Nunca se vieron, tampoco hubo un cruce de miradas silenciosas ni lisonjas entre ellos. Allí estaban luciendo sus coronas hechas de flores y de pequeñas ramas simbolizando los sacrificios que les esperaban como marido y mujer.
La tradición, pese a todo, sabe imponer el velo blanco de encajes para cubrir el rostro y el cuerpo de la novia que, en ese momento, emana santidad, pureza y protección contra los espíritus malignos.
Terminadas las palabras sacerdotales, el novio levantó los ojos, necesitó ver con más claridad. Miró directo a los ojos de ella, tan sólo vio mariposas distraídas cuando el desengaño comenzó a caminar sonriendo detrás del poco entusiasmo.