El reloj goteaba el minuto ochenta y siete. A esas alturas del partido, había pocos protagonistas y muchos espectadores. Mi equipo y la pelota no lograban entenderse. Nuestra estrella era, a esas instancias del partido, un caso de amor no correspondido con el balón. Sólo el horror cuidaba los detalles: un descarado delantero rival, se arqueó hacia atrás y en el aire le pegó a la pelota y la envió a lo más profundo de nuestros corazones. Nada fue tan glorioso como perder el título.

