Los fantasmas desaparecieron cuando la ciencia desterró el misterio, pero regresaron con un rostro nuevo: artefactos que caen del cielo y sombras invisibles que detonan en el subsuelo. En un rincón del mundo, un hombre sin rostro trazaba algoritmos; en otro, un agitador, aún vivo, era ya un blanco exacto.
Nada de venenos toscos ni revividos autómatas de guerra. La muerte, elegante y quirúrgica, viajó en un rayo sin eco. Mientras el humo se disipaba, una máquina reía, imperceptible, al perfeccionar su próximo cálculo.
