUNCIONARIO
—Desde luego.
(Pausa)
Pero entonces tendría que empezar.

viernes, 6 de febrero de 2026

Antes de salir



Cuando terminó la visita, se despidieron de los dueños de la casa. Por el entusiasmo de la tía soltera y fisgona, cayeron en la cuenta de que los dos caminaban hacia la salida muy juntos, como en los primeros galanteos y en los pasos iniciales de un romance: las manos se buscan sin atreverse del todo, los brazos se rozan y las miradas se encuentran en silencio.

Nadie quiso romper el momento. La tía sonrió con malicia; los dueños intercambiaron una mirada cómplice.

Solo al cerrar la puerta recordaron —demasiado tarde— que habían llegado así, tomados de la mano, para acompañarse al entierro del marido de ella.