Al principio el universo era cerrado, solo se avizoraba por el tacto, se adulaba, y quizás se oía, pero ninguna criatura lo conocía. No había luminiscencia alguna, ni se percibía el color, ni las convenciones lejanas perceptibles. Luego, al abrirse el ojo en algún ancestro animal, los humanos alcanzaron estatura de titanes cuando asimilaron lo que veían al distinguirsen en el ojo en que se reflejaban. Fue entonces que, urgidos por reconocer el torrente circundante, con gozo y fascinación se pusieron a nombrar las cosas. Ahora las miman, las acumulan y las llegan a envidiar al sentirse menos que ellas.
