—¿Entendiste, La Torre? —susurró Britto—.
Todos crecimos bajo la misma sombra: una pistola.
Asentí. Era una conclusión que duele.
—Nos educaron a confundir poder con gatillo —dije.
—Y a creer que llorar es traición —añadió ella.
Pensé en Borrero. No se disparó: lo educaron para hacerlo.
Mientras caminábamos, lo supe: en alguna casa, un niño acariciaba una pistola como quien reza.
No lo llamarán violencia. Lo llamarán liturgia.

Presentas una sociedad donde la violencia se ha instalado como se instala una religión. Desde niño se asimila esa religión donde la sensibilidad es pecado y por tanto traición. ¿Qué podría ir mal?
ResponderBorrarExcelente micro.
En un mundo superpoblado, será la única solución.
ResponderBorrarAbrZooo
La violencia está en todo y en todos.
ResponderBorrarSaludos,
J.
Normalizar lo inmoral, no es sinónimo o no debiera serlo, de insensibilizar el corazón. Si llegamos a ese punto, estamos jodidos. Va un abrazo, estimado.
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