NO COPIES, SÉ AUTÉNTICO

domingo, 1 de noviembre de 2026

El inquilino del claustro

El eco de los latones y el olor a cera fría confinaban a las internas en un perpetuo estado de asedio. En el refectorio, la Madre Superiora abría las hostilidades del día con una oratoria encendida, elevando al Demonio a la categoría de un rival a la altura del Creador: un inquilino de carne y hueso que se paseaba con total soltura entre las columnas del claustro, encarnándose en el andar pausado del obispo y en el rigor silencioso de las monjas.

Para la mayoría de las huérfanas, aquello era un motivo de pánico aterrador. Para Rita Cruzalta, en cambio, representaba un mapa de ruta fascinante. Mientras el resto bajaba la mirada, Rita observaba los pasillos con una curiosidad calculadora y un pragmatismo candoroso.

El contraste entre ambas visiones moldeaba el pulso cotidiano del convento: de un lado, la rigidez veterana de la hermana Bernardina, quien entendía la disciplina como una trinchera gris contra la podredumbre del mundo; del otro, la mirada inquisitiva de Rita, que veía en el aire cargado de culpas y sombras una geografía perfectamente lógica para conquistar la santidad.

En las mañanas de bruma, cuando el patio central se cubría de una humedad densa y las novicias se afanaban en el lavado de los paramentos, Bernardina solía corregir la postura de las jóvenes con un seco golpe de nudillos sobre las bancas de madera.

—La devoción no es curiosidad, Rita —le reprochaba en voz baja, advirtiendo el brillo indescifrable en los ojos de la muchacha mientras observaban pasar al capellán—. Quien busca al Maligno por simple entretención termina por invocarlo bajo su propia cama.

—No lo busco, hermana —respondía Rita sin levantar la voz, pasando el trapo áspero sobre el piso de piedra pómez—, sino porque si el Adversario tiene la decencia de pasearse por aquí con sotana y mitra, al menos uno sabría exactamente a quién combatir. Afuera, en las calles, los enemigos son invisibles. Aquí, en cambio, tienen rostro, cargo y horario de visitas.

La hermana Bernardina contenía la respiración, atrapada entre el impulso de reprender semejante osadía y el amargo reconocimiento de que la muchacha tenía razón. En los pasillos donde la superiora alimentaba el terror con sermones teatrales, Rita no había encontrado el miedo que agachaba las cabezas de las demás, sino una vocación afilada como un arma.

Aquella misma noche, frente a la pequeña pila de agua bendita de su celda, tomó la determinación definitiva. Vestiría el velo. Si el convento era el escenario donde el reverso de Dios operaba con mayor descaro, ella no huiría del peligro. Quizá, pensó mientras ajustaba el crucifijo de madera contra su pecho, en medio de tanto fuego cruzado entre la santidad y la sombra, el milagro de convertirse en otra Santa Teresa fuera no solo posible, sino inevitable.