Durante aquellos años que se
enclaustró en su propia casa, por cuestiones prácticas lo único que le
importaba era su pasatiempo: hacer barcos en miniatura que metía dentro de
botellas de whisky.
Cuando construía uno nuevo, lo
levantaba en el aire haciéndolo mover a través de un océano imaginario. Era
como si esa obsesión por los barcos lo llevara a interpretar el papel de un
hombre abandonado en una isla desierta.