El bar no tenía nombre. Tan solo dos ventanales. Yo había llegado allí una noche en que no encontraba el camino de regreso a casa y, desde entonces, acudía cada jueves. El hombre de la barra nunca preguntaba qué deseaba tomar. Parecía conocer mis necesidades antes de que yo mismo las descubriera.
La primera vez me sirvió un vaso pequeño. Dijo que contenía una conversación que nunca me atreví a tener con mi padre. La bebí sin preguntar cómo había conseguido embotellarla. Durante unos minutos escuché su voz, reconocí sus pausas, hasta el carraspeo con el que solía interrumpir mis respuestas. Cuando terminé, tenía los ojos húmedos y una extraña tranquilidad.
Después vinieron otras bebidas. Una contenía el recuerdo de una mujer que me había amado; otra, la vergüenza de una mentira que nadie llegó a descubrir. También probé una infancia con olor a tierra mojada, una despedida que nunca ocurrió y una felicidad tan breve que apenas alcancé a saborearla.
Con el tiempo me convertí en su mejor cliente. Ya no necesitaba leer la carta. Él preparaba las mezclas y yo reconocía sus ingredientes en cuanto tocaban mi lengua. Sin embargo, aquella noche encontré algo distinto sobre la barra. Era una botella transparente, sin etiqueta, con un líquido casi negro.
—¿Y esta?
El hombre secó un vaso con un paño.
—No te la recomiendo.
—¿Por qué?
—Todavía no estás preparado.
Me reí. Había bebido cosas peores. Le pedí que sirviera una copa. Vaciló unos segundos y finalmente destapó la botella.
El primer sorbo no tuvo sabor. El segundo me produjo un escalofrío. Al tercero reconocí el lugar donde me encontraba: la barra, los taburetes, el espejo manchado del fondo. Pero algo no encajaba. Miré mis manos y las encontré más pequeñas. El hombre seguía secando el mismo vaso.
—¿Qué me diste?
—Lo que llevas años evitando.
Entonces recordé. La noche de mi llegada, el accidente, la carretera mojada, los faros de un camión. Recordé también que alguien había intentado abrir la puerta del automóvil y que yo no había podido responder.
Me levanté de golpe. El bar comenzó a desaparecer por los bordes, como una fotografía expuesta demasiado tiempo al sol.
—¿Cuánto tiempo llevo aquí?
El hombre dejó el vaso sobre la barra.
—Eso depende de cuánto tardes en aceptar que no puedes regresar.
Quise preguntarle quién era, pero ya no estaba. En el espejo, detrás de mi reflejo, había una mesa ocupada por un hombre que sostenía un vaso vacío. Tenía mi ropa, mi rostro y una expresión de absoluto desconcierto.
Desde la barra llegó una voz que no reconocí:
—¿Qué le sirvo, señor?

Aunque alguien experimentado dice que no se está listo para algo, conviene tenerlo en cuenta.
ResponderBorrarSaludos
Buenísimo, me encanta, pero no pasaré por ese bar, que me recuerda al de Hopper.
ResponderBorrarSaludos.
Muy impresionante. Me encantó!
ResponderBorrarAbrazos.