—¿Entendiste, La Torre? —susurró Britto—.
Todos crecimos bajo la misma sombra: una pistola.
Asentí. Era una conclusión que duele.
—Nos educaron a confundir poder con gatillo —dije.
—Y a creer que llorar es traición —añadió ella.
Pensé en Borrero. No se disparó: lo educaron para hacerlo.
Mientras caminábamos, lo supe: en alguna casa, un niño acariciaba una pistola como quien reza.
No lo llamarán violencia. Lo llamarán liturgia.

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