Tomas un bus para ir al banco. Eres un extraño allí. Un cualquiera encargado de repartir los Estados de Cuenta. Eres un arrancado, te lo hacen saber con sus gestos, con su indiferencia cuando les hablas, con sus modales; ellas con sus cirugías estéticas y esos manes con su metrosexualidad. Eres un pobre güevón, que hace las veces de mesero en el bar donde ellos celebran sus éxitos cada quincena.
Fue un día como todos. Te duermes en el bus de regreso a tu pocilga. Despiertas. No puedes dormir con esa rabia que llevas dentro. Qué solo un enfermo hace eso, dice la prensa hablada al referirse a una masacre en una sucursal bancaria. Todo es un invento, lo sabes, te lo confirma la tibieza de la pistola entre tus ropas.
