Es sábado, me desperté antes de que
sonara la alarma del reloj. Dicen que esa es una de las señales de la madurez
alcanzada por una persona. Me río al leer esa pendejada de Salcedo Ramos. En cambio,
estoy de acuerdo con el poeta Roca al decir que una persona alcanza la madurez
cuando empieza a tener más amigos en los cementerios que en los bares.
Lo cierto es que esta fría mañana
fui a la librería, a pesar del anuncio de lluvia. Eso ocurre cuando a mamá le
duelen las rodillas.
—Deseo comprar un libro sobre la
fatiga y el cansancio —le dije al librero con voz que denotara mi conocimiento sobre
el tema.
El desgarbado hombre me miró en
silencio de arriba abajo.
—Está agotado.
—Se equivoca, no estoy agotado.
El desairado librero me miró esta
vez por encima de sus lentes redondos.
—No le he preguntado que si está
agotado. Le respondí que el libro está agotado, es decir, que sobre el
tema solo hay páginas en blanco.
Salí con furia. Ahora tenía otro
ejemplo de mi alto grado de madurez al no darme a entender como es debido.