Todos los escritores, consagrados o no, necesitan un corrector, aunque ninguno se atreva a reconocerlo, puntualizó el afamado tallerista.
Los presentes se miraron desconcertados y guardaron absoluto silencio. Solo uno, decidido a todo, dijo no estar de acuerdo porque quien se llama escritor es porque sabe escribir.
El tallerista llenó de ira, ante aquella imperfección escuchada, le borró la voz al asistente y nadie lo volvió a reconocer en todo lo que escribía.
