sábado, 21 de diciembre de 2019

El viento del instante


Google

Y había una para mí
cuando iba en otro sueño más.
Charly García.


     En este pueblo de unas cuantas calles casi todos nos conocemos. Sea porque somos vecinos, vamos a estudiar, trabajamos juntos o porque nos cruzamos en una esquina del barrio. Incluso, nos reconocemos cuando alguien muere por el peso de los años o porque perdió la vida por causas desconocidas como presumen en los diarios.

     Con decirle que de tanto encontrarnos no hay máscara que pueda por mucho tiempo fingir lo que no existe. me explica después de hacer una pausa—. No se quede así mirándome con cara de interrogación. Escuche lo que me sucedió:

     Yendo en procura de quien pudiera reparar un electrodoméstico de mi casa, identifiqué en la calle a una muchacha. Miento, advertí la presencia de ella porque reconocí al marido por la calvicie frontal que lo caracteriza. En todo caso, yo seguí como si nada ante la presencia de los dos hasta cuando decidí devolverme sin tener muy claro por qué habría de seguirlos. Eso lo vine a saber después cuando caminaba impulsado por mi propio interés de hacerme notar de ella y para que se diera cuenta de lo que desaprovechó al convertirse en mujer de otro.

     Después de mucha indecisión, los vi entrar a un reconocido almacén donde la ropa no es más que una alegoría de caballeros, damas, rufianes, soldados, doctores, sacerdotes, abogados, filósofos y subordinados. Con disimulo observé, los vi hablar y convenir algo que él iría a equis lugar y que luego regresaría por ella. Cuando salió el hombre del lugar, fue cuando entré en escena. ¿Quién pensaría que esas ramas reverdecerían y florecerían? Con el pretexto de irme a medir una bermuda, fui en la misma dirección por donde iba la muchacha, dejando a quien me atendía sin entender por qué escogí hacer un largo rodeo en lugar de ir directo a los vestidores.

     Como el destino mezcla las cartas y nosotros las aventuramos, me pareció que ella me había visto en el preciso momento que escogía algunas prendas íntimas. Se detuvo, y le puedo jurar a usted, que deploraba no tener mi opinión, como antes, sobre el diseño de esas prendas. Siguió en su búsqueda; daba unos pasos cortos y luego, se detenía. Intuí que me esperaba, pues eso también solía hacer en el sitio que acordábamos cuando yo llegaba minutos después de lo acordado. Me está esperando, me lo dije con la misma seguridad del amante que fui cuando iba en pos de nuestras más ardientes pasiones antecedidas siempre de reserva.

     Me acerqué a ella, fue cuando me vio. Allí comprendí que la casualidad no existe, porque cuando se nos presenta, se llama causalidad al surgir de nuestras más profundas convicciones. Se lo digo porque hace unos días me interrogaba sobre ella, y ahora, la tenía frente a mí. ¿Pero, sabe? —ahondó, todavía más—, en esa lucha por verla, mis impulsos solo me alcanzaron para saludarla de mano, preguntarle cómo estaba dejándola con su acostumbrado saludo de ¡Hola! a medias y con cara de agradable sorpresa por mi aparición en ese lugar. ¿Pero para qué propicié ese encuentro, sino me importó dejarla, así como le digo? Pues si seguí de largo, fue porque todo estaba dicho entre nosotros desde mucho tiempo atrás y ella lo sabía.

     Algo si llamó mi atención, cuando me dio su mano para reencontrarse con la mía, su mirada no tenía ese brillo que me atraía; además, su blanca palidez desarmonizaba con su nueva forma de vestir, nada tenía que ver con la mujer de buen gusto que conocí. Por discreción no le dije en absoluto nada, más bien consideré que una cosa es creer y otra dejar de ser. —sentenció, sin más explicación—. Estoy cansado…, pero déjeme decirle, y espero esté de acuerdo conmigo, que la fe se lleva en el corazón y no en las rodillas. Ella ahora oculta su belleza física sin saber que oculta su verdadera esencia por su actual militancia religiosa. Esa mujer dejó fluir su porte y su belleza en un lienzo pálido y desvencijado para irse al otro extremo de este pueblo, donde no tenemos cabida los dos. La saludé de paso porque recordar el pasado es correr tras el viento de un instante.

9 comentarios:

  1. Hay que dejar pasar el viento que todo lo borra.
    Un abrazo.

    ResponderBorrar
  2. Cambiar de aspecto, tomar hábitos, es una decisión que deja rota tanta espera y tanto anhelo, que sepa usted que, como no hay casualidades que valgan, encontrará a otra mujer con mirada idéntica a la que ahora se tornó neutra.

    Un abrazo. Muy bien llevado. Unas felices navidades, Guillermo.

    ResponderBorrar
    Respuestas
    1. Todo cambio, implica una transformación interior. Por supuesto, una mirada de cristal.
      Mi reiterado abrazo y agradecimiento por comulgar con la palabra.

      Borrar
  3. Al otro extremo del pueblo. Donde no cabemos todos... aún.
    Excelente relato.
    Un abrazo.

    ResponderBorrar
    Respuestas
    1. Al otro lado, no sé donde y todavía hay esperanza.
      Un cariñoso abrazo.

      Borrar
  4. Nunca supe cómo dejar de correr...

    Saludos,

    J.

    ResponderBorrar
  5. Sí, mi amigo, todo lo borra y también, todo lo edifica.
    Recibe un abrazo con mi gratitud.

    ResponderBorrar
  6. Creo que hiciste bien en mostrarte ambiguo, casi neutro. Si alguna vez ella fue tuya, eso ahora es jurisdicción de los recuerdos. Si se veía malograda, fue porque ella misma se lo buscó. Tú no tienes porqué rescatarla de nada, por romántico que suene. Cada quien vive lo que quiere o se merece.
    Te dejo un abrazo.

    ResponderBorrar