sábado, 13 de enero de 2024

Recogiendo pasos



Lleno de entusiasmo por salir a aventuriar como todos los jóvenes de mi edad, decidí conocer las poblaciones del norte de la comarca. Versalles es ese tipo de pueblo que apareció cuando la necesidad de derribar montañas y escarbar en sus entrañas para extraer cualquier pepita de oro, hizo que curtidos hombres, algunos seguidos de sus mujeres, de sus mulas o de sus caballos colonizaran esos parajes imposibles. Entre aquellos colonos, había uno que otro hombre de hablar extraño, que en otros tiempos vinieron huyendo de sus guerras y del hambre misma.

Hacía un calor infernal, en la medida que aquel bus subía y bajaba la cordillera. El bus, serpenteaba, no obstante, el ronquido del motor parecía no ser escuchado por nadie. Lloviznaba. Las calles estaban desiertas, cargadas por una densa neblina, tan solo un comité de perros callejeros me recibió. Leí que el inmueble que hoy ocupa un edificio fue donde se construyó una capilla hecha en madera que fue consumida por las llamas, lo mismo que al despacho parroquial. Por tal desastre, se quemaron los archivos de la iglesia, pero por razones prácticas, mujeres y hombres aparecen desde ese entonces como nacidos el 31 de diciembre. Para más señas, frente a la actual iglesia, está ubicado el único prostíbulo del pueblo. Pensé que a esa hora la mayoría de los pobladores se hallarían en sus ocupaciones diarias y que recién al apagarse el día comenzarían a verse. Supe después que la mayoría aquellos trabajan en centros urbanos distantes de aquella comarca, y que se identifican más con aquellos lugares donde encontraron oportunidades de progresar que con el pueblo mismo donde nacieron.

Buscando donde poder alojarme, comencé a caminar aquellas empinadas y limpias calles. Ni una sola alma asomaba. A la distancia los perros labraban en forma lúgubre. Al cruzar por la siguiente calle, distinguí la figura longilínea y encorvada de un anciano que se alejaba lentamente. No puedo explicar con qué pretexto, pero me sentí impulsado a seguirlo calle abajo. A poco de alargar el paso se detuvo frente a una puerta pintada de varios colores, sacó un puñado de llaves del bolsillo del saco de paño que tenía puesto, abrió y entró a una casa de insospechados dos niveles. El primero de ellos, por debajo del nivel de la calle asfaltada. Urdido recorrí el trayecto que me distanciaba de allí y vi sobre la puerta, escrito en letras distribuidas en forma de arco un cartel que decía: HASHIM SULEJMANI, DENTISTA. Ese era mi nombre.

1 comentario:

  1. Ese pueblo parece inesxistente, pero el final es muy bueno.

    Un relato muy bien narrado, y que atrapa. Un fuerte abrazo, amigo.

    ResponderBorrar